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Columna de opinión

¡Miedooo!

Magno Garcimarrero Ochoa

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Magno Garcimarrero
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Magno Garcimarrero

 

A los viejos de ahora nos tocó que nos educaran nuestros padres quienes fueron nacidos y educados a finales del siglo antepasado y principios del anterior.

La educación entonces se fundaba en el miedo, ellos a su vez nos asustaban para que obedeciéramos; ese método lo habían aprendido porque la enseñanza no era laica sino doctrinaria, fanática y lo peor, dogmática: había que aceptar sin cuestionar; así nuestras madres y abuelas nos describían un mundo fantasmal de cielo, infierno, almas ambulantes que buscaban descanso, aparecidos, ángeles, demonios y otros muchos seres sobrenaturales que nos atemorizaban y que, con un poco de imaginación creíamos ver, oír y, en ocasiones hasta oler a azufre o tocar sus manos frías o peludas. Del miedo al terror, del terror al desmayo y del desmayo al aflojamiento de esfínteres, no había mucha distancia. Ya era aventajado aquel que conservaba fuerza para correr despavorido, sintiendo la persecución de pasos fantasmales.

Las abuelas inventaban tonterías que creíamos: “No te duermas con el chicle en la boca porque se te volverá hueso de muerto”. “No te mires al espejo en medio de la oscuridad, porque te verás descarnado como calavera”. “Ya duérmete porque si no, no llegarán los Santos Reyes”. “A dormir porque no tarda en aparecerse la cochina con zuecos”. “La Paparrasolla se lleva a los niños desobedientes”.

La llorona, chaneques, duendes, perros negros con largos colmillos y ojos llameantes, apariciones espeluznantes poblaban nuestra imaginación de niños aterrorizados; y no sólo los niños creíamos todas esas consejas, mujeres y hombres adultos y supuestamente estudiados, aún con dudas tomaban con reserva esa supuesta existencia de un inframundo al que se podía tener acceso por medio de alguna persona que se le conocía como “Medium”, o máquinas mágicas como la famosa Ouija: antecedente esotérico de la telefonía celular con línea directa al más allá, con la que se podía “chatear” con nuestros antepasados muertos, aunque no faltaba a veces la interferencia de espíritus chocarreros.

Con este bagaje cultural, a los latinoamericanos no debiera parecernos extraordinarias las narraciones que hace Gabriel García Márquez en su libro “Cien Años de Soledad” ni los de Juan Rulfo en su libro “Pedro Páramo”, porque son parte de un mundo fantasmal que nos dieron por cierto nuestros padres para educarnos a base de miedos.

La celebración de los “fieles difuntos” es una muy bella costumbre; forma parte de nuestro patrimonio cultural; nos permite recordar a nuestros seres queridos que han dejado de estar entre nosotros.

Pero yo dudo que vuelvan a comer pan de huevo y a tomar tequila con limón… Y si vinieren, que sepan que ya no me dan miedo.

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