Rodolfo Villarreal Ríos
Por estos días hay quienes, una vez más, tratan de vender como un hecho glorioso la que ellos llaman pomposamente la revolución cristera que en realidad no fue otra cosa sino una reyerta inútil cuyo objetivo real nunca fue preservar el catolicismo sino impedir que se consumara la etapa final de la construcción del Estado Mexicano Moderno. Estamos ciertos de que no faltará por ahí quien nos descalifique y tache de irreverentes, antirreligiosos y cuanta lindura considere conveniente, pero…
Lo acontecido entre 1926 y 1929 no fue sino la etapa final de la sed de venganza acumulada desde 1855 en contra de quienes osaron poner fin al monopolio religioso. Los cortos de memoria no recuerdan como el arzobispo de México, Lázaro De La Garza y Ballesteros, se lanzó en contra de las Leyes de Reforma. Es muy lamentable que Lázaro haya desperdiciado su inteligencia vasta en apoyar causas retrogradas.
Posteriormente, Giovanni Maria Battista Pellegrino Isidoro Mastai-Ferretti, Pío IX (1846-1878), se opondría a la Constitución de 1857 y entre sus venganzas estuvo bendecir la venida de Maximiliano y sus socios franceses.
Gioacchino Vincenzo Raffaele Luigi Pecci, León XIII (1878-1903), vio con buenos ojos la gestión del presidente Díaz Mori al permitirle a su organización recuperar riquezas y hasta le propuso firmar un concordato, propuesta que el oaxaqueño ignoró.
Bajo la egida de Giuseppe Melchiorre Sarto, Pío X (1903-1914), sus subordinados en México, encabezados por el arzobispo José Mora y Del Río lo mismo crearon el Partido Católico Nacional que apoyaron los actos de un católico ferviente llamado Victoriano Huerta.
En los tiempos de Giacomo Paolo Giovanni Battista della Chiesa, Benedicto XV (1914-1922), el arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez se convirtió en el contestario principal de las medidas implantadas por el Estadista Venustiano Carranza Garza. Y posteriormente, tras de la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, los obispos encabezados por Orozco emitieron una Carta Pastoral rechazándola. Ello, les valió una felicitación de su jefe, Benedicto XV, quien aprobó su actitud.
Durante los años del papado de Ambrogio Damiano Achille Ratti, Pío XI (1922-1939) habría de instrumentarse la etapa última para que los herejes pagaran sus culpas. Por ello, cuando el Estadista Plutarco Elías Calles Campuzano puso en práctica lo establecido en la Constitución respecto a la religión, la alta jerarquía católica armó boicots, ordenó, vía una Carta Pastoral, el cierre de los templos y bendijo la revuelta tras de que, el 18 de noviembre de 1926, don Ambrogio publicara la encíclica Iniquis Afflictisque felicitando y conminando a los fieles católicos mexicanos para ir a pelear en contra de quien no compartiera sus creencias.
Con esa bendición en las alforjas, el jesuita Bernard Bergoen pudo ver como su trabajo de años daba frutos, mientras que Orozco y Jiménez y subordinados soliviantaban espíritus bajo el cuento de que les querían quitar su religión. Así, miles de creyentes fueron, engañados, a jugarse la vida y matar al que pensara distinto a ellos. Pronto, la estupidez se apoderó de todos, en uno y otro bando, mientras que el raciocinio se iba de paseo. Desde Roma, plenos de complacencia, observaban el espectáculo mientras cobijaban a un alma piadosa de apellido Mussolini quien entonces encarnaba todas las virtudes.
Plenos de piedad cristiana, un par de jesuitas vigilaban como Luis Segura Vilchis intentaba asesinar al expresidente Obregón Salido. Antes de seguir hemos de apuntar que este fulano y sus actos han hecho que algunos “historiadores” de allá por el pueblo se vanaglorien (que más se puede esperar de ellos) de que esa escoria haya nacido ahí. Pero Segura no era sino un títere de los hermanos Miguel y Humberto Pro Juárez, algo que la curia ha negado como si los chicos de la ACJM operaran libremente.
