Luis Farías Mackey
Observo a Sheinbaum deshabitada de embriaguez. Me explico: la embriaguez es un concepto que utiliza Nietzsche para entender al arte, de hecho, habla de la “fisiología del arte”, en el sentido de que “para que haya algún hacer y contemplar estético es imprescindible una condición fisiológica previa: la embriaguez. La embriaguez tiene que haber acrecentado previamente la excitabilidad de toda la máquina: antes no se llega a arte alguno”.
Para él la embriaguez “aparece como consecuencia de los grandes deseos, de todos los afectos fuertes; la embriaguez de la fiesta, de la competición, de los accesos de valentía, de la victoria, de todo movimiento extremo” y, sin duda, la embriaguez del poder. “El estado estético fundamental es la embriaguez”.
Pero, qué entiende por embriaguez, para Nietzsche la embriaguez no “alude al caos de la efervescencia y la ebullición que todo lo confunde, a la borrachera que simplemente se deja llevar por el vértigo” (Heidegger), en El ocaso de los dioses Nietzsche nos dice que “es el acrecentamiento de la fuerza y de la plenitud”; acrecentamiento que es corpóreamente en nosotros y nos eleva y lleva más allá de nosotros mismos, de nuestra apatía y ensimismamiento. El acrecentamiento de fuerza nos hace experimentar ese ir más allá, crecer, enriquecernos, ser más nosotros, no en tanto fuerza física sino en temple de ánimo. De hecho, él habla de fuerza como “la capacidad de la existencia histórica para asumir y llevar a cabo su más elevada determinación esencial”. Por otro lado, la sensación de plenitud es esa en la que nada nos es extraño ni demasiado, estar abiertos y prontos a todo (Íbid).
Lo contrario a la embriaguez de ánimo es el cansancio, lo marchito, el apocamiento, el miedo, el desvanecimiento, la autoderrota.
La embriaguez, en el entendido previamente descrito, es propicia para la creación, el reto y la acción, por igual para la experiencia estética.
Pues bien, observo a Sheinbaum deshabitada de embriaguez, su rostro y mirada, su discurso, sus cada vez más lamentables gracejadas, su caminar, hombros encorvados, ojeras, su irritabilidad y lapsus mentus hablan de una mujer deshecha en el poder por el máximo de poder posible. Por supuesto que, como decía Reyes Heroles, el poder es incoloro, insaboro e inerte, siempre es relación de seres humanos conviviendo y es esta relación la que por múltiples razones pesa hoy sobre ella como tres cordilleras del Himalaya.
No se percibe en su ser embriaguez alguna, acrecentamiento que no sea de males, ni ánimo ni ansia de plenitud. Diría García Lorca, “sin duende”.
Todo en ella indica declive y enfado.
La embriaguez de la que habla Nietzsche nos pone a cada uno como la medida para hacer de nosotros una voluntad de ir más allá de lo que hasta ahora somos, ello implica un quererse y un querer soberano de ser más de lo que se es y de lo que hasta ahora se quiere. Hay en todo esto un hambre de ser, un querer, una voluntad; la ausencia de embriaguez, por tanto, acusa una falta de apetito por ser, una especie de deserción de sí, un abandono, un desamor.
Regreso a la fisiología, como dice mi querido amigo José Newman, en nosotros todo pasa en el cuerpo, en su química, biología y psique (producto de cargas genéticas y conductas aprendidas), y hoy el cuerpo todo de Claudia Sheinbaum nos muestra lo que a lo largo de años nos vendieron como propaganda vacua: “Es Claudia” y eso que a nuestra mirada se presenta es lo que es. Nada más.
Concluyo con Nietzsche, si la embriaguez es acrecentamiento de fuerza y ésta “la capacidad de la existencia histórica para asumir y llevar a cabo su más elevada determinación esencial”, de Sheinbaum ya vimos toda su capacidad y solo le espera el declive en tobogán.