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Ante el rechazo del extranjero, el ¿padre de la patria? le ofrecía al pueblo un remedo de calaña similar

Rodolfo Villarreal Ríos

 

Hace unos días, en las redes sociales, observábamos como un grupo de personas demandaban que se reconociera como el padre de la patria al criollo quien se sintió noble, Agustín Cosme Damián. Argüían que gracias a sus acciones fue factible lograr la Independencia de nuestro país. Más allá de que cada uno puede estimar lo que considere conveniente y rezar cuantas misas juzgue adecuadas para recordar a su héroe, desde nuestra perspectiva no podemos considerar libertador a quien proponía que nos viniera a gobernar un Borbón. Al no concretarse esto, más pronto que tarde, procedió a instalar un remedo del tipo de gobierno que se había combatido. En esta colaboración, y la siguiente, nos ocuparemos es de ver cómo se proclamó “emperador” de México y ya será usted lector amable quien determine si merece ser considerado el padre de la patria o simplemente el criollo quien soñó que era noble vía un chupinazo.

Era el jueves 23 de mayo de 1822, cuando la edición de La Gaceta del Gobierno Imperial de México dedicaba sus ocho páginas a un sólo artículo titulado “Proclamación”. Con la pluma exhalando incienso, la pieza daba inicio con este párrafo: “La seducción y el engaño dañan a los incautos, es verdad, y también lo es que sistemas quiméricos producen lisonjeras esperanzas halagüeñas de la novedad con intereses particulares. Pero cuando la antorcha de la razón alumbra el entendimiento; cuando a el hombre guían sus pasos la justicia y el bien general, ni la seducción prospera, ni la hipocresía puede resistir los ataques a la verdad; aquella se deshace en su fuente y ésta, arrojando su dolosa máscara deja ver en su frente esculpidos los proyectos inicuos, y las maquinaciones contra el bien de la sociedad”. Pero esos malvados no habrían de salirse con la suya.

Porque “…si un pueblo [¿bueno?] llega a conseguir su libertad y entrar en el uso de sus derechos teniendo la ilustración bastante para conocer sus verdaderos intereses, ninguna fuerza es capaz de contener la marcha majestuosa de su creación política”. Y por supuesto que el pueblo mexicano de entonces era ampliamente ilustrado, apenas el 98 por ciento eran analfabetas gracias a que durante tres centurias la curia tuvo a cargo la tarea de instruirlos en asuntos que nada tenían que ver con las ciencias, la lectura, la escritura o el pensamiento crítico, todo era repetir estribillos de alabanza. Pero, no vayamos a pensar que la alusión se refiere a otros tiempos, recordemos que reseñamos sucesos acaecidos en 1822 y que con aquel bagaje de conocimientos nadie podía engañar al pueblo.

Animado por lo anterior, el redactor indicaba que para poder consolidar la creación del “…Imperio de Anáhuac con toda la perfección que merece, y de que es susceptible, era preciso combinar dificultades sin tamaño. La extensión del territorio, su posición topográfica, la diversidad de intereses, la divergencia de opiniones, la contrariedad de escritores y políticos, y los Tratados de Córdoba hacían un conjunto de dificultades a la política más sagaz”. Ante eso, el escribano de La Gaceta alertaba que “los enemigos del Estado atizaban la tea de la discordia y casi con la mano tocaban ya los frutos de sus combinaciones; en sus rostros se veía la alegría precursora de un triunfo que con razón creyeron inevitable. El pueblo vacilaba, los buenos mexicanos lloraban las desgracias de su patria, y todos fundadamente solo pronosticaban ruinas, muerte, sangre, desolación y estragos”. No tomaban en cuenta, sin embargo, que allá en la lontananza se asomaba algo que los haría dejar sus dudas atrás.

