Luis Farías Mackey
La vida es una narración, también la historia y la patria; la narratividad nos ubica en el mundo y da sentido. Toda nación tiene su narrativa, hasta las épocas las tienen. Sin narrativa no hay ni comunidad ni cohesión posibles. Narrar es contar lo sucedido, pero también dibujar el futuro, sin narración la vida pierde perdurabilidad, perspectiva y substancia, se empobrece, extravía su sentido, nada hay que la asiente, la vincule, le aporte destino. La vida no narrable es simple supervivencia, nuda vida.
El obradorato no tiene narrativa, es un saco de rencores, odios, resentimientos y ocurrencias; una serie inconexas de cuentos que no tejen una temporalidad ni una vida narrable. Pero el problema de la narrativa nacional no empezó con él.
El México revolucionario logró construir una narrativa y con ella un orden de vida más o menos aceptado, pero a la larga eficaz, hasta que dejó de serlo. Los grandes cambios que logró en la sociedad, economía y cultura no se acompañaron con una mudanza en narrativa, reglas y formas políticas. El quiebre se dio en 1968, entonces la vieja narrativa revolucionaria perdió su magia y sentido, no obstante, ninguna otra tomó su lugar.
Por lo que hace al gobierno, porque no le interesaba cambiarla hasta que los hechos lo arrollaron con ella por delante, pero por lo que hace a los que se autonombran la generación del 68, porque su pecado fueron sus filones épicos y epónimos que, no obstante su lustre, devinieron en esterilidad. El 68 mexicano se prendó de sí mismo, pero sin hacer nada de sí. Se enamoró de su imagen homérica, pero se perdió de regreso a su Ítaca: tan debía ser un 68 sublime que terminó insulado en la historia dentro de un presente constante, aislado y mudo al que hay que adorar, pero no interpelar. Un 2 de octubre que no se olvida sin ninguna otra acción propia y genuina de los jóvenes que recordar, más allá de ese hecho sangriento. Y no porque no la haya habido, sino porque carecieron de perspectiva y asertividad narrables.
Sobre el acto violento en Tlatelolco, aún no resuelto en su faceta de rompimiento militar, se levantaron altares tan diversos cuan churriguerescos, con más santones que credos y veladoras.
La atrofia narrativa del 68 peca de “realidades momentáneas de vivencias que se van sucediendo y desapareciendo” (Heidegger) sin unidad, extensión ni historicidad. El 68 mexicano terminó siendo un amasijo de datos que se adicionan, comparan, miden y adoran, pero sin capacidad ni hilo narrativos.
Desde entonces en México el transcurso del tiempo perdió sentido, no solo fue la saga del 68, sino la narrativa política toda; vida y narrativa empezaron a correr por sendas diversas; la vida pública dejó de ser narrable cuando negó y se avergonzó de su pasado sin hacer, no obstante, un intento de análisis, comprensión y constricción, espectacularizó reinventarse sin innovar ni inventar nada, desde entonces, entregado a la publicidad, se niega a hacer un esfuerzo narrativo viviendo sobre la superficie de la ola de informaciones cambiantes, en constante presente y caóticamente vertiginosas. Apuesta a la percepción, no a cambiar la realidad. Los partidos, todos aupados sobre la antipolítica, abdicaron de ella por el jugoso negocio de la democracia. El obradorato llenó ese vacío para construir sobre la nada su castillo de naipes de odios, miedos y rencores que, hoy sabemos, ha sido y es prolijamente aceitado por el crimen organizado.
Pues bien, para Byung-Chul Han narrar es enlazar, pero la modernidad tardía digital atomiza y fragmenta todo en simple y desconectada facticidad, así el mundo pierde el aura que eleva el curso del tiempo y acción humana en narrativa memorable y cohesinadora.
Nuestros tiempos son de “amontonamiento”, no de narrativa, el amontonar agolpa sin sentido ni criba, la narrativa ordena todo en su lugar y con sentido de perspectiva; “el acontecimiento solo se sintetiza en una historia cuando se apilan de una determinada manera” los sucesos (Byung-Chul Han), “un amontonamiento de datos y de información no tiene historia. No es narrativo, sino acumulativo”. El obradorato es amontonamiento, no acontecimiento, carece de narrativa, de secuencia, de compás, es una constante de presentes inconexos, ilegibles y escandalosos. Si se le observa de cerca quema o atropella, si se le mira de lejos se desvanece. Es la línea narrativa la que permite las asociaciones conceptuales que dan paso a la comprensión, por ello el obradorato es incomprensible e inaprehensible, por eso está lleno de eufemismos vacuos y facticidad muda.
Por eso también el obradorato no hace comunidad, amontonan personas y psicosis; es una tómbola, no un proyecto, menos un esfuerzo. No tiene columna vertebral ni unidad posible, de allí lo difícil de orquestar entre ellos una acción conjunta. Reunirse acarreados en el Zócalo o en torno a la camioneta de la Sheinbaum para la fotografía de gira de fin de semana, no hace ningún verano político ni narrativa sostenible, por eso su sino es lo efímero.
La narrativa da orientación y orden a la vida, si queremos recuperar la política tenemos que recuperar la narrativa; no es un problema de partidos, candidatos y campañas, es la capacidad de recuperar nuestros tiempos sin mitos, sin villanos ni fantasmas, sin monopolios ni exclusiones. La narrativa de México es de todos, no admite exclusividad.
PS. Morena no tiene narrativa, como tampoco discurso ni programa, pero sí historia de la que algún cercano día tendrá que rendir cuentas.