Columna de opinión
Las falsas alarmas de una catástrofe inminente
Alberto Carbot
EL APOCALIPSIS EN LA ALACENA
Una cadena que circula en las redes sociales exige almacenar víveres para sobrevivir hasta 90 días. El mensaje aprovecha recomendaciones auténticas de protección civil, les atribuye una urgencia que nadie acredita y convierte una medida preventiva en motivo de alarma colectiva.
Alberto Carbot
Bastó que varios gobiernos recomendaran a sus ciudadanos mantener reservas de agua y alimentos para que comenzaran a circular versiones sobre una presunta catástrofe mundial. La alarma ha ido creciendo hasta desembocar en un mensaje que, con fecha del 1 de noviembre de 2026, exhorta a las familias a almacenar provisiones para 30 días y, si sus posibilidades lo permiten, hasta para tres meses.
La advertencia tiene el tono de una comunicación de emergencia, pero omite identificar a la autoridad que supuestamente la respalda. Tampoco precisa qué acontecimiento justificaría semejantes preparativos. Aun así, se comparte como si procediera de algún organismo gubernamental que hubiera decidido alertar discretamente a la población.
La cadena contiene una extensa relación de artículos de primera necesidad como agua potable, alimentos no perecederos, medicamentos, lámparas, radios, documentos personales, botiquines de primeros auxilios y otros suministros. La mayoría figura desde hace años en los manuales de protección civil de numerosos países. Su inclusión resulta razonable, aunque el mensaje introduce un elemento que cambia por completo el significado de esas recomendaciones, porque les atribuye una urgencia extraordinaria y propone reservas para periodos considerablemente mayores que los contemplados en las disposiciones oficiales examinadas.
Lo preocupante es la facilidad con que una recomendación legítima puede convertirse en una supuesta señal de acontecimientos catastróficos. La información original es verdadera, pero la interpretación alarmista carece de pruebas, y cuando ambas circulan mezcladas, el lector recibe una versión que parece fundada porque contiene datos auténticos, aunque las conclusiones que pretende sugerir jamás hayan sido demostradas.
El origen de una advertencia desfigurada
El 26 de marzo de 2025, la Comisión Europea presentó su Estrategia de Preparación de la Unión, destinada a fortalecer la capacidad de respuesta de sus Estados miembros frente a situaciones de emergencia y entre sus disposiciones figura la elaboración de directrices para que los ciudadanos puedan subsistir durante un mínimo de 72 horas sin depender de asistencia inmediata (documento oficial de la Comisión Europea). La estrategia comprende fenómenos naturales, interrupciones de servicios esenciales, amenazas informáticas y situaciones de seguridad que podrían afectar el funcionamiento de la sociedad; su contenido es público y puede consultarse en los documentos oficiales de la propia Comisión.
Ciertamente Europa atraviesa un periodo de tensiones geopolíticas particularmente especiales y la guerra en Ucrania ha obligado a sus gobiernos a revisar estrategias de seguridad y defensa. Desconocer ese contexto equivaldría a ignorar una parte importante de las preocupaciones europeas, pero reconocer la existencia de riesgos militares no autoriza a presentar cualquier disposición de protección civil como una advertencia encubierta de guerra. Desde la Segunda Guerra Mundial los gobiernos elaboran planes frente a contingencias que podrían ocurrir, aunque la existencia de esos planes no demuestra que conozcan anticipadamente cuándo se producirá alguna de ellas.
Japón constituye otro ejemplo de cómo una recomendación legítima puede adquirir un significado engañoso cuando se le despoja de sus antecedentes. Desde hace años, las autoridades japonesas aconsejan mantener alimentos y agua suficientes para un mínimo de tres días, preferentemente una semana (Ministerio de Agricultura de Japón, guía oficial de reservas alimentarias). La razón está relacionada con su exposición a terremotos, tsunamis y tifones que pueden interrumpir las comunicaciones y el abastecimiento de regiones enteras. Las autoridades japonesas conocen, por experiencias particularmente dolorosas, las consecuencias que puede tener la falta de suministros durante las primeras jornadas posteriores a un desastre, pero de ahí vincular automáticamente esas recomendaciones con una amenaza militar, constituye una interpretación ajena al propósito de las guías consultadas.
Francia también mantiene instrucciones oficiales para preparar un equipo doméstico de emergencia que permita subsistir durante las primeras 72 horas de una contingencia. El Ministerio de Transición Ecológica publicó su guía el 12 de agosto de 2024 y la actualizó el pasado 25 de septiembre de este año. El documento contempla interrupciones del suministro eléctrico, de gas y de agua potable, así como dificultades de circulación posteriores a un desastre. Recomienda contar con provisiones y artículos esenciales mientras llegan los servicios de auxilio o ante la necesidad de abandonar precipitadamente la vivienda (Gobierno de Francia, guía oficial para preparar un equipo de emergencia de 72 horas). Sin embargo, una recomendación publicada más de dos años atrás difícilmente puede presentarse como una advertencia extraordinaria para este noviembre de 2026.
