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El mundo que respira al ritmo del balón

NEMESIS

Fernando Meraz Mejorado

 

El territorio entero, la geografía del mundo, se ha convertido en un solo estadio sin muros. Desde los barrios más altos hasta las orillas donde la ciudad se desvanece, el mismo color verde laurel cubre fachadas, camisetas, banderas y hasta el polvo de las calles. El tiempo ya no se mide por horas ni calendarios, sino por minutos jugados, por el silencio contenido antes de un tiro libre y por el estruendo que hace temblar los vidrios cuando la red se infla. Tres victorias seguidas —tres sellos de fuego en la memoria colectiva— han transformado la atmósfera: el aire está caliente, denso, vibrante; es un pueblo enfebrecido donde todo lo demás parece haber quedado suspendido entre un pase y una recepción.

La cancha de césped se ha vuelto el centro geométrico de la nación, un escenario sagrado donde once hombres se transforman en símbolos, y cada movimiento suyo se lee, se comenta y se siente como si fuera propio de cada habitante.

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Socialmente, el fútbol funciona como espejo y puente a la vez. En la vida cotidiana existen muros bien construidos: los de la economía, los de la procedencia, los de la distancia entre quienes tienen mucho y quienes casi nada. Pero cuando suena el silbato inicial, esos muros se vuelven transparentes. En la misma grada, o frente a la misma pantalla instalada en la plaza pública, se mezclan voces y manos que rara vez se encuentran de otra forma.

Es como si el equipo fuera un patrimonio común, la única propiedad de verdad compartida. Nadie es dueño exclusivo de la victoria, pero todos son herederos de ella. Por unas horas, la soledad se disuelve en el grito unísono; la pertenencia deja de ser algo abstracto y se vuelve carne, voz y abrazo.

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Sin embargo, también es una tregua, no una solución, la unión es brillante pero frágil, tejida sobre la emoción, y se sabe que cuando termine el torneo volverán a aparecer las mismas grietas que hoy el canto cubre con su sonido.

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Para la política, este momento es un terreno de doble filo y una lección de poder. Los gobernantes observan con mezcla de asombro y deseo: ven que aquello que sus discursos y leyes no logran —mover, unir, entusiasmar— lo consigue un balón rodando sobre pasto verde.

Surge entonces la tentación natural de intentar subirse a la ola, discursos que repiten frases de la afición, actos oficiales que buscan aparecer reflejados en la gloria, intentos de administrar el entusiasmo como si fuera un recurso público. Pero también queda al descubierto una verdad incómoda, la autoridad verdadera hoy reside en la cancha.

Allí se levanta la credibilidad al instante, se juzga el esfuerzo, se reconoce el mérito o se señala la debilidad bajo la mirada de todos, sin mediaciones ni excepciones. Es una escuela de democracia práctica y espontánea: el resultado es claro, visible e inapelable, y eso contrasta silenciosamente con lo que sucede en otros espacios donde las reglas suelen ser más difusas.–oOo – –

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