Publicidad
← Portada

Columna de opinión

Los principios se cobran aparte

Juan Luis Parra

9 visitas
Publicidad

Juan Luis Parra

 

En Sonora, la defensa de la patria, la familia y la libertad se ha complicado por un asunto bastante terrenal: quién se queda con la candidatura a la alcaldía de Hermosillo. El PAN y el PRI quieren construir una alianza para las elecciones de 2027, pero llevan días discutiendo a quién le corresponde encabezarla en la capital. La disputa tiene algo de comedia involuntaria, porque ninguno de los dos partidos tiene asegurado el triunfo y ambos negocian como si estuvieran repartiendo propiedades familiares. Lo interesante es que esta pequeña pelea sonorense explica bastante bien uno de los grandes problemas de la política mexicana: nuestros partidos pueden cambiar de aliados, de discurso y hasta de principios, pero difícilmente renuncian a una candidatura.

Lupita Soto Holguín, dirigente estatal del PRI, sostiene que Hermosillo debe corresponder a un priista si el PAN encabeza la candidatura a la gubernatura. La respuesta llegó de Celina Aldana, presidenta panista en Sonora, quien reunió a sus aspirantes y prometió que no firmaría cheques en blanco. “Nos vamos a fajar y no nos vamos a rajar”, advirtió. La frase tiene el entusiasmo de una declaración de guerra, aunque el enemigo, por ahora, sea el partido con el que pretenden compartir las boletas. Aldana también aseguró que respaldará a los panistas que prefieran competir solos en sus municipios. Una alianza en la que ambos socios amenazan con abandonarse antes de ponerse de acuerdo tiene, cuando menos, un problema de confianza.

Para entender el pleito hay que recordar que Hermosillo es la capital de Sonora y actualmente la gobierna “Toño” Astiazarán, quien llegó al cargo respaldado por una coalición encabezada por PAN y PRI. Ahora su nombre aparece entre los posibles aspirantes a gobernador, de modo que la sucesión municipal se convirtió en una moneda importante para negociar la siguiente elección. El PAN considera que tiene una estructura que defender y el PRI recuerda que también aportó votos. Los dos argumentos tienen sentido desde sus intereses partidistas. Lo que resulta menos razonable es actuar como si los votos que recibieron juntos hubieran quedado registrados como patrimonio de sus dirigencias. Los ciudadanos eligen gobiernos, aunque los políticos parezcan convencidos de que están otorgando derechos de propiedad.
La contradicción adquiere otra dimensión cuando miramos hacia la dirigencia nacional del PAN. En octubre de 2025, Jorge Romero anunció que su partido comenzaría una nueva etapa sin depender de alianzas. Era una manera de recuperar una identidad que terminó bastante confundida después de tantos años de combatir al PRI para finalmente compartir candidatos con él. Pero las convicciones duraron menos que el entusiasmo del anuncio. Un año después, Romero reconoció que habrá lugares donde volverán a competir juntos. No es que negociar alianzas sea ilegítimo, ni que los partidos deban mantenerse enemistados para siempre. Lo curioso es la facilidad con que una decisión presentada como asunto de principios termina convertida en un problema de aritmética electoral.

Tampoco es una costumbre exclusiva del PAN y el PRI. Morena negocia con el Verde y el PT espacios, candidaturas y posiciones legislativas, mientras sus aliados recuerdan periódicamente que la lealtad también tiene condiciones. Movimiento Ciudadano, por su parte, busca crecer incorporando figuras que antes militaron en los partidos tradicionales. Todos hablan de proyectos, renovación y compromiso con la ciudadanía, aunque en las negociaciones suelen pesar más las estructuras territoriales, los presupuestos y las posibilidades de ganar. La política mexicana ha desarrollado una notable capacidad para presentar sus acuerdos de conveniencia como grandes coincidencias ideológicas. Y cuando dejan de convenir, los principios vuelven a aparecer para justificar la ruptura.

Lo que casi nunca entra con la misma urgencia en esas discusiones es el gobierno que recibirían los ciudadanos. En Hermosillo hay asuntos bastante más importantes que el origen partidista del próximo candidato: el agua, el crecimiento desordenado, la movilidad y los servicios municipales. Sería interesante escuchar qué proponen juntos el PAN y el PRI para enfrentar esos problemas, o qué diferencias de fondo los obligarían a competir separados. Pero hasta ahora sabemos mucho más sobre lo que sus dirigentes exigen para aceptar una alianza que sobre lo que estarían dispuestos a hacer por la ciudad. Parece que las propuestas pueden esperar hasta la campaña; las candidaturas, en cambio, necesitan resolverse cuanto antes.

Lo ocurrido en Sonora debería servir para entender por qué tantos mexicanos han dejado de creer en los partidos, incluso cuando siguen votando por ellos. El PAN y el PRI, que durante décadas se presentaron como adversarios irreconciliables, ahora discuten quién merece quedarse con la candidatura de una ciudad que ninguno puede reclamar como propia. Y mientras sus dirigentes hablan de defender principios, sus verdaderas diferencias aparecen cuando llega el momento de repartir posiciones. Después vendrán los discursos sobre la patria, la democracia y el futuro. Los principios, como siempre, se cobran aparte.

Publicidad

Más columnas de Juan Luis Parra