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Columna de opinión

Recordando al poeta Vinícius de Moraes (1913-1980)

Fred Alvarez Palafox

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Fred Alvarez Palafox
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Por Fred Alvarez Palafox

 

Marcus Vinicius da Cruz de Mello Moraes, nacido bajo la luz encendida de Río de Janeiro en 1913, habitó el mundo con la urgencia devota de quienes se saben de paso. Cuando un edema pulmonar apagó su aliento la mañana del 9 de julio de 1980, dejó tras de sí no un vacío, sino el rastro incendiado de una existencia exprimida hasta su última gota.

Llevado por su voracidad intelectual, estudió Literatura Inglesa en Oxford para adentrarse luego en los laberintos de la diplomacia. Sirvió como vicecónsul en Los Ángeles a finales de los años cuarenta, ocupó la segunda secretaría en el París convulso de los cincuenta y más tarde fue destinado a la embajada brasileña en Montevideo. En los sesenta regresó a la capital francesa como delegado ante la Unesco, pero el protocolo, con sus corbatas opresivas y sus trajes oscuros, jamás pudo contenerlo: la dictadura militar terminó por expulsarlo del servicio exterior, incapaz de tolerar a un espíritu que no entendía de solemnidades ni ataduras.

En verdad, su única patria legítima fue la noche. Bohemio incorregible, amante furioso y devoto del afecto, transitó por nueve matrimonios e incontables romances de madrugada. Para Vinícius, la creación era una ceremonia de compañía líquida; no por nada solía declarar que «el whisky es el mejor amigo del hombre: es un perro embotellado», trazando la arquitectura de sus versos con el vaso a ras de cuartilla y la nostalgia en el pecho.

Entendió la existencia como un acto de entrega total, amando con la prisa sutil de quien sabe que la eternidad no es para siempre… que también se acaba, «se nos acaba», al decir de Sabines.

“Amiga, infinitamente amiga
en algún lugar tu corazón late por mí
en algún lugar tus ojos se cierran al recordar los míos…”

En la piel de esa «amiga, infinitamente amiga» encontró al mismo tiempo la última cordura y el delirio más hondo; la certeza de un amor distante pero ardiendo en el recuerdo. Fue el bardo de la carne, del deseo sin velos y del abrazo furioso. Jamás temió exponerse desnudo ante el misterio de la pasión, entregando el cuerpo entero como un altar indomable:

“Mis ojos son espejos para tu deseo
Y mi pecho es tabla de suplicios
Ven. Mis músculos son dulces para tus dientes
Y áspera mi barba. Ven a sumergirte en mí
Como en el mar, a nadar en mí como en el mar
Ven, ahógate en mí, amiga mía
En mí como en el mar…”

 

Sin embargo, tras la marejada de sus pasiones, habitaba en él la sombra del cansancio y la lucidez del sabio que prefiere la luz lejana a la posesión que todo lo devora. Sabía renunciar al dominio físico para salvar el espíritu de lo amado, frenando el ansia «porque nada te podré dar sino la pena de verme eternamente exhausto».

No buscaba adueñarse de nada ni de nadie; le bastaba la huella invisible, reconocer que «en mi gesto está tu gesto y en mi voz tu voz», eligiendo contemplar el milagro desde la distancia sagrada del alma: «no quiero tenerte porque en mi ser todo estará terminado. Sólo quiero que surjas en mí».

De esa alquimia inusual entre la diplomacia perdida, la poesía lírica y el bendito alcohol -guisqui- nació una auténtica revolución sonora. Junto a Antônio Carlos Jobim y otros aliados de la penumbra, Vinicius de Moraes dio vida a la bossa nova. De esa misma sensibilidad —sutil, ligera y deslumbrante— brotaron en 1962 los versos de «Garota de Ipanema», el himno eterno que transformó el andar cotidiano de una musa carioca en un suspiro universal e inalcanzable.

“Mira qué cosa más linda
más llena de gracia
es esa muchacha que viene y que pasa
con su balanceo
camino del mar
Niña de cuerpo dorado del sol de Ipanema
con su balanceo, es todo un poema
la chica más linda que he visto pasar..”

La interpretación más célebre y emblemática de «Garota de Ipanema» nació entre marzo de 1963 y 1964, de la mano de Astrud Gilberto, el saxofonista Stan Getz y el guitarrista y cantante João Gilberto. Fue esta grabación la que transformó una melodía carioca en un fenómeno de alcance global, coronado en 1965 con el premio Grammy a la Grabación del Año.

La canción no solo catapultó la bossa nova a los escenarios del mundo, sino que inmortalizó la voz de Astrud Gilberto. Con apenas 22 años y sin experiencia previa en un estudio de grabación, la joven brasileña prestó su frescura melancólica para dar vida a un clásico eterno. Deo gratias:

PD: Un video dedicado a él hace años…

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