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Teotihuacan, la violencia como lenguaje

Sangre, xenofobia y la factura de la polarización. La tragedia en la Pirámide de la Luna materializa el desbordamiento de un rencor legitimado por el maniqueísmo de Estado

El atentado en Teotihuacán confirma una tendencia advertida hace apenas unas semanas. La tragedia escolar en Michoacán representó la génesis de un desbordamiento inminente: la violencia juvenil armada abandonó las aulas para conquistar espacios de alta visibilidad pública.

Alberto Carbot

 

El ataque perpetrado el lunes pasado en la Pirámide de la Luna materializa un lamentable pronóstico documentado, al que me refería hace apenas unos cuantos días. El asesinato de dos maestras a manos de un adolescente en Michoacán encendió una alerta específica, y ese episodio escolar funcionó como el preludio de una crisis mayor. Mi análisis de esa tragedia permitía anticipar la migración del terror armado hacia escenarios públicos de alto impacto, como un supermercado, un camión urbano, el Metro, una tienda departamental o la vía pública. “Cuando ese punto se alcance —señalé—, ya no será posible hablar de sorpresa, porque lo que hoy se está viendo es, precisamente, el anuncio de lo que ya viene”.

Teotihuacán, en el Estado de México, y Lázaro Cárdenas, Michoacán —distantes unos 600 kilómetros—, representan sin embargo dos fases del mismo cáncer social. El aula operó como la incubadora, mientras que el centro ceremonial funcionó como el escenario de graduación. Los agresores solitarios, moldeados por el aislamiento y la radicalización digital, expandieron sus fronteras buscando maximizar su audiencia. La agresividad gestada en los márgenes sociales conquistó un escaparate de impacto global.

Los datos revelados por el fiscal general del Estado de México, José Luis Cervantes, delinean una estrategia calculada. Julio César Jasso Ramírez, el asesino que luego ser herido por la Guardia Nacional se suicidó­, visitó la zona arqueológica en días previos, durmió en hoteles aledaños y completó labores de reconocimiento. Este patrón de conducta exige una interpretación ineludible fundamentada en la premeditación, ya que el tirador conoció el terreno, evaluó sus movimientos y eligió el momento exacto para garantizar la máxima difusión de su crimen.

Los antecedentes del homicida encajan a la perfección en la tipología del atacante radicalizado. A sus 19 años, tras abandonar sus estudios, su interacción social se redujo a la participación en foros oscuros dedicados a glorificar matanzas, y el historial de sus dispositivos, filtrado en los primeros reportes periciales, demuestra un consumo obsesivo de manifiestos extremistas y manuales tácticos. Este individuo incubó su resentimiento frente a un monitor, amparado por el desconocimiento de su círculo cercano y la miopía del aparato preventivo gubernamental.

 

El arsenal decomisado refuerza la tesis de un asalto planificado a largo plazo. Un revólver calibre .38, un cuchillo táctico y medio centenar de cartuchos evidencian la voluntad de prolongar el sometimiento. El atacante se equipó para resistir, recargar y dominar el perímetro, aplicando la misma logística de los tiroteos escolares internacionales sobre un recinto histórico mexicano.

La mecánica del asalto expone vulnerabilidades aterradoras en la protección del patrimonio nacional; Jasso Ramírez vulneró los filtros de acceso ocultando su armamento dentro de una mochila modificada, superando las revisiones superficiales de la entrada. Al alcanzar la cima del monumento prehispánico, bloqueó la escalinata principal para acorralar a los turistas. Diversas grabaciones captaron al agresor caminando entre las víctimas sometidas, detonando su arma repetidas veces para consolidar el terror antes de dirigir sus ataques directos. La capacidad de respuesta de los custodios demoró el tiempo suficiente para permitir la consumación de la desgracia.

Las trece personas heridas y el asesinato de una ciudadana canadiense trascienden la tragedia inmediata; es evidente que la presencia de menores y extranjeros entre los afectados expone la vulnerabilidad de un activo turístico primordial, y cada visitante alcanzado por las balas multiplica el eco del evento, proyectando una imagen de ingobernabilidad hacia el exterior.

