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Gorras y fantasmas

José Luis Parra

 

La oposición tiene un problema que no parece advertir: cuando mezcla hechos con fantasías, termina regalándole al poder la mejor defensa posible.

Esta semana circuló una versión explosiva. Que al gobernador Alfonso Durazo lo investigan en Estados Unidos por la donación de un terreno donde supuestamente se instalaría una fábrica de gorras que, en realidad, sería un centro de inteligencia chino. Una historia digna de Netflix.

El detalle es que la realidad resulta menos cinematográfica y, precisamente por eso, más peligrosa.

Sí existe un caso documentado sobre la llegada de la empresa Mainland Headwear a Sonora. Sí existe un reportaje que expone la participación del hijo del gobernador como facilitador de la inversión. Sí existen cuestionamientos sobre la entrega de un predio de alrededor de 150 hectáreas y sobre la presencia de funcionarios estatales en la estructura de las empresas mexicanas relacionadas con el proyecto.

Todo eso merece investigación, explicaciones y, si hubiera responsabilidades, consecuencias.

Pero una cosa es un posible conflicto de interés y otra muy distinta afirmar que la fábrica era un centro de espionaje chino o que existe una investigación formal de Estados Unidos por ese motivo.

Hasta hoy no hay una sola prueba pública que sostenga semejante acusación.

Y ahí aparece el verdadero problema.

Cuando se exagera una denuncia, la parte señalada ya no tiene que responder por los hechos comprobables. Le basta con demostrar que la exageración era falsa para intentar desacreditar todo lo demás.

Es la vieja estrategia: convertir una mentira en el escudo perfecto para evitar responder por las verdades incómodas.

La política mexicana se está llenando de ese vicio. Ya no basta denunciar una irregularidad. Ahora hay que adornarla con conspiraciones internacionales, agencias de inteligencia, gobiernos extranjeros y novelas de espionaje. Entre más increíble, mejor.

Lo malo es que la credibilidad también tiene límites.

Quien acusa tiene la obligación de probar.

Las dos responsabilidades pueden convivir.

Porque si mañana aparecen pruebas de un conflicto de interés, el gobierno tendrá que responder. Pero si hoy se difunden historias imposibles de demostrar, los únicos beneficiados son quienes prefieren que el debate público se convierta en un concurso de ocurrencias.

La política necesita menos guionistas y más investigadores.

Porque cuando la ficción suplanta a los hechos, la verdad termina siendo la primera víctima.

Y en política, una mentira espectacular suele durar un día.

Un conflicto de interés bien documentado puede perseguir a un gobierno durante años.

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