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De Bambino a bambino

Germán Martínez Aceves

 

“Recuerdo la Serie Mundial de…” Así iniciaba algunos de sus relatos Pedro Septién, “El Mago”, que con sus narraciones radiofónicas nos hacía imaginar el esplendor del beisbol. En mi caso particular recuerdo aquel 1 de octubre de 1932 en el Wrigley Field de Chicago. Se jugaba el tercer partido entre Yankees y Cachorros. Era la quinta entrada y el marcador estaba empatado a cuatro carreras. Babe Ruth tomó su turno al bat en medio de una andanada de insultos desde el dugout de los Cachorros y, del “respetable”, ni se diga.

Charlie Root era el pitcher por parte de Chicago y pronto pondría al “Bambino” (como se le conocía a Ruth) en la cuenta de cero bolas y dos strikes. Babe salió de la caja de bateo y señaló hacia donde yo estaba. En esa época al fondo del Wrigley Field había árboles y solo los osados nos trepábamos a lo más alto de las ramas para ver desde ahí el partido. Desde ahí todo se veía chiquito, pero gracias a mi radio y a la crónica del Mago Septién sentía todo cercano, como si estuviera dentro del brillo del diamante.

La leyenda cuenta que el Bambino dijo que ahí la depositaría, a más de 440 pies atrás de la legendaria barda. Root lanzó una recta que le quedó un poco alta y ¡Babe Ruth la prendió! Aquella esférica blanca de 108 costuras que desde la copa del árbol se veía como una canica, vi cómo se fue haciendo cada vez más grande a la velocidad de un meteorito. Sentí un circo en mi estómago, las manos me empezaron a sudar, una emoción llena de emoción y adrenalina recorrió mi cuerpo y ahí la tenía cerca, a mi alcance, como si un amor platónico se volviera realidad y ¡la atrapé con mi inseparable guante que siempre llevaba “por-si-las-dudas”! No lo podía creer, la pelota que el Bambino había anunciado que ahí la depositaría ahora la tenía en mis manos ante la envidia de los otros “monos” que colgaban de las ramas.

Los Yankees ganaron el partido y, no solo eso, barrieron a los Cachorros en aquella Serie Mundial. Lo que no se borró nunca fue mi sonrisa. Era poseedor de una pelota histórica, la que Babe Ruth sentenció que ahí la pondría, el “Called Shot”, como se le conocería.

Celosamente llevaba conmigo a todas partes la pelota Rawling, jamás le dije a mis papás que yo la tenía, es más, ni sabían que me encaramaba como gato hasta lo más alto del árbol para ver desde ahí el beisbol.

Cada que cambiaba de pantalón la pelota cambiaba de bolsa. Estudiaba, jugaba, brincaba, dormía con ella. Un día, a la hora de la comida, al sacar de la bolsa del pantalón unas canicas que me molestaban, se me cayó la Rawling. Mi padre inmediatamente identificó que era la oficial de las Ligas Mayores y me preguntó cómo la había obtenido. Nervioso platiqué la anécdota. Ni mi papá, ni mi mamá, menos mi hermana mayor, creyeron la historia. Mi padre solo me quitó mi gorra con las letras NY y me la puso al revés, como lo estilan los catchers. Se río y me dijo: “Ya no escuches tanta radio y menos le creas al Mago Septién”.

Mi padre era transportista y manejaba un tráiler que según yo era un gigantesco dragón de 18 llantas. Al año siguiente me invitó a que lo acompañara a Nueva York. Viajé feliz en el monstruo, me sentía el dueño del camino. Por supuesto, la pelota iba conmigo.

 

Mi padre fue a dejar una gran carga al Hell´s Kitchen de Manhattan y al acabar su entrega sacó una bolsa de plástico que tenía un pequeño uniforme de los Yankees. “Mídetelo”, sonrió. Me quedó a la perfección, ahora me creía el pequeño rey de Nueva York.

Las sorpresas continuaban. Tomamos uno de esos taxis amarillos que circulan por las grandes avenidas entre el bosque de acero y vidrios de los rascacielos y nos enfilamos al barrio del Bronx donde está el Yankee Stadium ¡y mi padre había comprado boletos para ver a los Bombarderos contra los Senadores de Washington!

Serio mi padre me dijo: “Adivino que traes tu pelota mágica que bateó Babe Ruth”. Tímidamente la saqué de la bolsa trasera de mi pantalón de rayas, ahí estaba, con su raspón que le había hecho el Bambino con su poderoso bat.

Ese día iba de asombro a asombro, mi padre tenía un amigo en el Bronx y consiguió que pudiéramos entrar por unos instantes al campo de beisbol mientras los Yankees entreban. ¡Y ahí estaba George Herman “Babe” Ruth! Aquel pequeño jugador que veía a lo lejos desde el árbol ahora estaba frente a mi como un rascacielos con su 1.88 de estatura.

Con los ojos casi desorbitados me mantuve con la boca abierta mientras mi padre le comentaba a Babe Ruth la historia de la pelota, la famosa del “Called Shot”. El Bambino se rio a carcajadas y solo dijo: “I believe you”. Me extendió la mano y con mi extremo nerviosismo le afirmé: “Yo también me llamo Herman”. Babe se sonrió y se puso en cuclillas para decirme: “You’re a bambino”. Inmediatamente un fotógrafo de prensa tomó la gráfica.

Hoy cuento la historia y si no fuera por la foto, nadie me creería como nadie creía que Babe Ruth había señalado en dónde iba a depositar la pelota. Años después, Lou Gherig diría que fue verdad, que el Bambino había dicho que perdería la bola por el jardín central. Cada vez que oía en la radio al Mago Septién “Recuerdo la Serie Mundial de 1932 entre Yankees y Cachorros…”, mis ojos brillaban y más de una vez dejaban escapar alguna lágrima, constancia de que siendo niño todo es posible en el campo de los sueños.

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