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Columna de opinión

El precio de doblar las manos: la justicia mexicana exhibida en el mundo

Fred Alvarez Palafox

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Por Fred Alvarez Palafox

 

La noticia no admite matices: es un golpe devastador y vergonzoso para la cúpula oficialista del sistema de justicia en nuestro país. Con un aplastante 80% de los votos a favor, la Unión Internacional de Magistrados (UIM) —esa respetada organización global fundada en 1953 que agrupa a asociaciones de jueces de 92 países— acaba de expulsar de sus filas a la Comisión Nacional de Tribunales Superiores de Justicia de México (Conatrib).

¿El motivo? Su dócil, obsequioso y complaciente respaldo a la reforma judicial mexicana . Un acto de genuflexión que, a los ojos de la comunidad global de jueces, constituye una flagrante traición a los estándares internacionales sobre la independencia judicial.

¡Vergüenza les debería dar!

El principal rostro de este ridículo internacional tiene nombre y apellido: el magistrado Rafael Guerra Álvarez, quien preside la Conatrib y funge como titular del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México. Guerra acudió a la asamblea anual a intentar defender lo indefendible. Argumentó, con la tibieza de quien sabe que ha claudicado, que “prefería dialogar antes que enfrentarse”.

El veredicto del pleno no dejó margen de duda: 53 votos para echarlos y apenas 13 a favor de que se quedaran. Como documentó la periodista Elena San José en El País, el pobre papel de la delegación mexicana fue retratado de cuerpo entero por el juez argentino Marcello Gallo, secretario general del grupo iberoamericano de la UIM: “No se es un poquitito independiente y un poquitito, no. Se es, o no se es”. Y la Conatrib demostró al mundo que esa independencia la entregó hace mucho.

Quienes lideran este organismo apostaron por el aplauso efímero del oficialismo, doblaron las manos y hoy el mundo les pasa una factura histórica. La reforma judicial que avalaron no es un ejercicio democrático; es, en palabras de la propia UIM, una “destitución encubierta”. Borrar de un plumazo a la mitad de los juzgadores de carrera para ir a las urnas encendió las alarmas de la justicia global desde el primer día.

Guerra Alvarez, sin embargo, prefirió rendirse a la narrativa de la “transformación”. Un acto previsible en un magistrado que acumula su tercer y cuestionado mandato, siempre cobijado por el poder en turno. Hablamos del mismo personaje al que ni siquiera le alcanzó el promedio de 8.0 para ser candidato a la Suprema Corte. Cambió su deber como contrapeso por la comodidad de la sumisión política, avalando así un proyecto que pasó por encima de la autonomía judicial y vulneró el pacto federal.

El fallo de la UIM no es una anécdota menor ni un simple trámite burocrático; es una sanción sin precedentes que evidencia la miseria del oportunismo. Mientras la Conatrib es echada por la puerta de atrás, allana el camino para que la JUFED —la organización que agrupa a los jueces de carrera que sí han dado la batalla— ocupe el lugar que verdaderamente representa la resistencia judicial mexicana.

Las advertencias se hicieron desde el verano. La UIM los conminó a reconsiderar, pero la Conatrib de Guerra Álvarez prefirió mirar hacia otro lado. Hoy quedan exhibidos a nivel global como un actor que remató su autonomía al mejor postor político. Entregar la dignidad siempre tiene un precio, y hoy, a los ojos del mundo entero, se han convertido en los parias de la justicia.

Para la historia inmediata!

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