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Alianzas de utilería

José Luis Parra

 

Nadie en su sano juicio entiende las alianzas partidistas. Nadie. Y sin embargo, ahí están: reciclándose, reinventándose, traicionándose con la misma facilidad con la que se firman. Como si la política mexicana fuera un matrimonio abierto… pero con dinero público de por medio.

Porque ese es el detalle incómodo: aquí todos juegan, pero la cuenta la pagan los ciudadanos.

Si la política tuviera un mínimo de lógica —y no de simulación— las alianzas estarían prohibidas. Cada partido competiría con lo que realmente tiene: estructura, ideas, votos. No con lo que le prestan. Pero no. En México preferimos el modelo Frankenstein: juntar pedazos ideológicos incompatibles y esperar que caminen.

Y caminan. Vaya que caminan… al presupuesto.

Porque mientras el árbitro sanciona, multa y exhibe, los partidos pagan con dinero público. O sea, con el suyo, con el mío, con el de todos. Multas que duelen tanto como una palmada. Castigos que no castigan. Si las empresas privadas operaran así, quebrarían en un mes. Aquí sobreviven, crecen y hasta se indignan.

No es política: es una industria. Una fábrica de votos financiada por el contribuyente.

Por eso no sorprende lo que viene.

El rompimiento entre Morena, el Partido Verde y el PT no es ideológico. Es contable. Se acabó la conveniencia. Cuando la presidenta Claudia Sheinbaum intentó meterle tijera al financiamiento y a las plurinominales, tocó el nervio más sensible: el dinero y las posiciones sin sudor electoral.

Y ahí sí, cada quien defendió lo suyo.

Años de alianza no resistieron una reforma. Así de sólido era el proyecto común.

Hoy el Verde se siente con fuerza para competir solo. El PT, como siempre, juega a no desaparecer. Morena, por su parte, hace cuentas para mantener la mayoría. No hay proyecto de nación. Hay supervivencia de franquicias.

Lo demás es discurso.

La ruptura, aunque la nieguen, ya está en marcha. Las reglas de Morena para candidaturas —sin consultar a sus aliados— fueron el mensaje. El reclamo del Verde y del PT, la respuesta. Y en medio, el viejo juego de siempre: encuestas, vetos, cuotas… y familia. Porque en política la sangre sí pesa, sobre todo cuando hay gubernaturas en juego.

Nada nuevo. Solo más evidente.

Del otro lado, la oposición decidió suicidarse en cámara lenta. La alianza entre PRI y PAN fue tan “exitosa” que perdieron casi todo: votos, territorios y dignidad política. Hoy, Alejandro Moreno pide otra gran coalición… y el eco es ensordecedor. Nadie contesta.

El PRI se volvió tóxico. Y en política, cuando hueles mal, te dejan solo.

Así llegaremos al 2027 y al 2030: sin alianzas formales, pero con los mismos vicios. Partidos que hablarán de autonomía mientras negocian en lo oscuro. Dirigencias que defenderán principios… hasta que estorben. Y ciudadanos que seguirán financiando un sistema que no los representa.

Porque ese es el fondo del asunto: las alianzas no eran el problema. Eran el síntoma.

El verdadero negocio está en otro lado. En el presupuesto. En las plurinominales. En la cómoda certeza de que, pase lo que pase, el dinero público seguirá llegando.

Y así, cualquiera juega a la política.

Como bien se ha dicho en otras trincheras: el pastel es demasiado suculento para dejarlo ir .

La pregunta no es si habrá nuevas alianzas.

La pregunta es quién pagará la siguiente factura.

Ah, claro, los mismos de siempre.

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