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Columna de opinión

El último presidente que renunció

Rodolfo Villarreal Ríos

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Rodolfo Villarreal Ríos
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Rodolfo Villarreal Ríos

 

En términos generales, es común mencionar de manera despectiva la figura del último presidente de México quien presentó su renuncia. Esto, aconteció hace 94 años cuando el ingeniero Pascual Ortiz Rubio, cuya imagen está muy lejos de ser candidata a ser glorificada, tuvo el valor de reconocer que su estadía al frente del gobierno iba a ninguna parte y que no podía enfrentar los retos que se le presentaban. En gran parte ello era resultado de la influencia política que tenía el jefe Máximo de la Revolución, el constructor del Estado Mexicano Moderno, el estadista Plutarco Elías Calles Campuzano.  Ante eso, los miembros de la clase política optaban por atender primero las directrices de este personaje, antes que las que emanaban del encargado oficialmente del Poder Ejecutivo quien observaba como su autoridad, legalmente sustentada, se veía disminuida hasta el grado de generar divisionismos entre los miembros del grupo en el poder.

El tema de como Ortiz Rubio se desempeñó al frente del Ejecutivo nacional lo tratamos, hace poco más de dos años, en el artículo titulado “Don Pascual, también, tomó el fusil y acabo como general-presidente” (https://indicepolitico.com/don-pascual-tambien-tomo-el-fusil-y-acabo-como-general-presidente/). Aquello lo terminábamos indicando: “Independientemente de que se simpatice o critique a Ortiz Rubio hay que reconocerle que renunciar al cargo de presidente de la república fue todo un acto de dignidad”. Sin embargo, nada mencionamos acerca de cómo se suscitó el evento, de ello nos ocuparemos en esta colaboración.

El jueves 1 de septiembre de 1932, el presidente Ortiz Rubio acudió ante el Congreso de la Unión para presentar el informe de las labores desarrolladas a lo largo de un año. Hasta ahí, todo lucía dentro de la normalidad imperante. Inclusive, dos días más tarde, en el editorial de El Nacional, se señalaba: “El mensaje presidencial, como síntesis de las actividades del Gobierno Federal, renueva en nuestra mente el proceso histórico de este último año en que se pusieron a prueba la firmeza de principios y la fuerza dinámica y combativa de los revolucionarios, a la par que su altura de pensamiento, su solidaridad y su preparación para las tareas inherentes a la dirección de los asuntos del Estado”. Pareciera que dicha pieza fue elaborada a hora temprana y nadie se preocupó por considerar lo que, en las primeras planas de los diarios, incluyendo la del citado líneas arriba, de ese día se daba a conocer.

En la nota se planteaba que “…a las primeras horas de la madrugada [del día 3 de septiembre], la Secretaría de Gobernación bajo la firma del señor general Juan José Ríos [Ríos] entregó a la prensa…” un boletín mediante el cual se indicaba que, a las cinco de la tarde, el presidente Ortiz Rubio reunió a los miembros de su gabinete para darles a conocer “el texto de la renuncia que presentará al Congreso de la Unión del cargo de presidente de la República”.

Respetuoso de las formas, la mañana del día tres, el renunciante declaró a la prensa “que sus deseos [eran] que el Congreso conozca antes que el público su renuncia, porque en ella se funda la causa grave que tiene para presentarla”. Las palabras que a continuación pronunció demuestran que don Pascual estaba muy lejos de los apodos cactáceos que le endilgaban. “Afirmó que su renuncia viene a sentar un precedente en la vida institucional de México, de modo que el presidente de la república no sea nunca un problema para su país, sino que presente su dimisión antes de provocar agitaciones intestinas. Y juzga su renuncia como una prueba de que se han afianzado las instituciones. Su anhelo al presentar esa renuncia-nos dijo- es lograr el bien y conservar la tranquilidad en el país”. Vaya acto de honestidad, para ello, también, es requerido una buena cantidad de coraje. Estaba cierto de que su presencia lo único que generaría sería ahondar divisiones que en nada abonaban a la consecución del proyecto. Y para evitar cualquier interferencia, anunciaba que, tan pronto le fuera aceptada la renuncia, saldría acompañado de su familia hacia un balneario en Hot Springs, Arkansas.

