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Psicosis delirante sistematizada y Megalomaniaca

Luis Farías Mackey

 

Funcionarios del gobierno de Borge el gordo en Quintana Roo cuentan que cuando se sentía arrinconado empezaba por regañar a todos y a amenazar sus carreras políticas argumentando “yo, ya llegué a gobernador”. Su némesis le tenía un destino ulterior, que entonces, aun queriendo, no podía ver.

Estos recuerdos vinieron a mi memoria al leer los comentarios de mi querido amigo Pepe Newman al texto “Pavor colérico”, en ellos me indica que revuelvo a todo Morena en un solo saco y que es necesario distinguir entre ellos para caracterizarlos bien.

Hay una minoría de “iluminados”, dice, que se asumen como autores de la hazaña y únicos merecedores de su “heroicidad”, frente a ellos están todos los demás, entre los que, atraídos por el canto de las sirenas, unos tempranamente se treparon al movimiento y otros se le sumaron ya en la seguridad del triunfo y de sus mieses.

Las experiencias entre estos dos grupos, “próceres y seguidores” son diversas, en los primeros es de delirio que, si bien exacerbados con los años, fue de origen mesiánico, y en estos ve “una Psicosis Delirante Sistematizada y ya Megalomaniaca”, más no pavor ni cólera, aunque sí “exaltación creciente, martirologio sublimado, hiperactividad exuberante y sobreactuada, negación total, pérdida de realidad y catarsis continua”. En los segundos, dice, “va habiendo una creciente ansiedad, temor, desorientación, conflictividad, dispersión, enojo y, sí, pavor y cólera”.

La distinción esclarece y enriquece el análisis, y la agradezco, porque, como él bien concluye: “el futuro próximo del país está en manos de la interacción de estos grupos”.

Veamos, hay cólera y pavor en las filas de los seguidores de Morena ante su desgaste en el poder, sus excesos, corruptelas y torpezas que, sumados a sus luchas tribales y a las mudanzas geopolíticas, ponen en duda la consistencia y duración del futuro personal de cada uno de ellos, baste verlos hoy a un año de la renovación de la Cámara de Diputados y 17 gubernaturas; pero, coincido, no en Claudia y un selecto, disperso y enfrentado puñado de apóstoles del obradorato.

Puede que en ellos haya angustia en tanto sensación difusa, no concretada en un miedo presente o inminente, sino en una vivencia de desasosiego indefinible, pero angustia que sin embargo, nada significa en la excitación febril y delirante de su poder y triunfo.

Regresemos a Borge para ilustrar el argumento, él gritaba y amenazaba a todo su gabinete para luego decir que, “yo, jodido, jodido, ya llegué a gobernador”, Pues bien, Claudia llegó a presidente, llena el zócalo y las plazas públicas cuantas veces quiere y si se levanta de humor de ceremonias y desfiles militares le basta tronar los dedo; si opta encerrarse a ver la inauguración del Mundial en un deportivo y vivir amurallada tras vallas de acero en un palacio, es precisamente por su misión histórica y mesiánica, como sea tiene a su fotógrafo de casa para fotografiarla con camiseta de la selección cada vez que mete gol y, una vez que pierda, jamás le veremos con ella nunca más.

Ahora regresemos a Newman, quien observa “exaltación creciente, martirologio sublimado, hiperactividad exuberante y sobreactuada, negación total, pérdida de realidad y catarsis continua”, difícil, creo, poder hallar una descripción más puntual de la realidad de ese grupúsculo de poder en la desmesura y megalomanía y entre ellos Claudia, hasta en esto, se difumina más.

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