Mientras que la refriega continuaba revestida de cruzada religiosa, a inicios de 1928, por fin surgió alguien que, en el lado de los religiosos, fuera capaz de entender que aquello carecía de razón y que la opción era negociar como terminar el conflicto. Con la intermediación del mejor embajador que los EUA nos haya enviado en toda la historia, Dwight W. Morrow, fue factible que, en abril, el sacerdote paulista quien fuera editor de la revista The Catholic World, John J. Burke, se sentara a negociar, en el Castillo de San Juan de Ulua, durante cuatro horas con el Estadista Elías Calles. Como sucede siempre que se encuentran dos personas con inteligencia y pragmatismo de sobra, pudieron armar un bosquejo para terminar con aquella estupidez.
Burke se fue a conversar con los obispos mexicanos exiliados en San Antonio, Texas. Estos últimos ya empezaban a sentir que estar alejados del país no les redituaba nada tangible y era necesario buscar un resquicio para volver. Aceptaron venir a México para negociar la forma de acabar con la reyerta. A mediados de mayo, Burke, William Frederick Montavon (asesor legal de la National Catholic Welfare Council) y el arzobispo de Morelia, Leopoldo Ruiz y Flores, se entrevistaron el Estadista mexicano y llegaron a un acuerdo. En ese contexto, Morrow había convenido que en cuanto se tuviera el documento, se enviaría vía telegrama al subsecretario de estado Robert Olds quien lo llevaría al delegado papal en los EUA, Pietro Fumasoni-Biondi, para que lo turnara a Roma. Todos pensaban que aquello sería aprobado. Sin embargo, acorde con Pío XI, la cuota de sangre aún no había sido cubierta y atendió los consejos del obispo de Durango, José María Gonzlaez y Valencia. En ese contexto, rechazó la propuesta. En ese momento, estaba muy ocupado en sus negociaciones con esa alma toda ternura que era el Duce italiano, el asunto mexicano podía esperar. Total, unos muertos más que importaban, después podrían convertirse en beatos o santos, claro, excepto uno.
El 17 de julio, un fanático católico, José de León Toral asesinaba al expresidente y presidente electo, Álvaro Obregón Salido. Aun cuando mucho se especula al respecto, tomaremos lo que uno de los lideres cristeros, Miguel Palomar y Vizcarra, declaró, en 1964, a los historiadores James Wilkie y Edna Monzón (Frente a la Revolución Mexicana. 17 protagonistas de la etapa constructiva). Palomar señaló: “…la muerte de Obregón se planteó desde mucho antes de que se registrara el hecho de… Toral…Se discutió mucho la licitud o ilicitud de la muerte del tirano”. Como se ve la piedad cristiana embargaba a don Miguel quien no paraba ahí y mencionaba: “…yo me dediqué… a estudiar por allí la doctrina de la teología católica, y encontré un estudio de un padre jesuita famosísimo… y [concluimos] que lo que había intentado…[Luis] Segura era licito”. Asimismo, para Palomar, Toral “…no fue un asesino…fue considerado como soldado que mató a uno de los jefes del enemigo…era miembro de la Liga …y era de la ACJM…” Asimismo, confirmó lo de que un sacerdote, José Jiménez bendijo la pistola con la cual se asesinó a Obregón.
El baño de sangre en México continuó durante el resto de 1928 e inicios de 1929 sin que la jerarquía católica romana se preocupara por ello. En ese inter, el 6 de enero de 1929, L’Obsservatore Romano publicó un artículo en el cual se indicaba que el saltimbanqui-cobarde-gigolo-cristero de closet (aun no era sinarquista y nazi), José Vasconcelos, sería la clase de candidato que los católicos podrían apoyar.
Así, llegó el 11 de febrero de 1929, cuando en el Palacio de Letrán se sentaban uno al lado del otro, el secretario de estado del Vaticano, Pietro cardenal Gasparri y Benito Mussolini para firmar lo que se conoce como los Tratados de Letran que dieron origen al Estado Vaticano. Una vez solventado esto, Ambrogio Damiano Achille Ratti consideró que la cuota de sangre en México había alcanzado el límite planeado.
