Columna de opinión
Mesianismo político
Luis Farías Mackey
Luis Farías Mackey
El mesianismo religioso parte de que sólo el Mesías puede consumar lo mesiánico, es completo, se basta a sí mismo, es el sujeto, objeto, acción y producto mesiánicos. El mesianismo es lo contrario a lo político que es devenir, un hacerse constante, en tanto que aquél es consumación.
En ese sentido, la teología política es una contradicción en sus términos al voltear el orden temporal: el mesianismo político no ve ni aspira a un final, sino a construir teodiceas de sufrimiento, injusticia y adversidad. Esta narrativa dota a la teología mesiánica de una épica y agonismo políticos que explican y justifican el padecer como soporte del paraíso prometido que, sin embargo, pasa ya a un plano de olvido.
El mesianismo pierde su carácter terminal (de otra vida) por uno redentor sin cambiar de circunstancias; no consuma los tiempos, encadena a ellos. Si vemos bien, esta perspectiva condiciona al mesianismo al valle de lágrimas: solo el dolor, sacrificio, humillación, mansedumbre y opresión llevan a la gloria divina, ¿quieres Mesías?, sufre, sólo así serás salvable, de otra suerte, ¿para qué el Mesías y el mesianato? Pero si lo importante son ellos, tu salvación los condenaría a la desaparición, de suerte que Mesías y mesianato pasan de tu salvación a la suya propias y tú a la condena y promesa eternas.
El devenir, así, adquiere una visión mística y una racionalidad teleológica, todo azar que violente el acontecer prescrito y su eternidad será reprobable por atentar contra la utopia salvífica del mesianismo político, utopía que, para ser, tiene que negar todo final que le devenga propio. El mesianismo político niega así el carácter terminal del Mesías y lo convierte en bulo político electoral.
El mesianismo político es revolución eterna, caos constante, redención interminable, porque no aspira a la consumación de los tiempos, sino al sufrimiento como devenir.
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