Por Fred Alvarez Palafox
Lo que vimos en Colima durante el segundo informe de gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum es el retrato perfecto de una contradicción muy nuestra: lo que pasa cuando la liturgia del mitin oficial choca de bruces con la rabia legítima del territorio.
Sobre el pasto sintético de aquella unidad deportiva se montó la escenografía clásica del poder. Por un lado, la estructura corporativa de siempre: sindicalistas del SNTE, de la CROC, operadores locales como la aspirante a la gubernatura Rosa María Bayardo, y beneficiarios de programas sociales listos para aplaudir.
Pero del otro lado de las vallas había unas 300 personas —pescadores, salineros y ambientalistas del movimiento Salvemos Cuyutlán— que no venían a aplaudir, sino a gritar una verdad incómoda: que la ampliación del Puerto de Manzanillo amenaza con destruir el equilibrio ecológico de su laguna y echar abajo sus fuentes de trabajo.
Y aquí es donde el evento se empieza a desbarrancar. En lugar de abrir un canal de diálogo o al menos recibir con altura de miras a los inconformes, la respuesta desde el templete fue un ejercicio de asfixia democrática.
Al verse interrumpida por los reclamos y por un megáfono que no soltaba el dedo del renglón, la mandataria detuvo su discurso y condujo una secuencia inédita para someter el silencio de los manifestantes a votación:
Primer llamado: Pidió a los asistentes que bajaran las lonas y se dirigió directamente a los manifestantes para proponerles atenderlos al final de la asamblea, bajo el argumento de que “la democracia es lo que opine la mayoría”. Puso a votación el derecho de los inconformes a seguir gritando con la pregunta: “¿Quién opina que sigan gritando mientras está el evento?
Levanten la mano quién opina que… ‘No’, bueno”., dijo…
Inmediatamente después, planteó la opción contraria para exigir orden: “Bueno, ahora vamos a poner a votación: ¿Quién opina que respeten el evento y al final los recibo, los escucho?”, obteniendo el respaldo de sus simpatizantes con un “¡Yo!”. Se comprometió diciendo:
“Entonces, ya a los que gritan en este momento, los atiendo al final de la asamblea. Y si siguen gritando, pues ya sabemos que son unos irrespetuosos. ¿Cierto?”, a lo que los asistentes respondieron con un “¡Sí!”.
Tras recibir el apoyo de la multitud, declaró ganadora a la opción de la mayoría y descalificó a los inconformes señalando: “Bueno, mayoría.
Ya si no respetan a la mayoría, pues es que son unos irrespetuosos, ¿verdad?”. Ante la persistencia de los gritos y consignas con megáfono, la mandataria volvió a intervenir durante el evento para reiterar la exigencia basada en el resultado de su consulta: “Oigan, ya votamos, ya es la mayoría, ¿verdad? Por respeto, que guardan silencio”.
Pero ganar una votación a favor del silencio entre quienes ya fueron acarreados para aplaudir no es democracia; es un avasallamiento, con todo respeto.

Cuando ese mecanismo no funcionó y los gritos siguieron creciendo, se recurrió al comodín favorito del régimen: el diagnóstico político facilón. La presidenta optó por minimizar la protesta tachando a los manifestantes de “infiltrados” del PRIAN, bajo el argumento peregrino de que, si su demanda fuera legítima, se habrían esperado sumisos al final del evento.
En medio de ese forcejeo, la tarde se puso todavía más tensa con jaloneos por equipos de perifoneo y el desvanecimiento de una menor de edad ante la saturación de la carpa.
Mientras tanto, el discurso volaba lejos de Colima. Se habló de prohibir la doble nacionalidad a futuros candidatos y se hizo un repaso histórico por el fantasma del neoliberalismo: de la Madrid, Salinas, el Fobaproa y la reciente foto de Vicente Fox con Alito Moreno.
Usar los agravios del pasado para invalidar los reclamos del presente es una salida discursiva muy cómoda, pero que no le quita la sed a los pescadores ni salva a la presa Cuyutlán.
La postal de cierre lo dice todo. La asamblea terminó con el coro unánime del “¡No estás sola!”, mientras la presidenta se retiraba flanqueada por la gobernadora Indira Vizcaíno y su equipo de seguridad.
¿Y los inconformes?
Bien gracias. La promesa de atenderlos se diluyó y terminaron entregando sus papeles a través de un subordinado, atrapados al otro lado de las vallas.
Al final, quedó la sensación de que, en la plaza pública, el aplauso comprado sigue pesando mucho más que la voz real de la gente.