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Columna de opinión

Francisco Garfias, el oficio de contar el poder

Eduardo Sadot

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Eduardo Sadot
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Eduardo Sadot

 

Hay periodistas que informan sobre el poder y otros que dedican su vida a observarlo, entenderlo y explicarlo. Francisco Garfias perteneció a esa generación de periodistas que hicieron del oficio una forma de vida, de la información una responsabilidad y de la columna política una ventana para asomarse a las entrañas de la vida pública mexicana. Su partida deja un vacío en el periodismo nacional, pero también una herencia que merece recordarse.

Durante décadas observó la política, siguió las disputas por el poder y conoció de cerca a muchos de sus protagonistas. Su columna Arsenal, en Excélsior, fue una expresión de ese oficio y una ventana desde la cual examinó gobiernos, partidos, legisladores y personajes de distintas épocas. Cambiaron los presidentes, se transformaron las fuerzas políticas y llegaron nuevas generaciones al poder, pero permaneció la necesidad de contar lo que sucedía y ofrecer al lector elementos para comprenderlo.

Sin embargo, quienes tuvimos la fortuna de conocer a Paco sabemos que detrás del periodista había también un ser humano generoso, capaz de ofrecer una palabra de aliento en los momentos difíciles, una sonrisa comprensiva y, en ocasiones, otra de resignación cuando compartíamos la observación de los malos políticos y sus recurrentes maneras de decepcionar a los ciudadanos. En nuestras conversaciones privadas compartió conmigo el dolor de ver a nuestra patria dañada por el resentimiento y la injusticia.

Había en esas conversaciones una preocupación que trascendía las diferencias políticas y los personajes de turno. Era la tristeza de quien observa cómo un país, con toda su historia, su riqueza humana y sus posibilidades, puede quedar atrapado en las divisiones, los agravios y las heridas que la política, lejos de contribuir a sanar, a veces profundiza. Esa dimensión personal de Paco es la que hoy cobra un significado especial.

Porque el periodista no solamente registra los acontecimientos; también los vive, los padece y, cuando conserva la sensibilidad necesaria, comprende que detrás de cada disputa por el poder hay un país y millones de personas cuyas esperanzas no deberían convertirse en moneda de cambio. El periodismo político exige conocer a los personajes, identificar sus intereses y distinguir entre lo que se dice públicamente y lo que realmente está en juego. Pero también demanda independencia, criterio y la disposición de mirar críticamente a cualquier gobierno, sin importar su signo.

La cercanía con el poder nunca debería sustituir la responsabilidad frente a los lectores. En tiempos en que la inmediatez amenaza con desplazar la verificación y las redes sociales confunden con frecuencia la opinión con la información, recordar a Francisco Garfias es también reflexionar sobre la importancia del oficio. La experiencia no se improvisa, la credibilidad no se decreta y la trayectoria se construye día a día, nota tras nota, columna tras columna. Hoy no despido solamente al periodista, al columnista de Arsenal ni al profesional que conoció los entresijos de la política mexicana.

Despido también al amigo que supo acompañar con una palabra, una sonrisa y una reflexión compartida esos momentos en que la realidad nacional parecía empeñada en confirmar nuestros peores temores. Paco, los gobiernos pasan, los políticos cambian y las circunstancias se transforman. Quedan, sin embargo, las palabras escritas, las convicciones que resistieron y el recuerdo de quienes, aun en medio de las decepciones, conservaron la capacidad de preocuparse por México. Descansa en paz, querido Paco. Gracias por tu amistad, por tu palabra de aliento y por compartir conmigo la preocupación y el dolor por nuestra patria.

sadot16@hotmail.com
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