El articulista bien cebado deslizaba la pluma con destreza y escribía: “Tal hubiera sido el efecto de las convulsiones; y el Paraiso Septentrional se habría convertido en madriguera de arpías, si sus habitantes no fijan con tiempo la vista en el verdadero punto de su felicidad y conveniencia; con el anteojo de la razón alcanzaron a ver lo futuro, la experiencia y la historia los hizo avisados; olvidaron resentimientos, cerraron los oídos a los cantos de las sirenas, se desprendieron de intereses particulares, uniformaron sus sentimientos, hicieron causa común, y fijada la opinión, formaron una fuerza capaz de contener el edificio que minado en sus cimientos  iba  a sepultar para siempre a los mexicanos bajo las ruina”. Hasta lucía como un heraldo que con antelación describía a otros crédulos de tiempos futuros. Pero, desde entonces, los males siempre venían de afuera para trastocar la idílica vida que aquí se ofrecía.

Ante ello, el de aquellos días, daba la señal de alerta y advertía que “… aun no estaba cortado el peligro; el artículo tercero de los Tratados de Córdoba era un nuevo escollo que se presentaba en oposición al plan. La casa real de España llamada expresamente a ocupar el trono tenía derecho indisputable para reclamar cualquiera otra elección. Los poderes de los representantes en el augusto Congreso Mexicano no contenían las facultades bastantes”. Envueltos en el patrioterismo, con frecuencia tendemos a olvidar que nuestra Independencia se logró de manera sui géneris. Se nos liberó de España, al tiempo que se llamaba a un miembro de la casa reinante para que nos viniera a pastorear. Antes de continuar, nunca estará de más recordar lo que enunciaba ese Artículo 3º de los Tratados de Córdoba y quienes los firmaron.

Bajo ese documento, consistente de 17 artículos y signado un viernes 24 de agosto de 1821, se declaraba la “independencia de la Nueva España de España y, en su Artículo 1º indicaba: “Esta América se reconocerá por nación soberana e independiente, y se llamará en lo sucesivo “Imperio Mexicano”. Y, dado que, todo imperio requiere un emperador, para reafirmar cuán independientes seríamos, en el Artículo 3º, se leía: “Será llamado a reinar en el Imperio mexicano (previo juramento que designa el artículo 4º del plan[de Iguala que indicaba: “Fernando VII, y en sus casos los de su dinastía o de otra reinante, serán los emperadores, para hallarnos con un monarca ya hecho y precaver los atentados funestos de la ambición”], en primer lugar el señor don Fernando VII, rey católico de España; y por su renuncia o no admisión, su hermano el Serenísimo Señor infante don Carlos [Carlos María Isidro de Borbón]; por su renuncia o no admisión, el Serenísimo Señor infante don Francisco de Paula; [Francisco de Paula Antonio de Borbón] por su renuncia o no admisión, el Serenísimo Señor don Carlos Luis, infante de España, antes heredero de Etruria, hoy de Luca [Carlos María Luis Fernando de Borbón y Borbón]; y por renuncia o no admisión de éste, el que las Cortes del Imperio designen”. Los firmantes eran el teniente general de los ejércitos de España, Juan José Rafael Teodomiro De O’Donojú y O’Ryan, mientras que a nombre de los independizados lo hacía Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu. Como dirían por ahí, “que chulada de maiz prieto”, aquel a quien claman es el padre de la patria, se la entregaba al fulano de quien se liberaba. La bonhomía del vallisoletano obsequioso tenía truco, sin embargo, encontraría obstáculos.

Se estimó que el recipiendario aceptaría el regalo, y “así se creyó por algún tiempo; y como el pueblo mexicano se ha distinguido en todas ocasiones por su fidelidad y moderación, no podía, ni debía desmentir tan alto concepto; ansiaba por que se verificaran sus deseos, pero la justicia de que es esclavo contenía su ardimiento”.  Pero ese pueblo, siempre deseoso de encontrar su Mesías, se veía limitado para no lucir indisciplinado.

