Astrolabio Político
Por: Luis Ramírez Baqueiro
“Precisamente porque el destino es inmutable, la suerte depende de nosotros mismos”. – André Maurois.
Los movimientos en la cúpula de Morena no son simples ajustes administrativos: son reacomodos de poder que anticipan el rumbo de la elección intermedia y, en estados clave como Veracruz, delinean con claridad quién manda y quién queda relegado. La eventual llegada de Ariadna Montiel a la dirigencia nacional no solo redefine equilibrios internos, sino que también proyecta una operación política más disciplinada, alineada con el proyecto de la presidenta Claudia Sheinbaum.
En ese contexto, resulta revelador el entusiasmo con el que el senador Manuel Huerta Ladrón de Guevara ha celebrado estos cambios. Más que una lectura estratégica, su posicionamiento parece un intento desesperado por mantenerse vigente en un partido donde su capital político ha venido erosionándose. Huerta apuesta a vender la narrativa de que la nueva dirigencia lo fortalece, pero los hechos apuntan en sentido contrario: su influencia real dentro de Morena luce cada vez más acotada.
El punto clave está en la relación política —y personal— entre Ariadna Montiel y la gobernadora Rocío Nahle García. No es una alianza coyuntural ni improvisada. Ambas comparten origen en el Partido de la Revolución Democrática, donde coincidieron como consejeras; posteriormente, caminaron juntas en la transición hacia Morena y consolidaron una relación de confianza en espacios de alta responsabilidad. En 2015 coincidieron en la Cámara de Diputados —Montiel aún en el PRD y Nahle ya en Morena—, y fue precisamente esta última quien impulsó su incorporación al nuevo proyecto político.
Esa historia compartida se profundizó en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, donde Montiel operó en Bienestar y Nahle en Energía. No se trata solo de afinidades ideológicas, sino de una coordinación política que ha demostrado eficacia territorial. Por eso, la reciente cercanía y los encuentros entre ambas no deben leerse como cortesía política, sino como la consolidación de un eje de poder que tendrá impacto directo en Veracruz.

Bajo esta lógica, la elección intermedia en la entidad no será un campo abierto, sino un proceso altamente controlado desde el centro, con operadores alineados y estructuras depuradas. Y ahí es donde el discurso de Huerta se desmorona: lejos de fortalecerse, enfrenta el peso de una dirigencia que conoce de primera mano las irregularidades y quejas que se acumularon durante su paso por Bienestar. La desarticulación de esa estructura, que durante años presumió como propia, es hoy un golpe directo a sus aspiraciones.
En paralelo, sus presuntos acercamientos con Movimiento Ciudadano no hacen sino confirmar su aislamiento dentro de Morena. Apostar a una candidatura externa no es una jugada de fuerza, sino la evidencia de que las puertas internas se le están cerrando.
Así, mientras algunos celebran cambios sin entender su profundidad, en Veracruz se está configurando un nuevo mapa político: uno donde la disciplina, la lealtad y las alianzas de largo aliento pesan más que las ambiciones personales. Y en ese tablero, hay quienes ya no tienen asiento.
Al tiempo.
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