Para empezar, nombró su representante no oficial al vicerrector de Georgetown University, el jesuita Edmund Walsh. En México, un par de católicos fervientes, los banqueros Agustín Legorreta (muy amigo de Elías Calles) y Manuel Echeverría decidieron que era tiempo de que aquello terminara. Echeverria sufragó los gastos del obispo de Chihuahua, Antonio Guízar y Valencia, para que fuera a Roma para plantear a la jerarquía católica que ya no era posible continuar con la reyerta y era necesario llegar a un arreglo con el gobierno mexicano.
En el contexto de lo anterior, a principios de mayo, Walsh y el diplomático chileno Miguel Cruchaga arribaron a México. Ambos se entrevistaron con Morrow para anunciarle el motivo de su visita. A mediados de mes, desde los EUA, Ruiz y Flores envió un telegrama a los treinta obispos mexicanos solicitándoles su aprobación para reunirse con el presidente Emilio Portes Gil. Para ese momento, de manera no oficial, Morrow envió a Ruiz una propuesta de solución basada en el acuerdo Elías Calles-Burke de abril de 1928. A la vez, el embajador mexicano en Washington, Manuel C. Tellez Acosta, negociaba con Ruiz y más tarde se incorporaría Morrow. Finalizaba mayo y parecía que no había progreso alguno.
El 31 de mayo, sin embargo, en L’Obsservatore Romano aparecieron declaraciones del cardenal Gasparri quien recomendaba a los católicos obedecer las leyes mexicanas. La Iglesia Católica no tenia otra alternativa sino aceptar las demandas del Gobierno de México. “El papa y las autoridades eclesiásticas en México no tenían otra alternativa sino aceptar una solución amistosa al conflicto religioso; de otra manera serian responsables ante Dios por su negligencia”. Los católicos radicales leyeron furiosos esa noticia.
El 1 de junio, el papa nombró a Ruiz y Flores como delegado apostólico interino y le ordenó irse a Mexico para negociar la solución de la reyerta. El 9 de junio, Morrow retornó a México acompañado por Ruiz y el obispo de Tabasco, Pascual Díaz y Barreto. Ambos fueron llevados a la casa del agregado naval estadunidense en donde solamente se entrevistaron con Morrow y Walsh. Únicamente salieron para reunirse con el presidente mexicano.
Para entonces, Walsh quiso convertirse en el gran solucionador y le presentó a Morrow un plan con un sinnúmero de demandas específicas. Morrow no iba dejar que un recién llegado le echara a perder todo su trabajo y le plantó la resolución basada en los acuerdos Elías Calles-Burke. El jesuita no tuvo sino responder que lo consultaría con los obispos mexicanos tras de lo cual retornó ante el embajador para decirle que estaban de acuerdo con su propuesta.
Cuando los obispos se entrevistaron, el 12 de junio, con el presidente Portes Gil, Ruiz y Flores empezó a realizar recriminaciones al gobierno de México por actos del pasado. De no haber sido porque Díaz y Barreto intervino y tranquilizó a su colega, las negociaciones habrían fracasado. Una vez serenados, volvieron al proceso. Aun cuando parecía que todo iba bien, Walsh acusaba a Portes Gil de ser muy brusco y adoptar una actitud muy fría. Ante ello, Morrow decidió que ya era suficiente de dejarlos solos y procedió a intervenir.
El 15 de junio, el embajador y el presidente se reunieron. El primero le entregó al segundo un proyecto preliminar del Modus Vivendi. Portes Gil aceptó estudiarlo. Lo que desconocía era que previamente a la reunión Morrow había discutido dicha pieza con el expresidente Elías Calles quien aprobó su contenido. Una copia de ese acuerdo les fue entregado a los obispos para su análisis. Tras de hacerlo, aceptaron los términos.