Alrededor de las trece treinta horas, el subsecretario de gobernación, Eduardo Vasconcelos Pérez, hizo su aparición en el recinto de la Cámara de Diputados. Llevaba el documento que contenía la renuncia, mismo que entregó al secretario de la Cámara, Carlos González Herrejón. El texto de ese documento en pocas ocasiones se da a conocer o bien es ignorado por completo. Sin embargo, después de revisarlo, a este escribidor le pareció que hay pasajes dan para realizar reflexiones intemporales y aplicables a cualquier cargo público que se desempeñe.

El presidente de origen michoacano, camino a ser ex, iniciaba el documento indicando que “la época, particularmente angustiosa en materia económica, por la que atravesamos, exige con mayor imperio, aunque de ordinario, marchas de Gobierno, procesos de administración pública, caracterizados por condiciones de estabilidad y de perfecto ajuste de las diversas dependencias y sectores gubernativos y políticos, que permitan un juego eficaz y continuado de las acciones puestas en ejercicio para el desarrollo normal de las actividades encauzadoras del Estado. Todo lo que estorbe o amenace esa estabilidad tan saludable, todo lo que impida ese perfecto ajuste necesario produce graves retardos en el curso de la rehabilitación económica nacional, y  por la situación de alarma frecuente o por lo menos de inquietud que los desajustes políticos y los frecuentes cambios administrativos traen consigo, no sólo se obstaculiza la marcha general del país, sino -lo que es más trascendental – se retarda o dificulta la franca conquista, la definitiva cristalización de nuestros ideales revolucionarios”. En medio de este galimatías podemos concluir que don Pascual identificaba ser el obstáculo para la consolidación del proyecto revolucionario.

Acto seguido, le dio por filosofar sobe la relación entre el Ejecutivo y los partidos en el entorno de como gobernar. En ese contexto, indicó que “ahora bien, siempre es motivo de dos órdenes por los que se presentan en todos los países esas condiciones de inestabilidad y de falta de acción bien coordinada de los órdenes de política y de gobierno, aun en aquellos casos favorables en que, como sucede ahora en México, todos los órganos administrativos y de control político tienen su raíz, su legitimo origen, en un partido de principios o por desacuerdo en tendencias o en programa, entre el Ejecutivo y los demás órganos políticos o de gobierno; o por diversos criterios o divergencias graves y constantes de juicio en la apreciación de elementos humanos.” Una vez sentado su marco teórico, ahora si, entraba en la sustancia del porqué su decisión de dimitir.

“Si en el caso actual y como origen de la situación de crisis política crónica que debo reconocer que de hecho ha existido prácticamente desde la iniciación de mi gobierno, haciendo débil y pálida su acción y mezquinos sus resultados; si como origen de esa situación existiera divergencia de principios fundamentales o dualidad de programa, consideraría  de ml deber para justificación histórica de mi actitud de hoy, definir claramente mi particular ideología o mis líneas y procedimientos personales de gobierno; pero como no es así, y como quiero declarar enfáticamente que concluyo el ejercicio de mis funciones como Presidente sin creer haberme apartado del programa del Partido Nacional Revolucionario y como conservo viva mi fe en los postulados económico-sociales y en los altos principios políticos que le dieron vida y puesto que la disparidad de criterios -de todos modos creadora de un estado de crisis política casi constante – sólo se ha referido en el pasado y podría referirse en el futuro a personalidades y no a ideas, me excusará Vuestra Soberanía de analizar hechos concretos o de pretender siquiera insinuar de qué lado pueda hallarse la real conveniencia política o la razón”. Ni quien le pueda argüir que aquello era una confesión de no haber sido capaz de ponerse de acuerdo con las fuerzas diversas que se generaron a su alrededor, algo que si pudieron realizar quien lo antecedió y quien lo sucedería en el cargo sin que ello implicara una ruptura con el estadista Elías Calles.

