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¿Fue espontánea la creación de la Iglesia Católica Apostólica Mexicana o era parte de un ensayo?

Rodolfo Villarreal Ríos

 

Continuamos la narración de asuntos relacionados con el nacimiento pretendido de la Iglesia Católica Apostólica Mexicana. Nos quedamos en que uno de los líderes del movimiento, el gallego Manuel Hermida o Luis Manuel Monje, se arrepintió y andaba en busca de que lo absolvieran de sus pecados. Con ello, algunos estimaron que el problema había concluido. Sin embargo, aún faltaban algunos eventos por suceder que nos han llevado a realizarnos preguntas sobre quien realmente estaba detrás del cisma y si eso no era una suerte de ensayo para lo que sucedería entre 1926 y 1929.  Vayamos al relato.

Parecía que las aguas volvían a su cauce cuando, el 4 de marzo, varios cismáticos trataron de apoderarse del templo de Nuestra Señora de Loreto, el último edificado durante la época colonial, ubicado por la calle de San Ildefonso en la Ciudad de México. La situación derivó en un enfrentamiento entre tradicionales y rebeldes que requirió la intervención de la fuerza pública y dejó varias personas heridas. Pero no se crea que los tradicionales solamente albergaban resentimientos hacia los cismáticos. Había quienes estaban preocupados por evitar que se fueran al averno.

Entre ellos, se encontraba un grupo de católicos residentes en Tacuba. Ellos proponían el 19 de marzo como “Día de Expiación [para] pedir el perdón a Dios para los elementos separatistas que ocuparon hace unos días la iglesia de La Soledad…”.  Esos ciudadanos tenían una misión difícil si nos atenemos a lo que el mismo día se publicó.

De pronto, apareció una dama de nombre Magdalena Mercado de Monje quien clamaba que su esposo Luis Manuel, sí el mismo Monje de que hablamos al principio, había desaparecido desde el día 26 cuando se dirigía a oficiar misa al templo de La Soledad. Acusaba de que seguramente fue víctima de los actos perpetrados por los enemigos del movimiento cismático, los Caballeros de Colón. En una de esas, el tal Monje pertenecía al grupo de los que dicen voy por cigarros y nunca vuelven. Pero, por lo pronto, el problema cismático no terminaba de resolverse. En ese contexto, se afirmaba que sería el estadista Elías Calles Campuzano quien habría de encontrar una solución al mismo.

Mientras tanto, empezaban a surgir voces cuestionando si el denominado patriarca Pérez era realmente el líder del movimiento. Al respecto, en una editorial publicada en el diario regiomontano, El Porvenir, un ciudadano de nombre Carlos Polo en su columna, “A la vera de la ruta”, se preguntaba si el susodicho patriarca “sólo está en el escenario aparentando tocar y es otro el que toca el clarinete oculto entre bastidores”.  Pero no todo eran dudas acerca de los cismáticos, había quienes abiertamente les mostraban sus simpatías.

Ellos integraban un grupo de senadores y diputados, veintiuno en total, entre los que se encontraban un par de diputados, el líder de la CROM, Ricardo Treviño, y Juan José Bátiz Paredes. Clamaban que la independencia nacional se quedó a medias y que, con la llamada Iglesia Católica Mexicana habría por fin de lograrse plenamente. Como lo hemos afirmado en otras ocasiones, eso de la interpretación de los asuntos de la fe termina por nublar la razón al más pintado.

A lo largo del país, unos combatían y otros apoyaban a los cismáticos. En Veracruz, un juez de distrito ordenó al inspector de policía que diera garantías a los templos católicos para evitar que los cismáticos se apoderaran de ellos. En Orizaba, católicos se decían dispuestos a negar apoyo a cualquier intento separatista. Igual actitud asumían en San Luis Potosí un grupo de damas. En Querétaro pululaban rumores de que los cismáticos llegarían para apoderarse de los templos de San Francisco, La Cruz, El Carmen, Santa Clara y otros. Ello, provocó que un buen numero de católicos tradicionales se aparecieran afuera de las parroquias en espera de zafarrancho de combate, mientras que en muchas casas asomaba pintada una leyenda con las palabras “Viva el Papa Rey”. Mientras a todos estos les ganaban las emociones, había quien actuaba de acuerdo con lo establecido en la ley.

