Columna de opinión
La camisa de López Materos
Alberto Carbot
El guardarropa privado de un presidente
Una prenda de seda parisina, la memoria de Gabriel Castillo Muciño, asistente presidencial de Adolfo López Mateos y su esposa Eva Sámano Bishop, así como las fotos de Antonio Caballero, cierran un pequeño círculo de mi historia personal
Alberto Carbot
La camisa de seda que Gabriel Castillo Muciño puso en mis manos había pertenecido a Adolfo López Mateos. Conservaba la etiqueta de la casa que la confeccionó y las iniciales bordadas del presidente. Décadas después de su muerte, aquella prenda seguía bajo el cuidado de un hombre que había trabajado muy cerca de él y de su esposa, doña Eva Sámano.
La vimos en el departamento de Gabriel Castillo Muciño, al sur de la ciudad. Entre muebles de distintas épocas, fotografías y recuerdos, la camisa formaba parte de las pertenencias que Gabriel había conservado durante años. La guardaba en su casa, donde podía mostrárnosla y contarnos su historia.
Gabriel nos la mostró con naturalidad, como quien abre un cajón del pasado; no hubo ceremonia ni presentación solemne. Simplemente nos dijo que era una camisa del señor presidente.
Conmigo estaba Antonio Caballero, amigo entrañable y uno de los fotógrafos más importantes de este país. Él fue quien tomó las imágenes de ese momento. Habíamos llegado juntos al departamento de Gabriel y fue allí donde la historia de aquella camisa volvió a tomar cuerpo.
La prenda apareció colgada en un gancho de ropa; su tela tenía un brillo suave, casi contenido. Su color marfileño oscilaba entre el crema y el champaña; el tiempo parecía haberle dado un tono más cálido.

Al observarla con mayor atención se percibía que la seda no era lisa. Bajo la luz surgía un dibujo discreto, tejido en la propia trama de la tela. Parecía un jacquard fino, con motivos que apenas se distinguían al mirarla de frente y se hacían visibles al cambiar la luz.
El jacquard es un tejido en el que el dibujo no se imprime sobre la tela, sino que se forma directamente al entrelazar los hilos durante el tejido. Se llama así en honor del francés Joseph Marie Jacquard, quien perfeccionó el mecanismo que permitió producir esos diseños en el telar. A comienzos del siglo XIX, desarrolló un dispositivo que utilizaba tarjetas perforadas para controlar la elevación de los hilos de la urdimbre. Gracias a ese mecanismo se podían tejer dibujos complejos directamente en la tela, sin necesidad de bordarlos después. En sedas finas, como las usadas en camisería de lujo, produce motivos muy sutiles —geométricos o florales—, que sólo se revelan cuando la luz se desliza sobre la superficie de la tela.
En el interior del cuello se leía la etiqueta de A. Sulka & Company, la casa establecida en el 2, rue de Castiglione, París. Debajo aparecían otras ciudades: London, Chicago, New York, Palm Beach. Y una precisión definitiva sobre la materia de la prenda: Pure soie naturelle (seda pura natural).
Sulka no fue una camisería cualquiera. Durante décadas vistió a diplomáticos, aristócratas, empresarios y actores. Entre sus especialidades estaba la confección de camisas a medida, con cuellos, puños y proporciones que podían ajustarse a las preferencias y a las medidas de cada cliente.
Aquella camisa pertenecía a ese universo.
El detalle más revelador se hallaba bordado en el pecho. Era un monograma que mostraba una “A” cuadrada seguida de una “L” del mismo estilo, y debajo, centrada, una “M” manuscrita. Tres letras bastaban para nombrar a un hombre: Adolfo López Mateos.

