Columna de opinión
Cuando la presidente ataca a Alito ¿Es tanto el miedo?
Eduardo Sadot
Eduardo Sadot
El reciente enfrentamiento político entre la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y el dirigente nacional del PRI, Alejandro Moreno Cárdenas, revela un cambio preocupante en la conducción política del Ejecutivo federal. Más allá de la legítima confrontación ideológica propia de cualquier democracia, lo que ha quedado expuesto es la decisión de la titular del Ejecutivo de abandonar la posición institucional de árbitro político para asumir abiertamente el papel de dirigente partidista.
La tribuna presidencial, concebida como espacio de información y rendición de cuentas, se ha convertido gradualmente en un instrumento de confrontación política cotidiana. Las descalificaciones directas contra líderes opositores, así como el uso reiterado de calificativos y señalamientos personales, terminan por desdibujar la frontera entre el Gobierno de la República y el partido en el poder. Esa circunstancia resulta especialmente delicada en un momento en el que Morena enfrenta crecientes cuestionamientos nacionales e internacionales derivados de la inseguridad, la violencia y las sospechas sobre posibles vínculos de actores políticos con estructuras criminales.
El problema de fondo no es la existencia de críticas hacia la oposición —algo natural en una democracia— sino la utilización de la investidura presidencial para desacreditar adversarios políticos desde una posición de poder institucional. Cuando desde la Presidencia se califica a opositores como “vendepatrias” o se ridiculizan sus acciones políticas, se erosiona el principio de imparcialidad que debe caracterizar a un jefe de Estado.
A ello se suma la participación de figuras relevantes del oficialismo, como Gerardo Fernández Noroña, cuyos ataques verbales contra Alejandro Moreno han elevado aún más el nivel de polarización política. El debate público se degrada cuando la discusión de ideas es sustituida por insultos, burlas y campañas permanentes de descalificación personal.
Otro aspecto preocupante es que desde el poder político se emitan condenas mediáticas anticipadas contra adversarios sin resoluciones judiciales definitivas. Señalar públicamente a un opositor como corrupto sin sentencia firme coloca al Ejecutivo en una posición que invade el terreno de las instituciones de procuración y administración de justicia, debilitando principios fundamentales como la presunción de inocencia y la autonomía judicial.
En una democracia madura, la crítica y el disenso no deben ser interpretados como traición a la patria. La oposición constituye un contrapeso indispensable para evitar excesos del poder y fortalecer la vida institucional del país. Sin embargo, el discurso oficial parece orientado a dividir permanentemente entre “patriotas” y “enemigos”, profundizando la polarización social y debilitando los espacios de diálogo nacional.
La consecuencia más grave de esta dinámica es el deterioro institucional. Cuando el discurso del Estado queda subordinado a la lógica partidista, la figura presidencial deja de fungir como factor de equilibrio y unidad nacional. El resultado es una creciente confrontación política que dificulta la construcción de acuerdos y paraliza la posibilidad de consensos en temas fundamentales para el país.
El enfrentamiento con Alejandro Moreno refleja, en el fondo, una estrategia política basada en la confrontación permanente. Puede generar respaldo entre las bases partidistas del oficialismo, pero al mismo tiempo erosiona la imagen institucional de una Presidencia llamada a representar a toda la nación y no únicamente a un proyecto político.
@eduardosadot
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