Bajo esas circunstancias, no le quedó sino establecer que “bastan estas circunstancias bien conocidas de frecuentes crisis del pasado; ellas me hacen sentir que podrían repetirse hasta el fin de mi gobierno con los consiguientes trastornos y retardos para el país, y no puedo aceptar, identificado como lo estoy con el pensamiento revolucionario que representa mi Partido, que pudiera llegar a existir o producirse alguna vez de hecho en la que hubiera perdido el respaldo de ese Partido -y el apoyo moral siquiera- de sus hombres más representativos [léase del estadista Elías Calles Campuzano], por lo que considero de utilidad real para el país dar la oportunidad con mi renuncia, de que se mantenga  y afirme la indispensable colaboración y solidaridad, resultados de una mayor y más constante confianza reciproca de todos”. Una vez expuestos los argumentos que lo llevaron a tomar la decisión, consideró necesario aplacar cualquier acusación de ingratitud o de querer soliviantar algún acelerado.

En el contexto de lo anterior, procedió a señalar sus coincidencias con el jefe máximo. Para ello enfatizó que “la ilusión generosa del señor general Calles, que ha sido también la mía: la transmisión pacifica del poder, es lo mas importante. La fecha de la transmisión no tiene el menor interés cuando la legalidad no ha sido quebrantada en lo más mínimo. En planos de política, la suprema razón de la persistencia es la unidad; la justificación patriótica única para seguir gobernando es el éxito que pueda estar alcanzando en bien del país. Si la unidad se halla amenazada, si el éxito de la acción del gobierno se ha resentido y se resiente de esa falta de unidad y si, como pasa conmigo, me sigo considerando miembro del Partido Nacional Revolucionario por lealtad a sus principios que emanan, en el pensamiento original que le dio vida, el triunfo definitivo de la Revolución Mexicana, mi deber fundamental es renunciar al ejercicio del mandato que el pueblo me confirió a través y por selección de ese Partido, para que con mayor unidad de acción en el futuro -ya que no de pensamiento-se logran las altas finalidades que todos perseguimos”. Se colocaba a un lado para no generar divisiones o para que aquello no fuera a convertirse en un espectáculo en donde hubiera quienes fueran a demandar que lo echaran.

Y para que no quedara duda de que al retirarse no cambiaba de bando, ni renegaba  de sus orígenes políticos, mencionaba: “Creo de esta manera sellar con un rasgo de definitiva, y declarada lealtad mi modesta actuación como Primer Magistrado; creo contribuir así también a la consolidación de la Doctrina Calles de aquella salvadora doctrina de 1928, ratificada hoy como ayer por hechos de su creador que estableció que nada significan los sacrificios ante la necesidad de hacer de México un país de instituciones y de leyes, capaz de hallar en el libre juego de sus organismos legales democráticos y en el retiro de quienes sean menos necesarios o útiles en cada instante, la resolución de los más graves problemas políticos que puedan presentarse, para poder dedicarse de lleno el país a la resolución de sus problemas de verdadera altura y trascendencia; aquellos de naturaleza económico-social que son los que afectan de modo definitivo el porvenir de la patria porque encierran en sí el problema de la mejoría de las grandes colectividades de México”.

Tras de argüir que lo aquejaban problemas de salud que aun cuando no pudieran calificarse de graves, si influían para poder desempeñar plenamente el cargo, Ortiz Rubio indicaba: “quiero presentar a Vuestra Soberanía mi ruego  de que sea aceptada mi renuncia por la grave causa política anteriormente señalada; pero mi firme convicción revolucionaria y mi lealtad a los hombres y al Partido que me llevaron al poder, me impone la obligación de añadir aun algunas líneas para dejar en este documento, si no un consejo, ni menos  un derrotero, sí un llamamiento sincerísimo a todos los hombres  que han militado en las filas de nuestra Revolución”.

En ese contexto, para cerrar, insistía en que no se iba promoviendo divisionismos, ni mucho menos guardando rencores. Indicaba que “sólo en afirmar el credo revolucionario de México; sólo en borrar divergencias y apretarse en una fuerte haz de voluntades y de buenos propósitos; sólo en conseguir y conservar unidad real, en una palabra, se halla el secreto del éxito, no logrado aun plenamente; que las altas cosas a buscar y los caminos para conseguirlas no son ni pueden ser  materia de meditación se hallan señaladas y concretadas en aquel Mensaje Presidencial del primero de septiembre de 1928, del jefe actual de la Revolución Mexicana, cada una de cuyas palabras, que serán todas realidades con sólo que lo queráis vosotros, acepto y respaldo yo y lego con mi testamento político a todos mis conciudadanos, a mis compañeros de Partido y muy especialmente a mis partidarios y amigos. Estos últimos los amigos y partidarios más fervientes, si lo fueron y lo son sinceros, renegaran de su partidarismo y amistad a mí si alguna vez se apartan con su conducta de las doctrinas y de la disciplina mencionada”. En esa forma cerraba la exposición de los motivos que lo llevaron a dejar el cargo.

