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Sin título/ 23

Mauricio Carrera

 

Tras haber bebido un vermouth italiano algo dulce, la vida le pareció más nítida y sencilla.

Afuera diluviaba, lo que era común por las tardes en la desastrosa ciudad.

La había conocido ahí, en ese bar de aspecto gentrificado, donde se refugió por la lluvia, por haber salido sin paraguas.

Ella estaba en la barra, aspecto firme y melancólico, pantalones de cuero negro, zapatillas abiertas de tacón mediano, blusa blanca y elegante con tafetanes, cubierta con un kimono amplio y grueso, de mangas anchas, más un abrigo elegante que un verdadero atuendo de tierras niponas.

Se sentó junto a ella porque le vio los pies y le gustaron. Pidió un vermouth, por querer ser diferente a quien sólo acostumbra pedir cubas o mojitos. Quería llamar su atención. Funcionó.

—El vermouth es una felicidad amarga —dijo la mujer en un tono entre cansado y cosmopolita.

Ella bebía un negroni, ya casi en los puros hielos, a punto de terminar. Llevaba un tatuaje de luna en cuarto creciente detrás de la oreja. Parecía derramar lágrimas que la ataban a la tierra de su nuca como un cometa.

Él no supo qué decir. Sólo era bueno para soñar, no para el don de la palabra ocurrente o seductora.

La mujer de la luna y el kimono pagó, se levantó y se despidió.

—Cuando el silencio sea menor, conversaremos —dijo.

Él ha regresado varias veces a buscarla. Siempre pide el vermouth, como ahora, y se sienta en la barra.

Ya sabe qué decirle.

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