Acto seguido, enviaron un telegrama a Roma para su aprobación. Ésta llegó el día 20 con dos requerimientos. Uno, amnistía total para todos los participantes en la reyerta inútil. El otro, la restitución a la Iglesia Católica de sus bienes raíces, la espiritualidad siempre por delante. Tras de leerlo, Morrow fue a hablar con Ruiz a quien le dijo que la amnistía implicaba el hecho de que los sacerdotes volvieran a sus templos. La restitución significaba que la Iglesia pudiera utilizar sus posesiones. Tras de que Portes Gil realizara algunos cambios al texto, el 21 de junio de 1929, ambas partes aceptaron firmar el denominado Modus Vivendi.
En el documento, el presidente Portes Gil reconoce el patriotismo de Ruiz y Flores y de Díaz y Barreto, así como su deseo de que se reanude el culto publico acatando las leyes de México. En igual forma, Portes Gil sostenía que el propósito de la Constitución Mexicana, o de las leyes o el gobierno de la república en ningún momento fue destruir la identidad de la Iglesia Católica o cualquiera otra o interferir con la forma en que llevaban cabo sus tareas espirituales. Acto seguido procedió a resumir el acuerdo en tres párrafos:
“1. Que la disposición de la ley en la cual se exige el registro de ministros no significa que el gobierno pueda registrar a los que no hayan sido nombrados por el superior jerárquico del credo religioso en cuestión o de acuerdo con su reglamento.
2.- Con respecto a la instrucción religiosa, la constitución y las leyes vigentes la prohíben definitivamente en las escuelas primarias o superiores, públicas o privadas, pero esto no impide que los ministros de cualquier religión impartan sus doctrinas, dentro de los límites de la iglesia, a los adultos o sus hijos que puedan asistir con ese propósito.
3.- Que la Constitución, así como las leyes relativas al país garantizan a todos los residentes de la República el derecho de petición y por lo tanto los miembros de cualquier iglesia pueden solicitar a las autoridades correspondientes la enmienda, derogación o sanción de cualquier ley.”
De esa manera concluía la reyerta inútil pomposamente llamada por sus panegiristas la revolución cristera. El día que defendíamos nuestra disertación doctoral, nuestra profesora de historia de Latinoamérica, Joan Pavilck, nos señaló: en realidad nada cambio tras de tres años de lucha. Estuvimos totalmente de acuerdo con ella. Así que cual revolución, simplemente una reyerta inútil en dónde más de cien mil mexicanos perdieron la vida. Los retrogradas no pudieron impedir el nacimiento del Estado Mexicano Moderno, ese al amparo del cual el país creció y se desarrolló.
Si usted, lector amable, nos acompaña la semana próxima le comentaremos cuales fueron las reacciones inmediatas a la firma del acuerdo y las opiniones que tuvieron los católicos radicales al respecto. vimarisch53@hotmail.com
Añadido (26.25.82) Por un lado, el primer ministro de Inglaterra, el Laborista Keir Rodney Starmer, tras de sufrir reveses electorales a nivel local y enfrentar escándalos políticos, renunció a su cargo.
Por el otro, el líder del Partido de los Saqueadores de Oro y el Erario (PSOE), cuya organización (¿criminal?) ha perdido todas las últimas elecciones en que ha participado; tiene a cerca de cien correligionarios, incluidos su esposa, hermano, gurú y colaboradores cercanos en la cárcel o camino a ella, y hasta se aplaude a si mismo porque la mayoría absoluta del Congreso votó a favor de su dimisión. Nos referimos por supuesto a Pedrito el españolito.
Añadido (26.25.83) Ahora salió el tal Lula con que: “Yo nunca fui un izquierdista, yo era un líder sindical”. A este paso, pronto nos anunciará con que él es adorador de Friedrich August von Hayek y Milton Friedman. Vaya desvergonzado cuando ve la lumbre llegándole a los aparejos es capaz de negar hasta a su madre.
Añadido (26.25.84) ¿Cuándo van a anunciar la ruptura de relaciones con Colombia porque la mayoría de los habitantes de esa nación optaron por una vía que no les agrada a los de la no intervención en asuntos de otros?