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En Morena se espera una noche de los cuchillos largos

NEMESIS

Fernando Meraz Mejorado

 

Al inicio de este septiembre, la percepción pública de Morena se ha transformado de manera acelerada. Ya no se trata de un partido monolítico portador de un proyecto de nación, sino de un espacio fragmentado por guerras intestinas que trascienden lo político. La frase repetida por la presidenta Sheinbaum en su Segundo Informe —”aquí no hay divisiones ni rompimientos”— ha funcionado, paradójicamente, como confirmación de que la fractura es real y profunda.

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La opinión pública identifica claramente tribus o facciones que operan con lógicas propias:

El grupo obradorista (los hijos y parientes de AMLO y allegados del círculo original), que reclama la continuidad del legado fundador

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El bloque sheuinbista, que avanza en la consolidación de su propio liderazgo y distancia a figuras controvertidas

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Los liderazgos propios: Adán Augusto López, Ricardo Monreal, Marcelo Ebrard —cada uno con base, aspiraciones y redes distintas

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Los grupos externos que se entrelazan con disputas locales, donde la política se mezcla con intereses económicos y presuntas vinculaciones con poderes fácticos

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La violencia: de la política a la sangre.

Lo que marca este momento es que las pugnas han dejado de ser solo declarativas. En estados como Sinaloa, Tabasco, Quintana Roo, Oaxaca y Chihuahua, las disputas por candidaturas y control territorial han revelado un trasfondo de agresiones, amenazas y tensiones que la ciudadanía percibe con alarma. Se ha instalado en la opinión pública la sospecha de que ciertas luchas internas ya no se dirimen solo en despachos y medios, sino con otros métodos.

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La población observa con creciente desconfianza: mientras la dirigencia habla de unidad, los aspirantes se desacreditan, se filtran, se atacan y, en algunos casos, las confrontaciones adquieren ribetes que trascienden lo político. El retraso en nombrar candidatos en 12 estados alimenta la percepción de que el partido no tiene control sobre sus propias filas.

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La imagen: arriba en votos, está erosionada en credibilidad. Aquí reside la gran paradoja de septiembre de 2026:

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Morena conserva la ventaja electoral: 33.4% a 35% de intención de voto según Mitowsky, y muy por encima de cualquier partido opositor

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Pero su imagen positiva cae: los sondeos registran un deterioro en la percepción de honestidad, unidad y capacidad de gobierno.

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La ciudadanía distingue: el voto se mantiene, pero la confianza se agrieta

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Se percibe un partido que ya no inspira esperanza colectiva, sino reparto de posiciones. La palabra “transformación” se vacía de contenido cuando la gente ve, en su lugar, luchas de cúpula, reacomodos familiares, silencios incómodos y relaciones que no se explican.

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Los dirigentes: luces y sombras. Claudia Sheinbaum aparece como la autoridad formal, pero su capacidad de imponer orden se cuestiona. Su negación de las divisiones se lee por muchos como debilidad o desconexión. Avanza en la construcción de su propio grupo, chocando inevitablemente con quienes vieron a Morena como propiedad de un linaje.

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Andrés Manuel López Obrador: sigue siendo referencia para una base leal, pero su influencia se percibe como fuerza centrífuga —quienes se acercan a su círculo a veces arrastran escándalos que debilitan al conjunto

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Los hijos del expresidente, la percepción pública sobre ellos se ha vuelto crítica. Se asocian más a privilegios y controversias que a servicio público. El retiro de visas estadounidenses a miembros de este círculo ha reforzado la sospecha de que el poder se ha convertido en negocio familiar.

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Dirigentes estatales y aspirantes: muchos aparecen en la opinión no como servidores públicos, sino como señores de feudos que imponen candidaturas, rompen acuerdos y resisten cualquier rendición de cuentas.

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Algo más profundo ocurre en la conciencia colectiva:
Se rompe la promesa fundacional, Morena nació como repudio a la “política tradicional” —camarillas, corrupción, imposiciones. Hoy la gente ve que el nuevo poder reproduce los vicios que criticó

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La desconfianza crece en ambas direcciones, unos creen que todo es conspiración externa; otros, que el proyecto se ha corrompido desde dentro. La sociedad se polariza entre defensores a ultranza y quienes sienten que les robaron la ilusión

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La violencia política asusta, cuando la lucha interna se percibe con ribetes de peligro, la ciudadanía siente que el país se descontrola. No se trata solo de quién gane elecciones, sino de si el sistema puede sostenerse sin estallar

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El discurso de “nos quieren dividir” pierde fuerza: la repetición oficial choca con la realidad visible. La gente responde: no nos dividen desde fuera; se desgarran desde dentro.

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Podría decirse que Morena conserva el respaldo de una base fiel y la maquinaria institucional, pero ha perdido la inocencia moral. Ya no se le ve como alternativa redentora, sino como poder humano, con sus ambiciones, sus miedos y sus grietas sangrantes.

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La pregunta que recorre el país no es si ganará las elecciones, sino a qué precio y con qué rumbo. Y la respuesta, por ahora, se escribe con tinta de incertidumbre: el partido que prometió sanar a México necesita primero sanarse a sí mismo —y no está claro si quiere, o si puede.–oOo–

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