NEMESIS
Fernando Meraz Mejorado
Mientras el mundo entero se ríe del espectáculo que ha montado su ¿hijastro? Andy, la señora Sheinbaum finge no escuchar las carcajadas y avanza con la seriedad de quien construye un palacio de espejos: pretende convertirse en dueña de la voz pública, en reina de lo que se puede decir y lo que debe callarse. Así lo advierte el Wall Street Journal, que ve en su iniciativa de derechos de las audiencias mucho más que una reforma: es la llave para cerrar la puerta a la libertad de expresión justo cuando el país comienza a mirar hacia las elecciones de dos mil veintisiete.
La propuesta, anunciada con gran pompa el pasado mes de julio, viaja disfrazada de protección ciudadana, pero lleva en su interior una espada de doble filo. Bajo el pretexto de cuidar al televidente, al radioyente, al lector, abre la puerta para que el Gobierno Federal se erija en juez y parte, en quien dicta qué es verdad y qué es mentira, qué se puede mostrar y qué debe permanecer en sombra. No es extraño entonces que periodistas, intelectuales, escritores y empresarios hayan encendido las luces de alarma: cuando el Estado decide qué es lo correcto, la democracia empieza a vestirse de dictadura.
Mary Anastasia O’Grady lo expone con claridad de quien ve venir la tormenta desde lejos. La presidenta se presenta ante el mundo como paladín de la libertad y la igualdad, pero los hechos caminan en dirección contraria. Bajo su mando, la maquinaria de Morena ha afilado dientes y garras, y ahora los usa para roer, uno a uno, los😎 cimientos del Estado de derecho. Lo que dicen sus discursos y lo que hacen sus decretos son dos extraños que nunca se saludan. Mientras ella habla de apertura, el gobierno cierra ventanas y tapias puertas.
La iniciativa no es casual ni repentina. Llega justo cuando el partido en el poder necesita asegurarse de que su versión de la historia sea la única que se escuche. Las elecciones de dos mil veintisiete están a la vuelta de la esquina, y Morena sabe que no puede arriesgarse a que el pueblo escuche otras voces. Por eso busca consolidar su control sobre la narrativa como quien amarra un barco con cadenas para que no se mueva la marea. Y es que hay mucho que silenciar: los señalamientos de vínculos con el crimen organizado crecen como hierba mala entre las piedras. Las acusaciones de corrupción pesan como plomo sobre los hombros del movimiento. Las deudas y los déficits se acumulan en montaña que cada día es más alta y más difícil de ocultar.
El plan se ha venido armando pieza por pieza durante ocho años. Los organismos autónomos, antes faros que vigilaban desde fuera, han sido llevados poco a poco al redil del poder central. Se les quitó la independencia como se le quita la luz a una lámpara. La disolución del Instituto Federal de Telecomunicaciones no fue más que el primer paso: su reemplazo, la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones, tiene ahora en sus manos el poder de multar, sancionar y silenciar. Es el verdugo que lleva el uniforme de la ley. Y no es una amenaza lejana ni una advertencia vacía. Ya se siente el frío de su sombra sobre los medios.
Quienes creen que esto es solo burocracia nueva no han entendido el juego. El control de la información es el primer premio de cualquier dictadura que se respete. Si el gobierno decide qué se dice y qué se calla, las elecciones dejan de ser el pueblo eligiendo y se convierten en el poder repitiendo. Sheinbaum podrá decir que defiende la democracia, pero las palabras son humo cuando los hechos son fuego. Y el fuego que avanza sobre la libertad de expresión no calienta, quema.–oOo–