En Noruega, las autoridades recomendaron durante años reservas domésticas para tres días. En mayo de 2024 ampliaron ese periodo a una semana (Dirección Noruega de Protección Civil, antecedentes y recomendaciones oficiales). Suecia también promueve la preparación de los hogares ante interrupciones prolongadas de servicios esenciales y posibles conflictos (Agencia Sueca de Contingencias Civiles, folleto oficial distribuido a los hogares en noviembre de 2024, PDF). Las diferencias entre ambos países y las recomendaciones de otros gobiernos europeos responden a evaluaciones propias de sus circunstancias.
El periodo de autosuficiencia recomendado puede variar según la infraestructura disponible, los riesgos identificados y las posibilidades de asistencia. No existe un plazo universal que convierta las 72 horas en una medida obligatoria para todos los países.
El antecedente más reciente procede del Reino Unido. El pasado 22 de octubre, su Gobierno presentó una nueva etapa de la campaña Be Ready, mediante la cual aconseja a las familias prepararse para tres días de posibles interrupciones de servicios esenciales (Gobierno del Reino Unido, comunicado oficial del 22 de octubre de 2026). La Oficina del Gabinete británico aclaró que muchas de esas orientaciones estaban disponibles desde mayo de 2024, y la campaña responde, entre otras preocupaciones, a las consecuencias de fenómenos meteorológicos extremos y busca reducir la presión sobre los servicios de emergencia. Esta actualización puede haber contribuido a renovar el interés por las reservas domésticas, aunque no permite identificarla como el origen de la cadena que circula ahora.
La sucesión de fechas resulta reveladora. Hay recomendaciones japonesas anteriores a 2025, medidas noruegas actualizadas en 2024, una estrategia europea presentada en marzo de 2025 y una campaña británica renovada en octubre de este mismo año. Los mensajes alarmistas reúnen decisiones adoptadas en momentos distintos y las presentan como si respondieran a una instrucción simultánea de varios gobiernos. Así, la coincidencia de propósitos preventivos termina convertida, sin fundamento documental, en una supuesta coordinación internacional frente a un desastre inminente.
México lo recomienda desde hace años
Quienes encuentran sospechoso que los europeos y japoneses acumulen suministros quizá deberían revisar las recomendaciones de las propias autoridades mexicanas. El Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred) publicó el 12 de marzo de 2018 una guía titulada Ten lista tu mochila de emergencia, en la cual aconseja disponer de artículos suficientes para subsistir durante las primeras 72 horas posteriores a un desastre (Cenapred, Gobierno de México, publicación oficial del 12 de marzo de 2018). Agua embotellada, alimentos no perecederos, medicamentos, linterna, radio, ropa y documentos personales aparecen entre los objetos recomendados y la fecha corresponde a una publicación oficial plenamente verificable, aunque ello no significa que las medidas preventivas de este tipo hayan comenzado entonces.
Han transcurrido más de ocho años desde aquella publicación y nadie podría sostener seriamente que el Cenapred estaba anunciando una catástrofe mundial para este mes de noviembre que recién comienza; la recomendación tiene una explicación conocida por cualquier especialista en protección civil. Después de un terremoto, un huracán o una inundación de grandes proporciones, las carreteras pueden quedar destruidas, las comunicaciones interrumpidas y los servicios de emergencia desbordados. La asistencia tarda en llegar a determinados lugares y las familias necesitan atender por sus propios medios las necesidades inmediatas.
México cuenta con experiencias suficientes para comprender esa realidad. Los terremotos de 1985 y 2017, además de los huracanes que periódicamente azotan nuestras costas, han demostrado que la capacidad de respuesta de las autoridades puede resultar insuficiente durante las primeras horas de una contingencia mayor. Preparar una mochila de emergencia constituye una precaución razonable. No obstante, la irresponsabilidad comienza cuando alguien utiliza esa recomendación para anunciar peligros que carecen de sustento verificable.
La Agencia Federal para el Manejo de Emergencias de Estados Unidos (FEMA) mantiene orientaciones semejantes. Recomienda contar con agua, alimentos y otros suministros para varios días. Entre sus referencias habituales figura disponer de aproximadamente un galón de agua por persona al día, que es el equivalente a 3.8 litros, para beber y atender necesidades básicas (FEMA, lista oficial de suministros para emergencias, PDF). La cifra coincide con la utilizada en la cadena que circula actualmente y es un ejemplo de cómo puede aprovecharse un dato verdadero para conferir credibilidad a un mensaje cuya advertencia principal carece de respaldo documental.
Sin embargo, existe una diferencia que merece atención. La cadena que circula profusamente por Internet desde hace varios días, recomienda reunir provisiones para 30 días y ampliarlas hasta 90. Con su propio cálculo de 3.8 litros diarios por persona, una familia de cuatro integrantes necesitaría almacenar 456 litros de agua para un mes y mil 368 litros para tres meses. Esta última cantidad representa más de una tonelada de agua, eso, sin considerar los recipientes necesarios para almacenarla ni los alimentos y demás suministros.
