InicioNorberto MaldonadoTrump en China: la diplomacia de los negocios

Trump en China: la diplomacia de los negocios

La visita oficial más esperada del año abrió una etapa distinta entre las dos mayores economías del planeta. Sobre la mesa estuvieron los temas que realmente mueven la economía global: inversión, tecnología, comercio, energía, semiconductores y acceso a mercados.

El 12 de mayo de 2026, el presidente Donald Trump aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Beijing, acompañado de una delegación que pocas veces se ha visto junta en un viaje presidencial: algunos de los hombres más poderosos del mundo empresarial estadounidense, listos para cerrar acuerdos en uno de los mercados más grandes del mundo.

Esto no era una visita diplomática común y corriente. En palabras de Trump, “la idea más beneficiosa que jamás había visto ni oído para nuestros increíbles países”.

La comitiva empresarial que acompañó a Trump reunió a los CEO de algunas de las empresas más influyentes del mundo: Elon Musk, dueño de Tesla y SpaceX; Tim Cook, de Apple; Larry Fink, presidente de BlackRock; Jensen Huang, de Nvidia, diseñadora de chips; Larry Culp, director ejecutivo de GE Aerospace; David Solomon, presidente de Goldman Sachs; Stephen Schwarzman, CEO de Blackstone; Sanjay Mehrotra, CEO de Micron Technology; y Cristiano Amon, director ejecutivo de Qualcomm, entre otros.

Trump llegó a China con empresarios que pesan en la economía global, gente que mueve capital, tecnología, fábricas, empleos, cadenas de suministro e innovación. Estas compañías representan billones de dólares en valuación de mercado y millones de empleos en Estados Unidos. Trump fue explícito sobre su intención al reunirlos: comerciar y hacer negocios en China a gran escala.

Los resultados de la visita superaron, sin duda, las expectativas iniciales. China formalizó la compra de más de 200 aviones Boeing, con la promesa de llegar a 750 unidades, un pedido histórico para la industria aeronáutica estadounidense. General Electric Aerospace fabricará los 400 motores que equiparán esas aeronaves, en lo que representa un apoyo directo al empleo industrial en Estados Unidos.

Para las exportaciones agropecuarias, Xi Jinping confirmó que China ampliará la apertura de su mercado agrícola a productos estadounidenses, una de las demandas históricas de Washington en las negociaciones comerciales bilaterales.

El asunto más complejo de la visita fue el de los semiconductores. Jensen Huang, CEO de Nvidia, empresa que diseña los procesadores de alto rendimiento más codiciados del mundo, incluidos los H-200, defiende desde hace tiempo la apertura del mercado chino a chips de última generación.

Su argumento trasciende el ámbito comercial, pues Huang dice que, si Estados Unidos cierra ese mercado, China desarrollará su propia tecnología, tal como lo hizo Huawei con el 5G, y terminará ofreciendo soluciones propias a precios más bajos, desplazando a las empresas estadounidenses del tablero.

Creer que China se va a quedar cruzada de brazos frente a las restricciones tecnológicas estadounidenses es una ingenuidad total. Cuando se le bloquea, China invierte, copia, mejora, abarata y compite. Ya lo hizo muchas veces antes. Y si Estados Unidos decide regalarle el mercado a la industria china por miedo a venderle tecnología, el resultado puede ser muy negativo para sus propias empresas.

La inteligencia artificial, que requiere de estos procesadores de alto rendimiento para entrenarse y operar, se perfila como el campo donde más se juega en esta nueva etapa de la relación bilateral. Quien controle los chips controlará, en buena medida, el desarrollo de la IA a escala global.

¿Qué gana cada lado? Estados Unidos amplía sus exportaciones agrícolas, aeronáuticas y energéticas al mayor mercado del mundo, con acuerdos que suman decenas de miles de millones de dólares.

Las empresas tecnológicas estadounidenses recuperan o amplían su acceso al mercado chino, con perspectivas de flexibilización en semiconductores e inteligencia artificial.

China accede a tecnología de punta para impulsar su propio desarrollo industrial y de IA.

Ambas economías reducen la incertidumbre arancelaria que ha frenado inversiones y encarecido productos para consumidores de todo el mundo.

El mundo también gana. La disminución de tensiones entre las dos superpotencias reduce el riesgo de perturbaciones en las cadenas de suministro globales, baja la presión inflacionaria internacional y da más margen para que las empresas planeen, inviertan y produzcan sin estar atrapadas en el siguiente arrebato arancelario.

Las conversaciones sobre Taiwán e Irán, temas sensibles que generaban expectación antes del viaje, se mantuvieron en un tono reservado.

El gobierno chino las describió en su comunicado oficial como “un intercambio de opiniones”, lo que sugiere que ambas partes optaron por preservar el clima de cooperación sin forzar posiciones en los puntos más conflictivos. Una decisión pragmática que, a juzgar por los resultados comerciales, funcionó.

Al término de su visita, ya en el Air Force One, el presidente Trump anunció que su visita a China había sido maravillosa y elogió el recibimiento brindado por Xi Jinping. Su lectura es que la gira abre una nueva etapa en la relación entre las dos economías más grandes del mundo, marcada por la negociación, los acuerdos comerciales y el pragmatismo económico.

Para quienes no siguen de cerca la política exterior, la conclusión es que cuando Estados Unidos y China se sientan a negociar, el comercio global fluye mejor, los precios de los productos que todos usamos tienden a estabilizarse y la probabilidad de conflictos que afecten la economía mundial disminuye.

Los acuerdos logrados en la visita oficial del presidente Donald Trump a China, finalizada el 15 de mayo, no resuelven todas las tensiones acumuladas en años de guerra comercial. Sería tonto pensarlo. Pero sí marcan un punto de inflexión que difícilmente pasará inadvertido en los mercados, las industrias y las cancillerías del mundo.

Trump entendió que el poder económico también se ejerce con empresarios sentados en la mesa, contratos firmados, chips disponibles, aviones vendidos, energía negociada y mercados abiertos. Esa es la parte de la política exterior que incomoda a muchos, pero que termina moviendo al mundo real.

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