México heredó de la Nueva España un territorio formidable, que corría desde las selvas centroamericanas hasta las llanuras de Norteamérica. La joven nación creció entre disputas internas y agresiones extranjeras que mermaron su riqueza, detuvieron su desarrollo y que nos llevaron a perder más de la mitad de nuestra extensión geográfica. Afortunadamente el cruento siglo XIX, tuvo un final feliz con el triunfo de las armas republicanas en 1867. El tema de los territorios perdidos nunca será tomado a la ligera por cualquiera que se precie de ser mexicano y es aquí, donde consideraciones ideológicas aparte, se valoran las acciones de los dos presidentes mexicanos que han restituido suelo y agua a la nación. El Presidente Adolfo López Mateos con la devolución de las 177 hectáreas de El Chamizal, así como la Zona Económica Exclusiva de México, obtenida por el Presidente Luis Echeverría Álvarez, quien le dió al país más de tres millones de kilómetros de mar territorial.
Don Luis Echeverría legó también, una obra que hoy es columna vertebral del Ejército Mexicano y que este año en septiembre, cumple media centuria de su apertura: el Heroico Colegio Militar en Tlalpan.
El Heroico Colegio Militar, es tan antiguo como la patria, pues su antecedente se remonta a la fundación de la Academia de Cadetes por el Brigadier Diego García Conde en 1822. Un año después, se formalizó como Colegio Militar en la Fortaleza de San Carlos en Perote, Veracruz. Las antiguas sedes del Colegio Militar son inmuebles históricos, pues a Perote, se añaden en la Ciudad de México, el palacio de la inquisición en Santo Domingo, Palacio Nacional, el convento de las Recogidas, su sede más emblemática: el Castillo de Chapultepec, así como el señorial edificio de Popotla, actual sede del sistema educativo militar y de la Asociación Nacional del Heroico Colegio Militar.
Cuando se construyó el elegante edificio de Popotla, inicialmente concebido como Escuela Normal de Maestros, el barrio era semi rural, apacible y rodeado del ahuehuete de la “Noche Triste”, un antiguo convento y templo Mercedario, así como de huertas y fincas de descanso. Pero a lo largo del siglo pasado, la Ciudad de México creció, el ejército también y más pronto que tarde resultó inviable tener una academia de guerra en medio de una zona densamente poblada. Hay incluso anécdotas que cuentan, que los cristales de los inmuebles aledaños resultaban dañados por las salvas de artillería durante las ceremonias oficiales en el Colegio Militar.
Es entonces cuando el Presidente Echeverría, ordenó la construcción de una nueva sede para el plantel militar, proyecto que ya era anhelado desde años atrás. Se barajaron diversas propuestas cercanas a la Ciudad de México, entre ellas los edificios que pasaron a ser la Universidad Autónoma de Morelos al norte de Cuernavaca, pero al final la apuesta fue por los terrenos del Ejido de San Pedro Mártir en Tlalpan. La iniciativa del Presidente Echeverría no solo fue un acto de justicia y reivindicación a un ejército leal, institucional y profesional, sino que con enorme visión construyó una sede para las futuras generaciones de oficiales del instituto armado. México sin ser un país con una visión militarista o que despliegue de tropas más allá de nuestras fronteras, cuenta con una academia de guerra de primer orden, el Colegio, no sólo es depositario de tradiciones bicentenarias y sagradas, sino que constituye sin temor a exagerar, el alma de la Secretaría de la Defensa Nacional.
Es de sobra conocida la trayectoria de distinguidos militares que han fungido como Directores del Heroico Colegio Militar, en nuestra historia reciente, al menos un par de ellos han sido también Secretarios de la Defensa Nacional. Hoy la educación militar mexicana destaca por su excelencia y se sostiene sobre los ejes militar, académico y filosófico. Quienes egresan de Tlalpan, lo hacen con la confianza de saber que han cubierto el primer paso para ser los generales del mañana. Pero el éxito que han consolidado los militares en Tlalpan, no se puede entender sin la intervención de tres civiles que con patriotismo, actuaron de manera decidida para que el actual Heroico Colegio Militar, sea hoy una realidad.
En primer término, se debe considerar al Presidente Echeverría quien ordenó la construcción del colegio, en segundo lugar a Don Augusto Gómez Villanueva, político, parlamentario, diplomático y agrarista quien para fortuna de quienes lo apreciamos, aún sigue activo a sus 96 años de edad. Don Augusto como Secretario de la Reforma Agraria, con enorme tino y sentido social logró la desincorporación de las tierras del núcleo ejidal de San Pedro Mártir para que se construyera el Colegio Militar. Al hacerlo, logró que todas las partes involucradas quedarán satisfechas. Finalmente no se puede hablar del Colegio Militar en Tlalpan, sin tener presente al Arquitecto Agustín Hernández Navarro, fallecido en 2022 y quien concibió el imponente proyecto arquitectónico. Hernández se inspiró en la gloria del México precortesiano. Los edificios del plantel, emulan a pirámides, teocallis y refieren elementos de la cosmovisión prehispánica. En la doctrina mexicana, se considera a los cadetes de hoy, los sucesores de los jóvenes guerreros que se formaron en el mítico “Telpochcalli” mexica.
Al estar de pie al centro de la plaza de maniobras del Heroico Colegio Militar en Tlalpan, es imposible no recordar la memoria del Brigadier Diego García Conde, o la de los Generales Amaro y Alamillo, pero también es obligado tener presente a tres patriotas: Luis Echeverría Alvarez, Augusto Gómez Villanueva y Agustín Hernández Navarro.