La Guerra de Independencia tuvo más visos de contienda civil que de extranjera. No pocos españoles o criollos lucharon en el bando insurgente, así como no fueron menos los mestizos que engrosaron las fuerzas del rey.
De ahí que con humor pero no sin faltar totalmente a la verdad, hay quienes afirman que la conquista la consumaron los indígenas y la independencia los españoles. El proyecto del primer imperio de 1821, fue efímero y más pronto que tarde sobrevino el caos, que no solo se tradujo en disputas internas, cuartelazos, guerras civiles y magnicidios, sino en agresiones extranjeras que pusieron a prueba a la joven nación.
En 1829, España intentó reconquistar su añorada posesión pero no lo logró, en consecuencia una corriente de hispanofobia corrió a lo largo y ancho del país, afortunadamente para todos, la reconciliación se selló casi siete años despues con la firma del Tratado de Santa María-Calatrava. Gestos posteriores de España en 1862 y 1910, refrendaron que entre ambas naciones, no existe otro camino que la concordia.
México a pesar de la inestabilidad que imperó en aquellos años, comenzó a bregar para abrirse paso entre el concierto de la naciones, desplegando una notable labor diplomática que se tradujo en refrendar los lazos fraternos con las estados sudamericanos y sellando el reconocimiento de naciones y potencias europeas.
De 1846 a 1848, los estadounidenses invadieron México y nos arrebataron la mitad del territorio, previamente promovieron la separación de Texas. Francia a su vez, bombardeo el heroico puerto de Veracruz en 1838 y para satisfacer las ambiciones imperiales de Napoleón III, volvio a la carga en diciembre de 1861.
A la Francia que invadió México, se le unieron mexicanos monárquicos y conservadores. Napoleón el pequeño, entonces quiso matar varios pájaros de un tiro imponiendo a un príncipe europeo en el trono mexicano. La elección recayó en el Archiduque Maximiliano de Habsburgo, hermano de Francisco José de Austria-Hungría y su esposa Carlota de Bélgica, hija de Leopoldo I, el “Néstor de los monarcas”. Maximiliano no gozaba del favor de su hermano, quien no lo consideraba a la altura de las circunstancias. En cambio Carlota, dueña de una inteligencia excepcional, era muy apreciada por su afamado padre.
La intervención francesa, no fue el desfile entre una lluvia de flores que los monárquicos mexicanos pintaron a la Emperatriz Eugenia de Montijo. Fue un guerra cruenta sin dar ni pedir cuartel. Francia contaba con una ejército y un equipo de primer orden, los mexicanos con la misión sagrada de defender el suelo patrio y la espina aun clavada de las jornadas de 1847 en Padierna, Churubusco, Molino del Rey y Chapultepec.
Los mexicanos lograron una vibrante victoria el 5 de mayo de 1862, pero los franceses retomaron la iniciativa y entraron a la Ciudad de México un año más tarde. Sin embargo, la resistencia nos cesó, Napoleón III ante el desgaste, las victorias mexicanas que surgieron a partir de 1866 y la amenaza de Estados Unidos y Prusia, ordenó al Mariscal Bazaine retirar a sus tropas en 1867. Maximiliano sin el apoyo francés marchó a Querétaro donde fue vencido el 15 mayo y fusilado tras un consejo de guerra que causó expectación mundial, el 19 de junio de ese mismo año.
Previamente, cuando Juárez peregrinaba por los desiertos del norte poniendo a salvo la dignidad de la República y la victoria mexicana aun no se vislumbraba, Maximiliano firmó su sentencia de muerte. Resulta que el 3 de octubre de 1865, azuzado por el Mariscal Bazaine firmó un draconiano decreto que condenaba a muerte en el acto y sin formación de causa a cualquier mexicano que fuera sorprendido con las armas en las manos. La medida más que inhibir la rebelión, derivó en toda clase de excesos, atrocidades e incluso venganzas personales. Los primeros a quienes se les aplicó el tambien llamado Decreto Negro fueron los generales republicanos Arteaga y Salazar, fusilados en Morelia por el jefe imperialista Ramón Méndez.
Cuando Maxiliano cayó derrotado, los imperialistas asumieron sus cruentos actos, Ramón Méndez muy querido por su emperador, fue fusilado sin formación de causa y el príncipe austriaco sometido junto con Miramón y Mejía a un Consejo de Guerra. El falló fue previsible y Maximiliano llegó al paredón al amanecer del 19 de junio de 1867. El fusilamiento se llevó a cabo a pesar de incontables peticiones de indulto y clemencia, incluyendo la de Víctor Hugo, quien en 1863 envio una emotiva misiva los defensores del sitio de Puebla afirmando: “No es Francia quien os hace la guerra ¡es el imperio!”
Juárez estuvo obligado a hacer cumplir la ley y consolidar la vocación de México como un estado soberano, la reconciliación y la concordia llegaron después con Don Porfirio. Al final Maximiliano, no representó a aquel príncipe desafortunado abandonado por su hermano y por Napoleón III, el romántico que cazaba mariposas y que según la leyenda, tuvo amores furtivos en Cuernavaca. Sino en cambio, a un hombre que apostó por sus ambiciones personales y perdió, pero que sobre todo, debió asumir los resultados de su sangrienta rúbrica del 3 de octubre de 1865.