En una nota firmada por Manuel Becerra Acosta y publicada, el 15 de marzo de 1925, en Excélsior, se narraba la entrevista que el estadista Elías Calles dio a la prensa. Afirmó que, en ese asunto, el religioso, como en todos los que se le presentaran, él obraría acorde con lo establecido en la ley. “Que, en asuntos del dogma, el gobierno no reconoce ninguna religión; para el mismo gobierno todas son iguales y muy respetables. Así que sí los católicos mexicanos necesitan templos para el ejercicio de su culto por ser estos nacionales, tienen derecho a solicitarlo de acuerdo con las leyes”. En ese sentido, “si el Patriarca Pérez necesita alguno de los templos que estén en poder del gobierno, y que no sea el de La Soledad, porque ya está destinado al servicio de la Secretaría de Educación Pública, se le concederá”. Al leer esto, recordamos una herejía similar cuando en los tiempos de la Revolución, los carrancistas ocuparon el templo de San José en Querétaro y lo convirtieron en biblioteca provocando con ello la indignación de los feligreses amantes del dogma antes que del conocimiento racional. Pero dejemos el paréntesis y volvamos a la perspectiva del estadista.

Elías Calles precisaba que “…por las declaraciones de algunos prominentes miembros de la Iglesia Romana, he venido al convencimiento de que pretenden provocar en la república una agitación indebida y tengo conocimiento, también, de que en muchos curatos están desarrollando una labor de desobediencia a las leyes de la república y al gobierno, por lo cual ya giré instrucciones a todas las autoridades del país, para que procedan con toda energía contra todos esos curas y dignatarios de la Iglesia Romana; cualquiera que sea su categoría, para que los consignen a las autoridades judiciales y se clausure el templo en donde se haga esa labor”. Asimismo, precisaba: “Dictaré las ordenes necesarias …para que sean expulsados del territorio nacional todos los sacerdotes extranjeros que no han querido cumplir con el mandato constitucional relativo”. Dos días después de las declaraciones mencionadas, se publicaron un par de notas.

Una, mencionaba que los bienes de La Soledad ya habían sido asegurados. A la vez, se daba a conocer que los cismáticos podrían operar los templos de Corpus Christie y Santa Teresa. En otra, se anunciaba que el líder futuro de la reyerta inútil, el arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez iba camino a dicha ciudad. En el trayecto, en Torreon, un reportero de Excélsior le preguntó acerca de los rumores que lo señalaban como el jefe verdadero del movimiento cismático. Ant ello, respondió: “En una forma clara, concisa y terminante rechazo con energía ese cargo de los enemigos de la fe en Cristo y que seré fiel a la Iglesia Romana hasta el último suspiro. Estas son maniobras de los incrédulos que han visto ya claro su fracaso rotundo”. ¿Sería del todo infundado el liderazgo supuesto?

Mientras tanto, en la Ciudad de México, se celebraba el “Día del Desagravio” y se anunciaba el intento de chicanada que buscaban realizar los sacerdotes extranjeros quienes solicitaban nacionalizarse mexicanos para seguir operando en el país. A la vez, en Puebla, un grupo de cismáticos intento apoderarse de un templo ubicado en el barrio popular de Analco lo cual fue impedido por los lugareños que lo impidieron a punta de balazos, ni quien lo dudara la caridad cristiana prevaleciendo en unos y otros. Con don Pancho ya en el país, se empezó a mostrar que ya bastaba de ensayos, fuera caretas.