Una exhortación de semejantes proporciones exige una evaluación de riesgos que justifique su conveniencia y el mensaje no proporciona ninguna. Tampoco identifica un organismo internacional que haya dispuesto esa medida, una resolución gubernamental que la sustente o un comunicado oficial que explique por qué todos los hogares tendrían que iniciar sus preparativos precisamente el 1 de noviembre de 2026.
Las reservas para periodos prolongados pueden ser útiles en determinadas circunstancias, pero su conveniencia depende de condiciones concretas. Pretender convertirlas en una exigencia general mediante una publicación anónima carece de rigor.
El miedo como método de desinformación
El mecanismo de estas cadenas merece atención. Se toman datos verdaderos, se mezclan recomendaciones de países distintos, se elimina su contexto y se introduce una fecha que sugiere urgencia. Después se presenta una lista extensa de productos cuya aparente precisión contribuye a reforzar la credibilidad del mensaje; la acumulación de detalles ocupa el espacio que debería corresponder a las pruebas, finalmente se solicita compartir la advertencia con familiares y amigos, y el texto comienza a multiplicarse entre personas que, en muchos casos, confían en quien se lo envía sin conocer su procedencia.
Conviene advertir que la cadena examinada no anuncia expresamente una guerra mundial ni identifica una catástrofe concreta. Su carácter alarmista proviene de la urgencia que pretende imponer y de la ampliación injustificada de las reservas recomendadas. Cuando alguien presenta esa publicación como prueba de que se avecina un acontecimiento extraordinario, introduce una interpretación que el propio mensaje tampoco demuestra. Las sospechas adquieren entonces categoría de advertencia y la repetición termina sustituyendo a la verificación.
Las consecuencias de difundir advertencias infundadas tampoco son menores. El miedo puede inducir compras innecesarias, comprometer la economía de familias con recursos limitados y propiciar decisiones precipitadas. Para millones de personas que viven sujetas a presupuestos estrechos, almacenar alimentos y otros artículos durante tres meses representa un desembolso considerable y exhortarlas a efectuar esas compras sin una razón comprobable supone trasladarles el costo económico de una alarma que nadie se ha tomado el trabajo de fundamentar. Sería igualmente equivocado desacreditar la preparación ante emergencias por el hecho de que algunos mensajes la utilicen para provocar alarma.
México es un país expuesto a sismos, huracanes, inundaciones e incendios forestales. Tener una mochila de emergencia, conocer las rutas de evacuación, conservar documentos importantes y disponer de agua y alimentos para los primeros días constituye una precaución sensata y las autoridades tienen la responsabilidad de promover esas medidas con información clara y suficiente. La prevención pierde eficacia cuando termina asociada a mensajes exagerados o afirmaciones que sus destinatarios no pueden comprobar.
También es necesario distinguir entre una advertencia oficial y una publicación alarmista que intenta parecerlo. Las autoridades responsables de protección civil cuentan con canales institucionales para informar sobre amenazas identificadas, emitir alertas y dar instrucciones a la población. Una comunicación auténtica permite conocer su origen y el ámbito al que se dirige. La cadena difundida este 1 de noviembre carece de esos elementos.
Su extensa lista de compras puede contener consejos útiles, pero eso no le concede carácter oficial ni demuestra la existencia de una emergencia extraordinaria.
Siempre he considerado que el periodismo tiene la obligación de examinar estas versiones con el mismo rigor que cualquier información de interés público. Sería tan irresponsable negar la existencia de riesgos auténticos como exagerarlos hasta convertirlos en predicciones catastróficas. Quien asegura que los gobiernos conocen una amenaza inminente debe aportar documentos que permitan comprobarlo. La exigencia de pruebas corresponde a quien formula la afirmación, y resulta inadmisible que una cadena anónima pretenda sustituir esa obligación por la repetición de advertencias que nadie ha podido acreditar.
Por ahora, los documentos examinados demuestran que varios gobiernos recomiendan mantener reservas domésticas para afrontar emergencias. También acreditan que esas medidas tienen antecedentes de años y que sus plazos varían según el país, pero inguno permite concluir que exista una orden internacional de almacenar suministros para 90 días a partir de este 1 de noviembre, y mucho menos que se haya anunciado secretamente una catástrofe de alcance mundial.
Prepararse para una emergencia es una decisión prudente, pero sembrar temor mediante afirmaciones sin pruebas, constituye una irresponsabilidad. Hay una enorme diferencia entre recomendar a una familia que tenga agua, alimentos y medicamentos para enfrentar una contingencia y convencerla de que debe llenar su casa de provisiones porque algo terrible está por suceder.
Las autoridades llevan años insistiendo en la importancia de la prevención. A las redes sociales, en cambio, les han bastado unos cuantos mensajes para convertir esa misma recomendación en un presagio de desastre. El problema no está en las reservas de agua o alimentos. Está en quienes pretenden que aceptemos una alarma sin ofrecer una sola prueba que la justifique. El resto son elucubraciones calenturientas de los amantes de las teorías conspirativas.
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