Tras las primeras detonaciones, el victimario obligó a los rehenes a tenderse en el suelo, asumiendo el control absoluto del área. La agresión combinó el daño físico con el terror psicológico, utilizando la majestuosidad de la pirámide para engrandecer la escenografía del acto.

Durante la crisis, el secuestrador aportó claves fundamentales sobre sus motivaciones. Jasso Ramírez profirió insultos basados en el origen internacional de las víctimas. Esta hostilidad xenofóbica rompe los esquemas del acoso estudiantil tradicional y añade una capa de odio radicalizado al expediente criminal.

 

Xenofobia y polarización acunados desde el poder

Lo cierto es que buena parte del componente xenofóbico de esta tragedia encuentra su origen en la adversa narrativa polarizante impulsada desde la presidencia de la República. Los discursos instituidos desde el sexenio de Andrés Manuel López Obrador y avalados por su sucesora, han dividido a la población mediante una visión maniquea.

Esta estrategia contrapone al “pueblo bueno” frente a las “oligarquías” y demanda su invención para vencer a pretendidos adversarios de la “derecha”, buscando justificar fallas estructurales. El relato gubernamental también fijó un blanco en los extranjeros —desde la estigmatización de la herencia española hasta el repudio a los empresarios foráneos—, culpándolos de los rezagos históricos. Al demonizar a quien viene de fuera, el poder político ha legitimado un resentimiento que las mentes inestables y enfermas —como es el caso del asesino Julio César Jasso Ramírez—, transforman en masacres.

El aparato gubernamental negará cualquier vínculo entre su propaganda diaria y el derramamiento de sangre en Teotihuacán, pero la evasión oficial resulta inútil frente a su enorme responsabilidad social por cultivar un terreno propicio para el rencor. Fomentar el odio de clases y el nacionalismo excluyente desde el atril más alto del país funciona como un detonador para individuos atrapados en la radicalización digital; sembrar agravios desde la cúspide del Estado, también asegura la gestación de nuevas hostilidades, acunando próximas explosiones de furia en las calles, servicios de transporte, centros comerciales y espacios públicos de la nación.

La exclamación del pistolero de la pirámide —”se hizo para sacrificar”—, vincula el patrimonio histórico con su locura y sed de sangre. Esta frase evidencia una apropiación distorsionada del monumento, permitiendo al individuo construir un relato interno para legitimar la masacre antes de apretar el gatillo. Las órdenes degradantes transforman los disparos en un lenguaje articulado; el perpetrador exigía ser escuchado y temido, replicando conductas observadas en otras tragedias. Su acción requería la validación de la palabra para sostenerse ante su propia conciencia.

Esta estructura discursiva confirma la influencia de narrativas destructivas operando sobre la juventud. Foros anónimos, comunidades de agravio y la cultura de la imitación alimentan estas mentes fracturadas. Los atacantes aprenden, adaptan y replican retóricas alojadas en internet.

Duele admitirlo, pero el diagnóstico sobre esta descomposición estuvo sobre la mesa desde la matanza en Lázaro Cárdenas. Allí confluyeron la radicalización cibernética, el abandono familiar y la inoperancia institucional y se estableció entonces que la violencia juvenil adquiría rasgos estructurales, garantizando su inminente irrupción en la vía pública.

El Estado mexicano mantiene una actitud pasiva frente a este adoctrinamiento. Las autoridades toleran el libre funcionamiento de plataformas diseñadas para lucrar con la exaltación emocional. Bajo esta negligencia sistemática, las conductas antisociales maduran sin obstáculos hasta alcanzar puntos de ebullición insostenibles.

La incursión armada en Teotihuacán escenifica el desbordamiento vaticinado, y el tránsito de un pupitre escolar a la cima de la Pirámide de la Luna subraya el éxito de la intimidación frente a un gobierno inerte. El agresor utilizó la fama del sitio como caja de resonancia para un mensaje forjado en la impunidad.

