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Cuando pensar diferente te hace enemigo

Eduardo Sadot

 

Una de las mayores fortalezas de la democracia consiste en reconocer el derecho de cada persona a pensar diferente. Aquí debo confesar que reconocer el derecho al disenso no es algo sencillo, nada fácil, hace años hube de profundizar en la reflexión no sin antes reconocer que cuesta trabajo aceptarlo, he aquí el ejemplo, cuando te enteras de que hay en la universidad ¡en la UNAM! Universitarios con ¡ideas autoritarias, totalitarias o fascistas!

Suena increíble al principio e intolerable, pero, qué me da a mí el derecho a calificar o descalificar la libertad de pensamiento de un semejante, sin caer en lo que critico ¡la intolerancia! y aunque argumentos me sobren para combatir y descalificar al “fascismo” ello no me da derecho a imponer mis convicciones, aun así, me obliga a respetar a quienes lo aplaudan, aunque piensen distinto.

Ninguna sociedad libre exige unanimidad; por el contrario, la pluralidad de ideas constituye la esencia del régimen democrático y con mayor razón en la universidad, donde por naturaleza se respeta la universalidad del pensamiento.

Pero también hay que decir que no toda diferencia de opinión es legítima ni equivalente. Uno puede respetar el derecho de alguien a defender el fascismo, el comunismo autoritario o cualquier otra ideología, pero eso no obliga a respetar la idea misma ni a fingir que todas son igual de válidas. La TOLERANCIA ES HACIA LA PERSONA y su derecho a hablar; la CRÍTICA DURA A LAS IDEAS ES OBLIGATORIA. La verdad persuade más cuando nace de una lucha interior que cuando se proclama desde una certeza absoluta.

El problema comienza cuando desde el poder se deja de ver al adversario como alguien con quien se discrepa y se le convierte en enemigo.

Eso fue ocurriendo paulatinamente en México. La diferencia de opinión dejó de ser parte natural del debate público para transformarse en motivo de descalificación. Quien cuestionaba una decisión del gobierno dejaba de ser un ciudadano crítico para convertirse en conservador, traidor, corrupto, vendido o enemigo del pueblo. Los argumentos fueron desplazados por las etiquetas y la discusión cedió su lugar al insulto.

Toda democracia necesita oposición. No para obstaculizar al gobierno, sino para vigilarlo, cuestionarlo y recordarle que el poder no pertenece a una sola fuerza política. Sin oposición no hay equilibrio; sin equilibrio desaparecen los contrapesos; y sin contrapesos el poder termina por convencerse de que siempre tiene la razón.

La descalificación permanente produjo un efecto mucho más grave que el desgaste del debate político. Terminó penetrando en la vida cotidiana de los mexicanos. Familias divididas por la política; amigos que dejaron de hablarse; compañeros de trabajo enfrentados; ciudadanos incapaces de dialogar sin convertir la diferencia en motivo de confrontación. La polarización dejó de ser una estrategia electoral para convertirse en una forma de convivencia.

Ningún país puede construir un futuro sobre el resentimiento. Los gobiernos tienen la obligación de gobernar para todos, no únicamente para quienes comparten su proyecto político. La democracia no consiste en aplastar a la minoría, sino en respetar su derecho a existir, a disentir y a aspirar legítimamente a convertirse algún día en mayoría.

Resulta paradójico que quienes durante años alimentaron la confrontación convoquen ahora a la unidad nacional. La unidad no nace de un discurso ni de una convocatoria improvisada. Es el resultado del respeto constante hacia quien piensa distinto. El odio sembrado desde el poder no desaparece por decreto; deja heridas que tardan años en sanar.

Gobernar exige firmeza, pero también tolerancia. Exige convicciones, pero igualmente humildad para reconocer que nadie posee toda la verdad. Un país donde pensar diferente convierte al ciudadano en enemigo deja de debatir ideas para comenzar a dividir personas.

Los derechos fundamentales no existen para proteger las opiniones con las que coincidimos, sino precisamente aquellas que nos incomodan.

La democracia no necesita gobiernos rodeados de enemigos. Necesita ciudadanos libres que puedan discrepar sin miedo y gobernantes capaces de escuchar la crítica. Gobernar exige poner el interés de la Nación y de sus ciudadanos por encima de la tentación de conservar el poder por creer que es dueño de la verdad. Porque cuando pensar diferente se convierte en motivo de confrontación, el verdadero derrotado no es la oposición: es la libertad.

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