José Luis Parra
El Congreso mexicano tiene tribuna, curules, tablero electrónico, cámaras de televisión y versión estenográfica.
Todo muy democrático.
El pequeño detalle es que muchas veces cuando los legisladores levantan la mano la decisión ya fue tomada.
Y no precisamente en San Lázaro.
La verdadera sesión pudo celebrarse horas antes alrededor de una mesa, con mantel, copa, buenos cortes y, de preferencia, reservado.
Porque en México la política también se cocina.
Y algunas leyes llegan al Pleno bien servidas.
No es nuevo.
Durante décadas restaurantes, cantinas y hoteles han sido extensión no oficial del Congreso, oficinas alternas de gobernadores, legisladores, dirigentes partidistas y empresarios.
Ahí no hay tablero de votación.
Tampoco Canal del Congreso.
Mucho menos ciudadanos preguntando.
Hay discreción.
Que en política vale oro.
En la Ciudad de México existen restaurantes que forman parte de esa geografía paralela del poder. Suntory, en Del Valle y Las Lomas, aparece desde hace años como punto de encuentro de personajes de diferentes partidos.
Por ahí pueden coincidir, en momentos distintos, Santiago Taboada, Sergio Gutiérrez Luna y una larga lista de políticos, empresarios y operadores.
El Blossom del Valle también tiene su historia. Martí Batres ha sido uno de sus visitantes conocidos.
Pero cuidado.
El asunto no está en saber qué político pide sushi, carne o comida china.
Eso sería simple chisme gastronómico.
Lo interesante está del otro lado de la mesa.
Constructores.
Desarrolladores inmobiliarios.
Representantes farmacéuticos.
Operadores financieros.
Despachos especializados en abrir puertas.
Y ahí comienza la verdadera política.
Porque en el Congreso se discuten leyes.
En los reservados se discuten intereses.
No necesariamente cada comida termina en conspiración, soborno o acuerdo oscuro.
Sería absurdo afirmarlo.
Pero también sería ingenuo pensar que tantos políticos se reúnen con empresarios únicamente para comentar el clima.
En política nadie paga una comida cara sólo para hablar del América.
Aunque algunos probablemente sí.
La tradición tampoco es exclusiva de la capital.
En Guadalajara está La Fuente, cantina convertida durante décadas en una especie de sucursal informal del poder jalisciense.
Gobernadores, alcaldes y operadores han pasado por sus mesas.
La política mexicana tiene memoria.
Y también meseros.
Ellos son quizá los testigos más discretos del sistema.
Meseros, cocineros, capitanes, empleados de hoteles.
Gente que sirve la comida mientras escucha pedazos de conversaciones que jamás aparecerán en una conferencia de prensa.
Uno de esos trabajadores recuerda reuniones de legisladores en hoteles de lujo de Paseo de la Reforma.
Salón grande.
Privado.
Comida.
Alcohol.
Política.
Y después del solemne evento institucional aparecía el lado humano.
Muy humano.
“Se guardaban las galletas y se las llevaban. Hacían desmadre y medio”, recuerda.
No deja de ser divertido.
Políticos capaces de negociar presupuestos multimillonarios peleando por las galletitas del coffee break.
Hay niveles.
Durante la pandemia ocurrió otra escena.
Mientras miles de restaurantes cerraban, trabajadores perdían ingresos y el país permanecía encerrado, desde Presidencia seguían llegando pedidos de comida.
Menús de 300 pesos.
Entre 20 y 50 por día.
Para un trabajador aquello significó sobrevivir económicamente.
Pequeña historia dentro de una tragedia enorme.
Pero también una ventana.
El poder nunca deja de comer.
Ni siquiera en pandemia.
Y alrededor del poder siempre existen personas que observan.
Por eso los periodistas de fuente saben que una gran historia puede comenzar en cualquier parte.
Con una servilleta.
Una reservación.
Una fotografía.
Un mesero que reconoce al visitante.
O dos políticos que aseguran públicamente no tener nada que negociar y aparecen entrando al mismo reservado.
Así funciona el oficio.
La conferencia informa.
La sobremesa revela.
Tampoco descubrimos el hilo negro.
Desde el siglo XIX los políticos mexicanos entendieron las ventajas de continuar las discusiones fuera del recinto legislativo.
El café Prendes fue uno de esos espacios.
También una cantina frente al antiguo Teatro Iturbide, donde diputados constituyentes continuaban discutiendo artículos después de terminadas formalmente las sesiones.
Nuestros políticos aprendieron temprano.
Fuera del Congreso no había actas.
No había cámaras.
No había versión estenográfica.
Y posiblemente tampoco oposición.
Una maravilla.
Mientras otros países terminaron regulando el cabildeo mediante registros y mecanismos institucionales, México encontró una solución mucho más agradable.
El reservado.
Ahí caben empresarios, legisladores, operadores y una botella de buen vino.
Todo en la misma mesa.
La tecnología modificó las formas, pero no necesariamente las costumbres.
Ahora hay chats cifrados.
Llamadas privadas.
Mensajes que desaparecen.
Cenas discretas.
La servilleta evolucionó.
La opacidad también.
Y en medio de todo esto aparece otra escena reveladora sobre el estado actual del Poder Legislativo.
La diputada morenista Olga Leticia Chávez Rojas defendió públicamente el uso de ChatGPT para revisar dictámenes de más de 200 páginas en unos cuantos minutos.
Incluso recomendó actualizarse a quienes criticaron el procedimiento.
En una cosa tiene razón.
La inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinaria.
Puede resumir.
Comparar textos.
Detectar diferencias.
Organizar información.
El problema no es ChatGPT.
El problema sería que ChatGPT termine leyendo las leyes que los diputados ya no leen.
Ahí sí tenemos un pequeño inconveniente democrático.
Porque si un legislador necesita un resumen urgente de un documento de 200 páginas minutos antes de votarlo, la pregunta resulta inevitable:
¿Entonces qué está votando?
¿El dictamen?
¿El resumen?
¿O la instrucción?
Y aquí regresamos al principio.
Quizá la discusión verdadera ocurrió antes.
En una oficina.
En un chat.
En una llamada.
O entre la entrada y el plato fuerte.
Después vendrá la ceremonia legislativa.
Discursos.
Posicionamientos.
Gritos.
Votación.
Y asunto concluido.
El Congreso mexicano corre el riesgo de convertirse en una enorme oficialía de partes donde simplemente se registran decisiones tomadas en otros lugares.
No siempre.
Pero demasiadas veces.
Y ahí está el problema.
La democracia supone deliberación pública.
Intereses confrontados.
Argumentos.
Explicaciones.
Responsabilidad.
Cuando las decisiones importantes abandonan el espacio público para refugiarse sistemáticamente en restaurantes, hoteles o conversaciones privadas, la ciudadanía sólo conoce el último capítulo.
La votación.
Nunca la negociación.
Desde aquellos constituyentes que seguían discutiendo frente al Teatro Iturbide hasta los actuales operadores políticos que se reúnen en Polanco, Del Valle o Las Lomas, la esencia cambió poco.
Cambió el menú.
Cambió el teléfono.
Cambió la tecnología.
El reservado sigue funcionando.
Por eso la próxima vez que veamos una sesión legislativa con discursos encendidos y legisladores aparentemente convenciendo a sus compañeros, quizá convenga hacerse una pregunta:
¿Realmente están negociando?
¿O simplemente están sirviendo lo que ya se cocinó?
Porque en México muchas decisiones públicas siguen teniendo primer tiempo, plato fuerte y postre.
La votación apenas es la cuenta.
Y esa, como siempre, termina pagándola el ciudadano.