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Columna de opinión

Mario Puga

Roberto Abe Camil

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Roberto Abe Camil
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La Ciudad de México es un crisol donde se funden las orgullosas raíces del Anáhuac que en 1521 estuvo en el cenit de su esplendor, y de la España que imbatible cruzó el Atlántico trás la capitulación del sultán Boabdil y el reino Nazarí en enero de 1492. Los Mexicas siguiendo los designios de Huitzilopochtli, Dios de la guerra y figura principal en su cosmovisión, fundaron en 1325 sobre un islote en el lago, la ciudad de Tenochtitlan que sin temor a exagerar, llegó a ser la urbe principal del nuevo mundo y en palabras de los propios conquistadores, superó a las principales metrópolis de Europa.

El 8 de noviembre de 1519, Cortés se encontró con Moctezuma Xocoyotzin en el paraje de Huitzilin, donde hoy se yerguen el Hospital de Jesús y el templo de Jesús Nazareno, que alberga en uno de los muros laterales los restos del Capitán General. El extremeño fue recibido con sus tropas combinadas de españoles y tlaxcaltecas, como huésped en las casas viejas de Axayacatl, padre de Moctezuma. Casi de inmediato y en un golpe de suerte, apresó al Tlatoani y a sus señores principales, todo marchaba conforme a sus planes, cuando en mayo de 1520 debió de salir de la ciudad a combatir a Pánfilo de Narváez, que venía a apresarlo por órdenes de Diego Velázquez, su acérrimo enemigo y gobernador de Cuba.

Mientras Cortés reducía a sus oponentes hispanos y engrosaba sus fuerzas con los hombres de Narváez, el cruento Pedro de Alvarado a quien los nativos apodaron Tonatiuh, por sus cabellos rubios que asemejaban al sol, estuvo a punto de arrojar por la borda la intención española de someter al imperio Mexica. Resulta que Tonatiuh a cargo de la guarnición de Tenochtitlan, ordenó a sus tropas el 22 de mayo de 1520, masacrar a la élite de los guerreros mexicas que semi desnudos y desarmados, celebraban en el Templo Mayor la festividad del Tóxcatl, alusiva a la temporada de lluvias y el fin del ciclo agrícola.

La matanza del Tóxcatl confirmó a los mexicas las intenciones de los conquistadores y comenzó entonces una guerra sin dar ni pedir cuartel que desembocó en el asesinato de Moctuzema y la victoria mexica de la Noche Triste el 30 de junio de 1520. A Moctezuma lo sucedieron dos tlatoques: Cuitláhuac, vencedor en la Noche Triste y Cuauhtémoc, el joven abuelo. Cuauhtémoc también conocido como el águila que se abate, fue quien tuvo la grave tarea de rendir a su imperio el 13 de agosto de 1521, en medio de una tarde lluviosa en Tepito, que pertenecía a Tlatelolco, ciudad hermana de Tenochtitlán y epicentro comercial del imperio. Don Jaime Torres Bodet resumió aquella jornada afirmando que no fue triunfo ni derrota, sino el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy.

Es a partir de la grave efeméride donde se robustece la memoria de Mario Puga, amigo entrañable. Puga fue antropólogo social, activista comunitario y defensor de Derechos Humanos. Originario del barrio de Tepito y también fotógrafo de oficio, incursionó en el cine y la literatura. Como un referente de luchas sociales y genuinos movimientos populares formó parte del consejo redactor de los Derechos de la Ciudad, que dio origen a la Constitución de la Ciudad de México. Firme convencido de que la semilla de las mejores causas de la sociedad se debe sembrar en la infancia, conformó a los “Fotógrafitos de Tepito”, al momento de su muerte se encontraba al frente del Pilares del histórico barrio.

Puga fue un nacionalista sin poses, orgulloso del México mestizo y de la figura estoica de Cuauhtémoc, a quien se siempre se refirió con afecto como el jovén abuelo, fue también un amigo del Ejército Mexicano. Pugnó por estrechar la fraternidad cívico-militar en su barrio y porque los menores de Tepito, particularmente las niñas, encontrarán en la carrera de las armas, no solo un referente de identidad, sino una alternativa de vida.

De cinco años a la fecha, a partir del Espacio Cultural Tepito que también fundó y en alianza con la Dirección General de Archivo e Historia de DEFENSA, con el General Brigadier Retirado David Moreno Cruz, Federico Acosta y Ruiz Peinado, descendiente de Tlatoani Moctezuma Xocoyotzin y el Consejo de la Crónica que preside el abogado y académico Román Sánchez Ferńandez, gestionó cada 13 de agosto los honores militares que se han añadido a la conmemoración popular al joven abuelo, en la esquina que conforman las calles de Constancia y Santa Lucía en Tepito, sitio donde Cuauhtémoc fue entregado como prisionero a Cortés en 1521.

Mario se desplazaba habitualmente por las calles de Tepito en una motocicleta eléctrica, el sábado pasado fue embestido por un auto conducido por criminales que huían a toda velocidad de la policía, murió en el sitio. Ojalá el crimen no quede impune, tiene esa asignatura Clara Brugada, Jefa de Gobierno de la Ciudad de México. Hoy a sus amigos nos queda el dolor de su partida, pero sobre todo, el firme compromiso de continuar con su legado y bregar por la memoria histórica y la crónica de la ciudad. No se puede entender la trayectoria Puga, sin la presencia de su esposa Lolita y de sus hijas Mali e Iedany, magníficas promotoras culturales, a ellas mi condolencias, solidaridad y cariño. Descanse en paz el querido y admirado Mario Puga,

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