El 14 de marzo, se constituyó la Liga Nacional de Defensa Religiosa integrada por miembros de los Caballeros de Colón, la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) y otros católicos quienes decían se agrupaban “para contrarrestar la labor en contra de la Iglesia Católica Romana que en estos últimos tiempos se ha manifestado en varias formas”.  Si bien enfatizaban que la Liga era un ‘órgano de carácter cívico, argüían que “la cuestión religiosa en México es cuestión política desde el momento en que ha tenido cabida en la Constitucion de la República y se han apropiado los poderes públicos el derecho de legislar sobre ella”. Ni quien les fuera a negar que al final de cuentas el motivo de su acción se derivaba de sus apetitos políticos.

Clamaban por cambios en la Constitucion para que les devolvieran la exclusividad religiosa, la de la enseñanza, la del manejo discrecional de todos los bienes que poseyeran y los dineros que recabara. Asimismo, demandaban que nadie dictara leyes sobre asuntos religiosos.

Por su parte, el secretario de gobernación, Gilberto Valenzuela Galindo, declaraba inconstitucional la denominada Liga que, desde su perspectiva, no era otra cosa que un organismo político. Mientras tanto para René Capistran Garza, un miembro prominente de la ACJM, la Liga no era política porque no perseguía fines electorales sino simplemente defender sus creencias religiosas. Al respecto, apuntaríamos que lo político no solamente se circunscribe a la materia electoral.  A la par, desde Guadalajara, ya con su manager, don Pancho, a distancia corta en la esquina, “el cabildo, el clero secular y regular, y el pueblo cristiano del arzobispado de Guadalajara” lanzó un manifiesto en el cual calificaban de “erróneo, absurdo y satánico el proyecto de crear en nuestra república una Iglesia Apostólica Nacional Mexicana”. Por ello, reafirmaban su adhesión y sumisión al ciudadano Ambrogio Damiano Achille Ratti, a quien identificaban como el papa Pío XI.

Y como para ganar adeptos no hay como victimizarse, de pronto surgieron rumores de que el arzobispo Mora y Del Río estaba detenido, lo mismo que los miembros de la Liga, lo cual era simplemente falso. Pero no todos los católicos estaban de acuerdo con la Liga. Inicialmente, la Unión de Damas Católicas mostró su inconformidad pues la consideraban una agrupación de carácter político y en los estatutos, de la Unión, prohibían participar en actividades de ese tipo. Sin embargo, poco duró la rebeldía y una dama de nombre Elena Lascurain de Silva, ostentándose como presidenta de la Unión Nacional de Damas Católicas Mexicanas, salió a desmentir aquello y reafirmar su apoyo a la Liga a la que ya no consideró un ente político sino uno en defensa de la religión católica.

Cuando parecía que todo se quedaría en proclamas y protestas verbales, el 29 de marzo, en Aguascalientes, un grupo de católicos bajo la dirección de un sacerdote español, Vicente Girau, se parapetó en el templo de San Marcos para defenderlo pues había rumores de que los cismáticos llegarían a apoderarse de él. Cabe apuntar que esa región pertenecía a la Diócesis de Guadalajara. Dada la situación, las fuerzas armadas se aparecieron en la plaza cercana para vigilar y en un momento dado, algún fanático, de esos que nunca faltan, atacó a los miembros de la tropa. Esto provocó un zafarrancho al que se unieron los católicos que resguardaban la parroquia y aparecieron armas que provocaron la muerte de un soldado e hirieron a un coronel, un capitán y dos miembros de la tropa. Como respuesta, el ejército se adentro en la parroquia y arrestó a 72 personas incluyendo al cura ibérico. No había duda, las prácticas continuaban para lo que era el gran proyecto, la reyerta inútil.

Para cuando se dieron esos eventos, la Iglesia Católica Apostólica Mexicana ya había pasado a ocupar un lugar secundario. Su iniciativa como tal no prendió, pero si abrió la puerta para que la denominada Iglesia Romana pudiera iniciar la embestida final en busca de impedir el nacimiento del Estado Mexicano Moderno y, a la vez, tratar de recuperar el monopolio religioso.