La experiencia extranjera valida esta interpretación sociológica. Atentados recientes en Turquía, China y Chile comparten el perfil del atacante autónomo, la ejecución del asalto y el fracaso de las redes preventivas; la similitud de los expedientes subraya el alto grado de previsibilidad de estas desgracias.

La fiscalía mexiquense admite que el tirador imitó crímenes internacionales, reconociendo la existencia de un manual de conducta compartido por estos asesinos. A pesar de documentar este patrón, el aparato de justicia omite integrarlo en un análisis de fondo; la versión oficial permanece fragmentada, eludiendo la verdadera dimensión de la amenaza.

 

El termómetro en rojo, a pocos días del Mundial de futbol

A escasos cincuenta días de la Copa Mundial de la FIFA 2026, el homicidio frente a testigos internacionales agrava la posición del país ante el exterior, pese a la certidumbre gubernamental de que se trató de un episodio aislado y de que la seguridad durante el torneo está garantizada, sin advertir que la atención mediática convierte este hecho en un indicador que trasciende su dimensión inmediata, porque lo que se evalúa no es un caso en sí mismo, sino la capacidad real del Estado para proteger a quienes ingresan a su territorio en un contexto de alta exposición global.

En sus declaraciones públicas tras los hechos recientes y en el marco de la organización del evento, la presidenta Claudia Sheinbaum ha sostenido que México cuenta con “todas las garantías” de seguridad para los visitantes y aficionados que acudirán al país, subrayando que existe un esquema de coordinación con la FIFA y con autoridades locales de las ciudades sede, para asegurar condiciones de resguardo durante el torneo, al tiempo que insiste en que los turistas pueden tener la certeza de que llegan a un destino seguro y preparado para recibirlos.

Ese mensaje ha sido reiterado incluso después del ataque en Teotihuacán, donde la propia mandataria afirmó que no modifica las condiciones generales del país en materia de recepción turística, al tiempo que anunció el reforzamiento de la seguridad en zonas arqueológicas y destinos de alta afluencia mediante mayor presencia de la Guardia Nacional, controles de acceso y revisión de protocolos, dentro de una estrategia orientada a garantizar que el evento mundialista se desarrolle bajo condiciones de seguridad suficientes para visitantes nacionales y extranjeros.

Lo ocurrido este lunes no fue un accidente ni una anomalía dentro de un sistema que funciona, sino el resultado de condiciones que han sido descritas con anterioridad y que permanecen intactas, lo que permite que la violencia se organice, se prepare y se ejecute sin encontrar obstáculos reales, confirmando que la repetición de estos hechos responde a una inacción que ya no puede atribuirse a la falta de información.

 

El problema no es que el fenómeno resulte difícil de comprender, sino que se ha optado por reducirlo a la categoría de caso aislado para evitar intervenir en las condiciones que lo hacen posible, con lo cual cada episodio se administra como excepción, mientras la secuencia continúa desarrollándose con los mismos perfiles, las mismas trayectorias y los mismos detonantes que ya habían sido identificados.

En ese punto, la distancia entre el discurso de garantía y la evidencia de los hechos adquiere un peso que no puede resolverse mediante simples declaraciones, porque lo que está en juego no es la percepción momentánea, sino la credibilidad de un Estado que será observado bajo condiciones de escrutinio internacional, donde cada incidente deja de ser un episodio local para convertirse en un dato que se incorpora a la evaluación global de su capacidad de control.

Y cuando esa evaluación comienza a construirse a partir de hechos que ya no pueden explicarse como excepciones, la narrativa de certeza pierde sustento frente a una realidad que ha comenzado a repetirse con una consistencia que no admite interpretaciones parciales. Parecen desconocer o ignorar que lo que está en curso no es una serie de hechos inconexos, sino una secuencia que confirma, con hechos concretos, aquello que ya había sido advertido con anticipación y que lejos de abordarse con determinación, se minimiza.

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