El caso del ingeniero Ortiz Rubio es un ejemplo de lo que sucede cuando quien accede al poder lo hace sin contar con un equipo de trabajo comprometido con él. Gobernar no es amontonar personas, por más nombres rimbombantes y entorchados académicos que posean, y esperar que vayan a convertirse en sus colaboradores leales. Si provienen de grupos diversos, por una razón inherente a la naturaleza humana, van a ser más fieles a los orígenes de donde proceden. Aunado a ello, si existe un ex presidente de la altura que tenía el estadista Elías Calles Campuzano, los que venían de su entorno difícilmente iban a alejarse de él. Don Pascual no reunía las aptitudes que si tuvieron su antecesor, Emilio Portes Gil, y su sucesor, Abelardo Rodríguez Lujan, quienes poseyeron las capacidades políticas para gobernar aun cuando la sombra inmensa de don Plutarco estuviera presente.  Ello, sin embargo, no convierte al ingeniero de origen michoacano en un ser carente de capacidad intelectual, simplemente que sus conocimientos técnicos no iban acompañados de las habilidades políticas requeridas para ejercer el cargo de Presidente de la República. Una prueba de que Pascual Ortiz Rubio no andaba escaso de entendederas es que fue capaz de tomar la decisión de renunciar al cargo reconociendo que sus cualidades no eran suficientes para seguir al frente del país. Esto, demuestra que el apodo cactáceo que le endilgaron carecía de sustento. vimarisch53@hotmail.com

Añadido (26.43.138) Un discurso de excelencia fue pronunciado, el 7 de octubre pasado, por el secretario de estado, Marco Rubio García, en Atenas, Grecia. Es una lección de cómo nos es útil la historia para entender el pasado en el contexto del presente y, a partir de ahí, fincar el futuro. Se trata de uno de esos mensajes, muy escasos, en los cuales un político nos pone a pensar hacia dónde queremos ir como miembros de la civilización occidental. Lector amable, independientemente de cuál sea su perspectiva ideológica, le recomendamos su lectura. La pieza, se encuentra en la liga electrónica:

https://www.state.gov/releases/office-of-the-spokesman/2026/10/secretary-of-state-marco-rubio-remarks

Añadido (26.43.139) Al ver, el domingo anterior, las imágenes enfrente de la Casa Jalisco en Guadalajara no pudimos sino evocar con nostalgia tiempos idos. Recordamos que allá por la mitad de la década de los 1970’s, en las tardes, solíamos caminar por esos rumbos e invariablemente nos encontrábamos y recibíamos el saludo amable del gobernador de aquella entidad, Alberto Orozco Romero, a quien acompañaba una persona que, a leguas se notaba, no pertenecía a su equipo de seguridad. Nunca llegamos a imaginar que, en estos tiempos, el lugar habría de convertirse en un sitio de represión, mientras que el gobernador se escondía sin advertir el circo que le armaron.

Añadido (26.43.140) Vaya contraste de imágenes las que se percibieron el lunes y martes en España. El día 12, Pedrito el españolito era recibido, en Madrid, a punta de gritos recordándole sus orígenes que invocaban la, supuesta, profesión materna. El día 13, los habitantes de Ceuta tomaron las calles y se entregaron, en medio de vítores, al rey Felipe VI.

Añadido (26.43.141) Una prueba más del desprestigio en que está sumido el Premio Nobel de la Paz. A quienes lo otorgan, poco les importó que la sudafricana Navi Pillay fuera una antisemita rabiosa, una justificante del genocidio cometido por las bestias de Hamas y una partidaria de limitar la libertad de expresión para no incomodar a los musulmanes radicales.

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