Pero había otros quienes no guardaban tal rectitud, una muestra de ello era “la conducta del general [José] Dávila en el Castillo de San Juan de Ulúa…”. Este sujeto estaba metido ahí, desde el 26 de octubre de 1821, una vez que desconoció los Tratados de Córdoba. En ese sitio, permanecería cuatro años declarando que era reducto español. Esto, terminaría por provocar que México empezara a comprar embarcaciones con lo cual se dio origen a la Armada de México que, al mando del capitán de fragata Pedro Sainz de Baranda, mantuviera un bloqueo al Castillo y obligara a que el 23 de noviembre de 1825, se rindiera el último reducto español. Pero, retornemos a 1822 y veamos como Dávila no era el único obstáculo.

Entre esos, se encontraban “la conspiración de las tropas expedicionarias y el silencio de la Corte de Madrid, eran datos inequívocos de que ni quería reconocer la Independencia del Imperio, ni se aprobaban los Tratados de Córdoba; y por consiguiente no se aceptaba el llamamiento de los Borbones. Estas presunciones tomaron mayor certidumbre con las noticias privadas recibidas sucesivamente; sin embargo, la delicadeza y rectitud del pueblo mexicano no podía decidirse por conjeturas; el mundo tiene puestos los ojos en sus operaciones y sería de temerse que los enemigos le dieran el colorido de injustica, precipitación y volubilidad; arterias bien conocidas para conseguir la división, único medio con que se puede triunfar en este suelo”.  Como es usual, el mundo siempre pendiente de lo que pase aquí.

“A esta poderosa reacción puso coto el dictamen de la comisión de las Cortes extraordinarias de España, aprobado en las sesiones de los días 12 y 13 de febrero; llegó a noticia del Ejército y Pueblo por las Gacetas de 13 y 14 del mismo. ¿Cuál había de ser el resultado en tiempos de ilustración, y cuando el Pueblo no obra por rutina, ni se deja alucinar con sofismas? Los mexicanos estaban prontos a guardar religiosamente el artículo tercero del Tratado de Córdoba; pero no por eso se les haga la injusticia de suponerlos tan estúpidos que no conozcan sus derechos, ni menos que ignoren la obligación de un tratado, y cuando este se rescinde por faltar las condiciones”. Ni quien vaya a dudar que Agustín y compañía, asumiéndose como los representantes del pueblo mexicano, no iban a permitir que se burlaran de ellos, tenían la mira puesta en escenarios superiores.

 

Ante ello, les caía como anillo al dedo una situación en la cual “los Borbones no reconocen la Independencia de esta América, han declarado traidor al General O Donojú, y llaman disidente al Héroe de la Nación [por supuesto, Agustín]; las Cortes de Madrid se oponen tenazmente, y solicitan con empeño se tomen las más activas providencias para la reconquista que con equivocación juzgan posible a sus débiles fuerzas. Nada han contestado los enviados con el Plan de Iguala, y Tratados de Córdoba; la Corte de España no se ha dignado hablar directamente una sola palabra dirigida los representantes, o al gobierno en lo privado y con ofrecimientos fantásticos ha procurado la seducción de las autoridades; en fin, le ha sobrado tiempo para mover los resortes de su política, y le han faltado, minutos para entrar siquiera en cuestión con los gobernantes del Imperio de una manera que acreditara su buena disposición, Luego es una consecuencia legítima la disolución de Tratados de Córdoba, y el llamamiento que hace en el artículo tercero”.

“Tan justas deducciones no se pudieron ocultar a un pueblo vigilante; conoció la rectitud de las consecuencias, y conoció igualmente que la Nación se hallaba con entera libertad para elegir su emperador”. Aleluya, ya habían llegado al punto deseado, nada de que los mexicanos iban a quedarse conformes con tener un imperio huérfano de emperador, faltaba más. De aceptarlo se convertirían en el hazmerreír del mundo que seguía muy de cerca lo que aconteciera aquí.

