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Columna de opinión

La ambición que se nos fue

Juan Luis Parra

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Juan Luis Parra

 

Porfirio Díaz quiso construir un Palacio Legislativo que estuviera a la altura de las grandes capitales del mundo. México terminó levantando un monumento sobre lo que quedó de aquel proyecto, y lo dedicó precisamente a la Revolución que interrumpió su construcción. Hay algo profundamente mexicano en esa ironía: convertir una obra inconclusa en motivo de orgullo nacional y dedicarle ceremonias a la ruptura de un proyecto que, con todas sus contradicciones, pretendía modernizar el país.

Basta comparar los planos originales con el actual Monumento a la Revolución para entender la diferencia entre dos maneras de imaginar México. El Palacio Legislativo proyectado durante el Porfiriato era una declaración de ambición. Su arquitectura monumental hablaba de un país que buscaba reconocimiento internacional, que construía ferrocarriles, desarrollaba infraestructura y pretendía competir con las potencias de su época. El monumento que heredamos cuenta otra historia, la de una revolución que prometió justicia y transformación, pero que también dio origen a un sistema político extraordinariamente hábil para convertir el poder en patrimonio de quienes lo ejercen.

La historia oficial nos acostumbró a interpretar aquel periodo como una lucha entre un dictador y un pueblo que finalmente conquistó su libertad. La realidad fue bastante más compleja. El régimen de Díaz tuvo autoritarismo, represión y profundas desigualdades; también produjo avances cuya importancia resulta difícil negar. La Revolución respondió a conflictos reales, pero sus consecuencias tampoco pueden reducirse a los ideales que proclamaron sus protagonistas. Entre las promesas de democracia y justicia social surgieron nuevas disputas por el poder, caudillos militares y, finalmente, una estructura política que convirtió la permanencia en el gobierno en una de sus principales habilidades.

Lo que me parece más interesante es cómo esa herencia terminó normalizándose. El México posrevolucionario construyó instituciones, amplió servicios y desarrolló infraestructura, pero también consolidó redes de lealtad, privilegios y enriquecimiento vinculadas al poder público. Para demasiados políticos, gobernar dejó de ser únicamente una responsabilidad y se convirtió en una oportunidad de asegurar el futuro económico de sus familias y allegados. Cambiaron los apellidos, los partidos y los discursos; la tentación de utilizar el Estado como patrimonio privado encontró maneras de sobrevivir.

 

Más de un siglo después, seguimos pagando las consecuencias de instituciones que con demasiada frecuencia funcionan mejor para administrar intereses políticos que para resolver problemas públicos. Los transportistas protestan por la inseguridad en las carreteras, los pacientes siguen enfrentando dificultades para conseguir determinados medicamentos y buena parte de la clase política ya dedica sus esfuerzos a calcular candidaturas y alianzas rumbo a 2027. No todos esos problemas nacieron en 1910, por supuesto, pero permiten observar una contradicción persistente: somos capaces de organizar enormes disputas por el control del gobierno y mucho menos eficaces para garantizar algunos de los servicios más elementales que justifican su existencia.

Tampoco creo que la respuesta consista en buscar otro Porfirio Díaz. La concentración del poder fue precisamente una de las debilidades que terminaron por destruir su proyecto. La pregunta que vale la pena hacerse es por qué hemos sido incapaces de conservar una ambición de desarrollo que sobreviva a los hombres que gobiernan. México necesita instituciones que construyan, mantengan y protejan, no una sucesión interminable de grupos políticos empeñados en presentar cada cambio de administración como el nacimiento de una nueva patria.

Por eso me resulta tan incómodo mirar lo que pudo ser el Palacio Legislativo y compararlo con el monumento que tenemos. No sabemos qué México habría surgido sin la Revolución, pero sí sabemos lo que vino después: generaciones de políticos sin la suficiente ambición. Llevamos más de cien años celebrando aquella Revolución y escuchando promesas de que ahora sí vendrá un México mejor. Mientras tanto, seguimos mirando los restos de lo que alguna vez quisimos construir.

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