El guardarropa de San Jerónimo
La camisa está aún en posesión de Gabriel, quien trabajó durante años muy cerca del presidente y especialmente al servicio de su esposa, doña Eva Sámano Bishop de López Mateos. Y él no habla de aquellos años como quien repite una anécdota política, sino como quien recuerda la vida cotidiana de una casa: las camisas preparadas para una gira, los cigarros Delicados, las visitas, los autos, los detalles domésticos que rara vez aparecen en los archivos oficiales.
En la residencia de San Jerónimo, donde vivía el presidente —porque López Mateos nunca quiso abandonar su casa para instalarse en Los Pinos—, esa ropa formaba parte de un pequeño ritual diario. Había que tener las camisas listas para una reunión, para un viaje o para una salida informal.
López Mateos tenía fama de hombre elegante. Vestía bien con naturalidad, con esa atención al corte, a las telas y a los detalles que se advierte cuando alguien sabe elegir su ropa.
Una camisa Sulka de seda encaja en ese retrato. Por su textura y su caída, yo la imaginaba en las giras o las estancias en clima templado, durante el descanso o en una conversación tranquila lejos del protocolo.
Existe además una historia que acompaña a la prenda. Gabriel ha mencionado que esta podría haber formado parte de un selecto lote de camisas obsequiadas al presidente por el millonario francés Alex Berger, esposo de María Félix.
En el ambiente cosmopolita de los años sesenta, un regalo así no tenía nada de extraordinario. Las grandes camiserías europeas solían confeccionar varias piezas iguales para un mismo cliente, todas con su monograma.
La camisa que tenía frente a mí habría nacido en París para terminar su viaje en el guardarropa selecto de un presidente mexicano. Gabriel la sostuvo un momento antes de entregármela. Había en su gesto una mezcla de costumbre y afecto, como si sus manos repitieran un movimiento aprendido décadas atrás.

Frente a la cámara de Caballero
Me quité la chamarra, desabroché mis mancuernillas y dejé mi camisa sobre el respaldo de un sillón. Entonces me la puse.
Las prendas hechas a medida se reconocen de inmediato. Los hombros, el cuello, la caída de las mangas responden a un cuerpo concreto. En una camisa así, cada una de esas proporciones corresponde a la persona para la que se confeccionó.
Antonio Caballero observaba la escena con la serenidad de quien ha pasado toda una vida detrás de la cámara. Hoy tiene 86 años —un año menos que Gabriel, quien celebró su cumpleaños el pasado 4 de marzo—, y cuando Adolfo López Mateos era presidente, él era apenas un fotógrafo muy joven que comenzaba a destacar. Ya entonces estuvo presente en varios actos públicos del sexenio, registrando con su lente episodios de aquella época; y presume de la relación paternal que López Mateos mantuvo con él.
Levantó su iPhone con la calma que da la experiencia y empezó a disparar.
Antonio había fotografiado al presidente décadas atrás, en plazas, ceremonias y giras oficiales. Ahora volvía a ocuparse de una prenda de su guardarropa, esta vez en el departamento del hombre que la había conservado. La camisa lo acercaba a una etapa de su propio trabajo.

La cámara fijaba en una imagen la coincidencia de dos tiempos que se tocaban.
En sus fotografías aparezco yo con la camisa que había permanecido guardada durante décadas, después de la muerte del presidente, el 22 de septiembre de 1969. Pero la imagen no me pertenece sólo a mí. Pertenece también a Gabriel Castillo Muciño, quien la conservó; a Antonio Caballero, que quizá había visto al presidente en los años en que esa camisa formaba parte de su vida; y al propio López Mateos, cuya presencia vuelve a insinuarse en la tela, en el monograma y en la memoria de quienes lo conocieron.
Las camisas, como ciertos libros o ciertos relojes, sobreviven a quienes las usaron. Permanecen como objetos personales que permiten acercarse a una vida desde sus detalles cotidianos.
Aquella seda color marfil, con su dibujo que parecía un jacquard fino y sus iniciales bordadas, había atravesado décadas de silencio para reaparecer en un departamento del sur de la ciudad.

Cuando terminé la sesión, devolví la camisa a Gabriel, quien la colocó en el gancho con cuidado, con esa precisión tranquila que sólo se aprende cuando un gesto ha sido repetido durante años.
Por un momento tuve la impresión de que el tiempo obedecía a ese movimiento. Como si la camisa regresara a su sitio en el guardarropa del presidente. Y en ese instante comprendí que aquella prenda valía mucho más que su seda y su etiqueta parisina.
Valía porque aún conservaba, entre sus costuras, una parte viva de la historia de Adolfo López Mateos, un presidente a quien admiré, como a John F. Kennedy, por su avasallador carisma, su personalidad y su elegancia discreta para vestir. También porque —cosas de la vida—, su esposa, Doña Eva Sámano, fue el primer personaje que entrevisté en 1976, con quien debuté profesionalmente en el periodismo. Y era como si, al ponerme aquella histórica prenda de Sulka, el destino hubiera querido cerrar un pequeño círculo entre esos personajes legendarios que habitan desde entonces mi biblioteca personal, esa memoria íntima donde los libros, las historias y las personas terminan siempre por encontrarse.

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