“El tropiezo que en algún tiempo se presentó en las facultades de los representantes perdió todo su vigor; porque el artículo tercero de los Tratados de Córdoba es el mejor escudo de sus procedimientos, Dicho Tratado deja a la Nación en libertad para establecer su gobierno del modo que considere más conveniente y hacer la elección, en caso de que la Casa Real de España no entre a ocupar el Trono. Y como por otra parte los, poderes los recibieron de sus provincias con arreglo a la convocatoria de la Suprema Junta gubernativa, y, esta se refiere al Tratado de Córdoba, resulta sin la menor equivocación que los diputados de las Cortes constituyentes recibieron de sus provincias los poderes habilitados para elegir Emperador”. El andamiaje legal lo respaldaba, el corcel ya estaba ensillado, el bicornio lucía las plumas adornadas con los colores verde blanco y rojo con detalles plateados, la chaquetilla azul con pechera color rojo, botonadura y bordados en dorado, el pantaloncillo blanco y las botas negras relucientes. Todo era esperar para que se enfundara la vestimenta.

Solamente quedaba pendiente que el pueblo mexicano se decidiera a dar el paso siguiente y encontrara al hombre a quien habría de investir como emperador de México. Pero el espacio se agotó y no queda otra alternativa sino establecer el compromiso para que la semana próxima terminemos de relatarles cómo se da el chupinazo para que el ¿padre de la patria? instaurara un remedo de calaña similar a lo que se había derrotado. vimarisch53@hotmail.com

Añadido (26.41.132) Este lunes, 5 de octubre, se cumplen 103 años de tu natalicio. Tu presencia en el recuerdo perene, doña Estela Ríos Schroeder

Añadido (26.41.133) Ante los acontecimientos que hoy se viven en México, rescatamos un texto escrito en los tiempos en que muchos, incluidos los arrepentidos de ahora, festinaban la llegada de los vestidos de guinda al poder. El 6 de julio de 2018, el economista sinaloense Sergio Enrique Castro Peña publicó lo siguiente: “La derecha y las cúpulas empresariales han logrado su primer objetivo sacar al PRI de los Pinos. Su segunda meta, al destinar tantos esfuerzos en la obtención de lo primero, y víctimas de su propio éxito, no fue lograda. Así, el trabajo realizado con tanto esmero para destrozar al PRI se transformó en un resultado, no esperado, ni deseado y, que en un tiempo muy corto recibirán y pagarán con un costo mayor y permanente de su error: una victoria de Andrés Manuel López Obrador de MORENA.  Eso no es lo más preocupante sino la instauración de la ideología de ese socialismo del Siglo XXI, cuyo carácter únicamente se diferencia en el factor tecnológico, no ideológico del socialismo real (comunismo). Una vez instalados en el poder y siguiendo lo hecho por otros líderes populistas, modificarán los sistemas que les dieron acceso a esa posición, para evitar que otros puedan utilizar los métodos por ellos empleados. El más socorrido será el de ’la democracia real’, ignorando o desechando que fue el sistema actual el que les permitió lograr ese sitio. La ’democracia real’, como la reitera López Obrador, en una ’democracia’ que le permitirá estar en el poder, tanto tiempo como lo requieran la implementación de su sistema y sus objetivos. La pluralidad política dejara de ser necesaria y los resultados electorales así lo demostrarán, dado lo cual los partidos y las ONGs habrán de reducirse a su mínima expresión. La representatividad se hace obsoleta al tener un acceso directo el ’pueblo’ con su ’líder’. La cargada, al muy rechazado estilo priista, no sólo de políticos o partidos sino de ’empresarios’ y de organizaciones de ’vigilancia’ de la actuación del gobierno y la democracia, así como las instituciones religiosas, declinaran su papel de opositor por unas migajas de poder o de posibilidades de subsistir. Lo anterior hace que nos preguntemos: ¿Para esto se gastó tanto dinero y seguridad? O, ¿En realidad nunca supieron para que realmente trabajaban?”. ¿Así o más profético?

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