En ese contexto, el 7 de abril de 1925, el expresidente Álvaro Obregón Salido escribió al estadista Elías Calles Campuzano advirtiéndole que no prestara ningún tipo de ayuda a la Iglesia Cismática. Obregón creía que, si los cismáticos triunfaban, el país se dividiría entre dos partidos católicos: uno nacional y otro apoyado por Roma. Por consiguiente, no tenía sentido crear esta división, en la que el clero, ya fuera nacional o tradicional, sería el vencedor.

Contrario a la creencia popular, estimamos que la denominada Iglesia Católica Apostólica Mexicana no fue un instrumento del gobierno de México para oponerse a la institución religiosas tradicional, sino una herramienta de esta para abrir la puerta a la revuelta que llevaban años planeando y que lo único que generaría después de tres años fueron cien mil mexicanos muertos inútilmente y que el erario público perdiera millones de pesos, mismos que  pudieron haberse utilizado para apoyar el crecimiento y desarrollo del país y no para ir a enfrentarse en una reyerta inútil que se resolvió vía un Modus Vivendi que pudo haberse firmado desde mucho antes.

Pero el mejor resumen de lo que fuera la Iglesia Católica Apostólica Mexicana fue provisto, en febrero de 1928, por el expresidente Obregón cuando un ciudadano de Tianguistengo, Estado de México, Roberto Gutiérrez, le envió un comunicado solicitándole un favor para miembros de la Iglesia Cismática. Gutiérrez argumentaba que el gobierno mexicano mantenía muy buenas relaciones con dicha organización. Obregón respondió rechazando cualquier simpatía por la Iglesia Cismática. Para él, los cismáticos no representaban ningún cambio en la postura sobre asuntos religiosos; seguían siendo dogmáticos e intolerantes, como el catolicismo tradicional. Dado que Obregón no había sido educado en la escuela de la corrección política, estimaba que la Iglesia Católica Apostólica Mexican no era sino “la hija bastarda de Roma”. vimarisch53@hotmail.com

Añadido (26.15.48) El jefe del Estado Vaticano es el responsable de la política interior y exterior, así como de todos los asuntos diplomáticos de dicha entidad. Por lo tanto, él es un ente político.  Lo relacionado con los temas espirituales es algo que compete reconocer únicamente a quienes, desde su muy personal y respetable perspectiva, profesen el catolicismo. En consecuencia, no es válido encubrirse en lo segundo para clamar superioridad sobre el resto de la humanidad mientras actúa como lo primero.

Añadido (26.15.49) Lo mencionamos, el 21 de marzo de 2026, bajo el Añadido (26.11.38) que se leía: “No se preocupó de condenar la matanza de miles de ciudadanos iranies. Eso sí, ahora clama que acabe la guerra que tiene contra las cuerdas a los carniceros investidos de clérigos musulmanes. ¿Serán asuntos espirituales u otros los motivo$?” Lo repetimos ahora: ¿Alguien le ha escuchado al “pacifista” reclamar por los 42 mil iranies masacrados por los mullahs?

Añadido (26.15.50) Pedrito, el españolito, ya fue a China para ofrecerle que España puede convertirse en la puerta de acceso para dominar Europa. A cambio de ello, ha solicitado que lo encubran en el sinfín de trapacerías que ha cometido junto con sus socios ya sentados ante un juez, y si no fuera mucha molestia que eviten el proceso judicial que enfrenta su esposa.

Añadido (26.15.51) ¿Serán ciertas las voces que se escuchan afirmando que el objetivo no es finalizar guerra alguna sino crear un divisionismo atroz entre los más de trecientos millones de personas que habitan en un territorio cuya superficie es superior a los 9 millones de kilómetros cuadrados y en esa forma poder concretar uno de los sueños incumplidos de la trasnacional más añeja que opera en el mundo?

 

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