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Columna de opinión

Teletón: la revolución de la inclusión

Luis Ramírez Baqueiro

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Luis Ramírez Baqueiro
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Astrolabio Político

Por: Luis Ramírez Baqueiro

“La verdadera medida de una sociedad se encuentra en cómo trata a sus miembros más vulnerables”. — Mahatma Gandhi.

 

Hay transformaciones sociales que no nacen de una revolución armada, de una reforma constitucional o de una decisión gubernamental. Algunas comienzan con algo aparentemente sencillo: reconocer la existencia de quienes durante décadas permanecieron invisibles ante los ojos de una sociedad acostumbrada a mirar hacia otro lado.

Eso ocurrió en México en 1997, cuando nació el Teletón, una iniciativa que, más allá de su propósito médico y asistencial, terminó por abrir una de las discusiones sociales más importantes de nuestra historia contemporánea: el derecho de las personas con discapacidad a ser vistas, escuchadas, respetadas e incorporadas plenamente a la vida nacional.

Durante generaciones, miles de niñas, niños y adultos con alguna discapacidad vivieron prácticamente confinados al espacio familiar. No porque carecieran de capacidades, aspiraciones o sueños, sino porque la sociedad mexicana había construido barreras físicas, culturales y emocionales que dificultaban su participación.

La discapacidad era vista frecuentemente desde la compasión, cuando debió entenderse desde la dignidad, los derechos y la igualdad de oportunidades.

El Teletón contribuyó a modificar esa percepción.

Lo que comenzó como una jornada nacional de recaudación, impulsada por la sociedad civil, los medios de comunicación y el sector empresarial, se convirtió progresivamente en una red de Centros de Rehabilitación e Inclusión Infantil Teletón (CRIT), capaces de ofrecer atención especializada, terapias físicas, acompañamiento psicológico y herramientas para mejorar la autonomía y calidad de vida de miles de personas.

Pero su aportación no puede medirse únicamente en instalaciones, equipos médicos, consultas o tratamientos.

Su verdadera trascendencia está también en las historias de familias que encontraron orientación donde antes había incertidumbre; de madres y padres que dejaron de enfrentar solos enormes desafíos; de niñas y niños que descubrieron nuevas posibilidades de desarrollo, y de personas que comenzaron a reclamar los espacios que legítimamente les corresponden.

Teletón hizo visibles a quienes durante demasiado tiempo habían permanecido invisibles.

Y esa visibilidad ayudó a transformar la conversación nacional.

Porque una sociedad que aprende a reconocer las necesidades de las personas con discapacidad comienza también a cuestionarse por qué otros sectores de la población han sido históricamente excluidos.

Ahí encontramos una reflexión todavía más profunda.

México ha avanzado, mediante procesos y luchas sociales diferentes, hacia el reconocimiento de los derechos de sus comunidades indígenas y afromexicanas, cuya presencia, aportación cultural e identidad durante siglos no recibieron el lugar que merecían dentro de las instituciones nacionales.

Las reformas constitucionales que reconocen sus derechos y su condición como sujetos colectivos representan conquistas históricas propias de esos pueblos. No son consecuencia directa del Teletón, pero forman parte de una transformación más amplia: comprender que la diversidad no constituye una debilidad nacional, sino una de nuestras mayores riquezas.

La inclusión dejó de ser solamente una expresión de buena voluntad para convertirse en una exigencia de justicia.

Y eso obliga también a una mirada crítica.

No basta con organizar campañas de recaudación, inaugurar edificios o pronunciar discursos emotivos. La verdadera inclusión exige escuelas accesibles, oportunidades laborales, transporte adecuado, atención médica permanente y políticas públicas que eliminen la discriminación.

Tampoco puede descansar exclusivamente en la generosidad ciudadana. El Estado tiene responsabilidades constitucionales irrenunciables, mientras que la sociedad civil y la iniciativa privada pueden contribuir a ampliar las oportunidades de atención.

En ese equilibrio radica una de las enseñanzas más importantes de casi tres décadas de Teletón: cuando sociedad, empresarios e instituciones públicas encuentran objetivos comunes, pueden construir soluciones que trascienden administraciones y diferencias políticas.

 

Hoy, en 2026, esa historia encuentra un nuevo capítulo en Veracruz.

La gobernadora Rocío Nahle García ha impulsado las gestiones para construir un nuevo Centro de Rehabilitación e Inclusión Infantil Teletón en Minatitlán, una obra proyectada para iniciar en el último trimestre de este año y concluir hacia finales de 2027. El proyecto contempla una meta de recaudación superior a los 426 millones de pesos y cuenta ya con terreno y decreto para avanzar en su realización.

Su importancia trasciende las fronteras municipales y estatales.

El sur de Veracruz, junto con regiones de Oaxaca, Tabasco y Chiapas, concentra comunidades que enfrentan enormes dificultades para acceder a servicios especializados de rehabilitación. Para muchas familias, recibir una terapia significa recorrer cientos de kilómetros, pagar transporte, alimentación y hospedaje, además de sacrificar jornadas laborales indispensables para su subsistencia.

La posibilidad de contar con un CRIT en Minatitlán representa, por tanto, mucho más que levantar un edificio.

Significa acercar oportunidades, disminuir barreras económicas y territoriales, y ofrecer a miles de familias una alternativa de atención integral que hoy resulta distante o prácticamente inaccesible.

En ese contexto, la decisión de la administración estatal de participar en el proyecto abre una oportunidad para fortalecer la colaboración entre el Gobierno de Veracruz, la Fundación Teletón, los empresarios y la ciudadanía. También plantea el compromiso de asegurar que las instalaciones cuenten con personal, equipamiento y recursos suficientes para funcionar de manera sostenible.

Porque construir un centro es importante, pero garantizar que sus puertas permanezcan abiertas y sus servicios sean accesibles resulta fundamental.

A casi 29 años de aquella primera jornada de 1997, México tiene razones para reconocer lo que el Teletón ha significado en la vida de numerosas familias, sin dejar de examinar los desafíos pendientes en materia de discapacidad, inclusión y atención pública.

Quizá su mayor legado no sea solamente haber contribuido a transformar vidas mediante la rehabilitación, sino haber ayudado a transformar la manera en que los mexicanos miramos a nuestros semejantes.

Nos enseñó que la discapacidad no disminuye la dignidad humana; que la solidaridad no debe limitarse a una fecha en el calendario y que una sociedad verdaderamente desarrollada no es aquella que presume grandes edificios, sino la que garantiza oportunidades para todos.

El CRIT de Minatitlán puede convertirse en una expresión concreta de esa evolución social.

Y acaso sea ésa la reflexión que debemos recuperar: el verdadero sentido del Teletón nunca estuvo solamente en alcanzar una meta económica, sino en comprender que nadie debería quedar excluido de la posibilidad de construir una vida plena.

Porque una sociedad que aprende a mirar a quienes antes ignoraba no solamente se vuelve más incluyente.

Se vuelve, sencillamente, más humana.

Al tiempo.

astrolabiopoliticomx@gmail.com
“X” antes Twitter: @LuisBaqueiro_mx

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