¿Por qué?…
Por Fred Alvarez Palafox..
Ahí están. En las pistas. Si cerramos los ojos, casi podemos escuchar el rugido de los motores de los Hércules y los Boeing, aguardando la señal. Pero el tiempo – sabia virtud-, el tiempo corre de una manera muy, muy distinta cuando estás debajo de los escombros, en la tierra devastada del Chocó.
Un sismo de 7.4 sacudió a Colombia. Y las cifras, de verdad, le hielan a uno la sangre: hasta este momento 265 personas que ya no están, casi 3,500 heridos y medio millar de almas que simplemente no aparecen, estan desaparecidos. Ante una tragedia así, la reacción de México fue la de siempre, la instintiva, la de la hermandad. Preparar nuestra maquinaria de auxilio, esa que tiene cicatrices y experiencia ayudando a 98 naciones.
Pero nos topamos con pared. Un muro invisible. El reloj humanitario, de pronto, se puso en pausa.
¿Qué pasó? Allá, el gobierno colombiano nos dice que tienen la capacidad de rescate cubierta. Que son protocolos, que establecieron “filtros técnicos”. Juran y perjuran que esto no es un desdén político hacia México, ni hacia brigadas tan nuestras y probadas como los Topos. Dicen que por ahora, sus manos bastan.
¡Una ayuda nunca, nunca esta de más!
Pero, caray, cuesta mucho entenderlo cuando ves a 255 elementos de nuestro Agrupamiento Cali —militares de primer nivel, médicos especialistas, nuestros perros rescatistas— ahí, formados en el asfalto, esperando. La presidenta Sheinbaum lo detalló en la mañanera y suena a absurdo: es un exceso de burocracia. Primero nos piden una certificación para nuestros muchachos; la tienen. Luego salen con que hace falta una segunda acreditación, pero ni siquiera te dicen qué norma es, ni qué oficina la sella. Y claro, sin esa bendita firma diplomática, nuestras tropas no pueden pisar su territorio. Así de frío.

Por fortuna, la solidaridad mexicana es necia y siempre encuentra por dónde colarse. Si no pueden entrar las manos para remover piedras, que entre el aliento. Reconfiguramos la logística de golpe y armamos un puente aéreo. Dos aviones de nuestra Fuerza Aérea ya volaron hacia Pereira con 19.5 toneladas de ayuda, y faltan casi 60 toneladas más de víveres, agua y medicinas.
Pero no deja de ser una paradoja tremendamente amarga. Porque allá en Bogotá, el presidente Abelardo de la Espriella tiene que declarar la “emergencia económica”. Hablamos de más de 53 mil damnificados y el agua al cuello con las finanzas. Y mientras tanto, aquí nuestros rescatistas siguen esperando que un burócrata ponga un sello.
Es un recordatorio desolador de cómo funciona el mundo a veces. La tragedia y el dolor de una madre buscando a su hijo no esperan, se cuentan en segundos… pero los trámites de escritorio, esos, siempre avanzan a su propio y desesperante paso.
Para la historia inmediata!