Eduardo Sadot
En política y los procesos electorales contemporáneos, la solidez de un sistema de partidos no reside únicamente en su capacidad de alternancia, sino en la profundidad de sus cuadros técnicos y su memoria institucional. La reciente cumbre convocada por Alejandro Moreno Cárdenas, que reunió a quince exgobernadores de diversas trayectorias, trasciende la narrativa de la unidad partidista para situarse en un plano de análisis estratégico: la reivindicación del oficio político como un contrapeso a la personalización del poder.
Desde una perspectiva académica, este encuentro debe leerse bajo el prisma de la crisis de intermediación que atraviesa el Estado mexicano. En un contexto donde el Instituto Nacional Electoral ha confirmado la inviabilidad jurídica para la formación de nuevos partidos políticos en el ciclo inmediato, el espectro de representación se ve constreñido a las siglas existentes. Esta “clausura” del mercado electoral obliga a las organizaciones tradicionales a una introspección profunda y a una optimización de sus activos más experimentados.
El bloque de exmandatarios estatales representa, en términos de ciencia política, un reservorio de pericia administrativa que el PRI busca capitalizar frente a un modelo de gobernanza que prioriza la voluntad política sobre la estructura burocrática profesional. La discusión sobre finanzas públicas sanas, seguridad con visión de Estado y profesionalismo en la toma de decisiones no son solo consignas de campaña; son categorías de análisis jurídico y administrativo que sugieren un retorno a la institucionalidad técnica.
La visión de futuro hacia el 2027 impone un desafío sin precedentes. Sin la irrupción de nuevas fuerzas políticas que oxigenen el sistema, la responsabilidad de ofrecer una alternativa viable recae en la capacidad de los partidos históricos para reinventarse sin renunciar a su esencia. La participación de figuras con experiencia en el ejercicio del mando ejecutivo en estados clave sugiere una estrategia de “federalismo defensivo”: la reconstrucción de la nación desde la fortaleza de sus regiones y la experiencia de sus cuadros.
En este escenario, el derecho a la asociación política y la participación ciudadana se canalizan necesariamente a través de estas estructuras consolidadas. El reto para el PRI, y para la oposición en su conjunto, será transformar este capital de experiencia en una plataforma programática que dialogue con un electorado joven y escéptico. La experiencia no debe ser vista como una añoranza del pasado, sino como una garantía de viabilidad frente a la incertidumbre.
México se encuentra en un punto de inflexión donde la estabilidad democrática dependerá de la capacidad de sus instituciones para procesar el disenso con profesionalismo. La reunión de este bloque de exmandatarios es, en última instancia, una apuesta por el fortalecimiento de la cultura política y el respeto a la carrera pública como los únicos antídotos eficaces contra la erosión de la arquitectura institucional del país. Evidentemente es un buen principio de unidad que promete continuar y crecer, en una visión de estadistas, más que de políticos, porque no están todos los que son, ni son todos los que están. Cada gesto de humildad y rectificación de errores, en aras de la unidad partidista y de México, hace grande a quien la practica y Alejadro Moreno lo sabe y los asistentes lo percibieron, si esas reuniones se van incrementando, el PRI va en ruta de sumar, crecer y fortalecerse.
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