Columna de opinión
El precio de la claudicación: Morelos y el Estado arrodillado
Fred Alvarez Palafox
Por Fred Alvarez Palafox
Amanece en la región oriente de Morelos, pero el sol no logra disipar las sombras. Las calles de Cuautla, Tlayacapan, Yautepec, Yecapixtla y Totolapan despertaron mudas; sin el bullicio de los niños rumbo a la escuela, sin el motor de los transportistas de primera hora, sin el ruido metálico de los comercios abriendo sus cortinas. Huele a humo y a miedo. Y es que, cuando el Estado claudica, la vida cotidiana simplemente se paraliza.
La crisis que mantiene “secuestrada” a esta entrañable región morelense —bien documentada hoy por Verónica Bacaz y Benito Jiménez en Reforma y otros medios locales— no nació por generación espontánea. Tiene un pecado de origen, un error táctico y moral que hoy cobra una factura altísima: haber cedido ante el chantaje criminal.
Se entiende el instinto humano y político de “salvar vidas”, argumento utilizado para justificar la entrega de un líder criminal, conocido como “El Güero del Gym”, a cambio de tres agentes ministeriales. Pero la historia reciente nos dicta que arrodillarse ante el terror es un error letal. El “Culiacanazo” nos persigue como una maldición; sentó un precedente devastador que dejó a Sinaloa sumida en una crisis mucho peor a la de aquellos días. Arrodillarse allá fue el prólogo; claudicar hoy en Morelos es la trágica continuación.
Al ceder a esta amenaza extrema, las autoridades firmaron un cheque en blanco y enviaron un mensaje fulminante: el Estado mexicano puede ser doblegado.
Lejos de apaciguar al autodenominado grupo “Pueblos Unidos”, la rendición envalentonó sus estructuras y les dio luz verde. Hoy vemos, con impotencia, las represalias directas contra los transportistas, hombres de trabajo que, en un acto de valentía civil que el gobierno no tuvo, se negaron a participar en sus narcobloqueos. La respuesta del crimen fue brutal: quema de unidades y una violencia desbordada que logró inmovilizar por completo la vida pública.

Suspender clases, transporte y comercio es la prueba irrefutable de que quien dicta las reglas en esas calles ya no es el gobierno.
Escuchamos al Fiscal General de Morelos confirmar la operación de células vinculadas a cárteles nacionales y advertir sobre funcionarios coludidos. Anuncia, con el tono acartonado de la burocracia, el compromiso de recapturar a ese líder criminal.
Pero, seamos francos: ¿qué fuerza persuasiva puede tener la promesa de recapturar a quien el propio Estado ya tenía sometido y decidió entregar por pánico? Absolutamente ninguna.
Un Estado que no puede garantizar la tranquilidad de los suyos es un edificio en ruinas. El caso de Morelos ilustra trágicamente cómo la rendición táctica ante el crimen organizado, aunque pretenda resolver una crisis inmediata, se traduce inevitable e inexorablemente en una pérdida absoluta de autoridad. Al ceder el monopolio de la fuerza, el Estado abandona a la ciudadanía a su suerte y permite que la violencia escale hasta esta parálisis total.
Comparto mi colaboración mas amplia para la web La Silla Rota que dirige Roberto Rock..: “El Culiacanazo que no hemos exorcizado: pagar rescates con impunidad”
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