Por Fred Álvarez Palafox
Auspiciada por mi amigo culiacanense Vladimir Ramírez, la tarde noche del miércoles derivó en una entrañable plática de paisanos, de esas que echan raíces en el recuerdo. En pleno corazón de Chilangolandia, compartimos la mesa y la memoria con el histórico Camilo Valenzuela, el maestro Óscar Loza Ochoa —nuestro incansable ombudsman de Sinaloa— y José Alfredo Jiménez Medel, sangre viva del gran bardo guanajuatense. Fue, sin duda, un encuentro para la historia inmediata.
Originalmente, íbamos a hablar de la novela de Vladimir, “De vez en cuando la vida”, pero la bohemia nos ganó y dejamos el tema pendiente para otra ocasión.
Durante la charla, José Alfredo nos platicó de su reciente y emotiva presentación en el Zócalo la noche del 15 de septiembre. Ahí, celebró por todo lo alto el legado de su padre, aunque tuvo que lidiar con el despiste de algunos medios que lo anunciaron como “el nieto” de la leyenda. ¡Craso error!
Esa misma velada intenté comunicarme con Carlos Navarrete, incansable impulsor de la obra del cantautor y quien cada año rinde homenaje al bardo en su tumba en Dolores Hidalgo. Aunque el teléfono no nos dio respuesta de inmediato, fue hasta más tarde, ya entrada la noche, cuando finalmente logramos coincidir. La plática fluyó tan bien que quedó en el acuerdo de hacerme llegar una invitación muy especial para los eventos conmemorativos de este año. Espero asistir.
Escuchar al hijo de José Alfredo evocarlo en la mesa me hizo caminar mentalmente por las viejas calles de Santa María la Ribera y la San Rafael, sintiendo de cerca los ecos del bardo (1926-1973). Aquel hombre que, antes de despedirse a los fugaces 47 años, hizo de las cantinas chilangas su verdadero estudio de grabación. Sin saber tocar un instrumento ni descifrar partituras, le bastaba una servilleta para trazar, a puro golpe de inspiración, los himnos de todo un país.
Inevitablemente, la charla nos llevó al Corrido de Mazatlán. Recordamos a don Mariano Rivera Conde —esposo de Consuelito Velázquez— y a la Banda El Recodo. Fue don Mariano quien impulsó a su padre, un gesto que José Alfredo pagó, sin duda, con infinita gratitud y una canción inolvidable, que hoy es himno en el Puerto..
La plática también recorrió sus antiguos refugios. Uno de los más entrañables era El Salón París, frente al emblemático Kiosco Morisco, a solo tres cuadras de la casa que habitaba con sus parientes. Aunque su consentida siempre fue El Golfo de León en la San Rafael, sin olvidar sus horas de bohemia como cliente asiduo de La Numantina, por los rumbos de San Cosme. Fue en esas mesas, entre el humo, la madrugada y los tragos, donde nacieron las letras que más tarde se harían inmortales gracias a los arreglos de Rubén Fuentes y el Mariachi Vargas de Tecalitlán.

José Alfredo escribía con un corazón que vivía en perpetuo enamoramiento. Derramó versos para su primera esposa, Paloma; para Lucha Villa, Alicia Juárez y un sinfín de musas. Pero ese romanticismo desbordado dejó una huella que trasciende los escenarios, y en este mapa vital resalta nuestro compañero de velada, José Alfredo Jiménez Medel, quien hoy es un pilar fundamental, junto a sus hermanos, para dimensionar la vasta, compleja y apasionada herencia humana que dejó su padre.
Hoy, fiel a la promesa de sus “Caminos de Guanajuato”, el ídolo descansa en su adorado Dolores Hidalgo bajo una verdad incuestionable labrada en su epitafio: “La vida no vale nada”. Pero lo cierto es que, mientras haya quien busque curar un desamor en la barra de una cantina, y amigos que se reúnan a celebrar su memoria en una buena charla, José Alfredo seguirá siendo el rey.
Gracias, Vladimir.
PD. Durante la charla, José Alfredo me compartió un par de correcciones históricas fascinantes: su papá era de paladar exigente y prefería beber whisky Old Parr. Además, me aclaró que la canción “Las ciudades” comenzó a gestarse en París. Su gran amigo Chucho Arroyo fue testigo de aquel momento, confirmando que la bella desconocida que lo inspiró era una parisina y no una madrileña. Entre anécdota y anécdota, la plática también nos llevó a recordar a Antonio “La Tota” Carbajal y a la inmensa Chavela Vargas.
PD: 2. Para quienes pierden el hilo de la descendencia del guanajuatense, hay que recordar que formó familia en tres momentos distintos: su primer matrimonio fue con Paloma Gálvez, con quien procreó a Paloma y a José Alfredo Jiménez Gálvez (RIP). De su relación con la actriz Mary Medel nacieron Guadalupe, José Antonio, Martha y José Alfredo Jiménez Medel. Con su última pareja, Alicia Juárez, el compositor no tuvo descendencia.
PD: 3. También hablamos de Sinaloa, de derechos humanos y de la cárcel de Aguaruto, pero esa, mis amigos, es otra historia..