Por David Martín del Campo
El desayuno fue en el restaurante del hotel Geneve de la Zona Rosa. Nos habíamos citado varios colegas para discutir los contenidos de la Feria del Libro del INAH, de la que entonces yo era responsable. El país invitado, las ampliación de los “stands”, la edición de un libro conmemorativo. Entre otros estaban ahí el añorado Hernán Lara Zavala, director de publicaciones de la UNAM, y Joaquín Díez-Canedo, encargado del FCE.
“Podríamos invitar a Elena Poniatowska a la ceremonia inaugural”, propuso alguien, cuando me alcé de la mesa buscando los sanitarios. Al pasar junto a la recepción noté que todos observaban el televisor en medio del muro. Una noticia matutina, la cámara enfocando aquellos edificios de Nueva York. Una de las torres gemelas con un hoyo en el piso 106, que soltaba humo. “¿Qué pasó?”, quise indagar.
“Parece que un avioncito se estrelló contra el edificio”, y me fui a la mesa a informar. Hernán se volvió hacia el monitor a la distancia, “debe haber sido un piloto que se quedó dormido”. Pagamos la cuenta y nos fuimos despidiendo. Joaquín, con más curiosidad, me acompañó a la mesa de recepción para mal escuchar al locutor que comentaba el hecho, cuando ¡madres!, un segundo avión impactó contra la otra torre, e hizo que el buen Joaquín se fuera al piso de la impresión.
Era el 11 de septiembre de 2001. Y cambió el mundo.
La fruición iconoclasta nos acompañará por siempre. Destruir la obra, los monolitos que dejan nuestros gobernantes, para lanzar esa nada como testimonio del cambio (¿revolucionario?) que se está gestando. Muy pronto se supo que los terroristas que se inmolaron en los tres ataques simultáneos (el del Pentágono fue parcial, el de la Casa Blanca no se consumó) pertenecían a Al-Qaeda, la organización yihadista que pretendía (pretende) instaurar la ley islámica en todas las sociedades “paganas”… como la nuestra.
Destruyendo las torres gemelas, que eran el emblema del progreso y las finanzas en la capital del dinero, se estaría demoliendo un símbolo… que tal vez facilitaría el ascenso de la sociedad pura, regida por el Corán, para erradicar a las corruptas democracias de Occidente.
Lo que siguió fue el prolegómeno de la historia que navegamos en el siglo XXI… y que en nuestro medio coincidió con la ruptura del régimen más o menos autocrático de entonces. Vencido el PRI en las elecciones del año 2000, se pensó que ingresaríamos en una lucha política moderna, justiciera, de iguales.
El movimiento iconoclasta del siglo VIII y IX de nuestra era, fundamentalmente en Bizancio, decretó la destrucción de todas las imágenes religiosas (crucifijos, santos, retablos) para que los feligreses rindieran pleitesía a “la esencia divina” y no su representación en piedra o madera. Así fue la lucha de entonces, iconoclastas contra iconódulos, es decir, “los adoradores de las estampitas”, diría alguien.
Cada régimen tiene sus particulares sagrarios. ¿A quién hay que venerar?, y a quién enterrar. El enemigo del anterior régimen fuer el Héroe del 2 de abril, Porfirio Díaz. Era el tirano protocapitalista, el ricachón afrancesado, el siete veces presidente (en cargo discontinuo, de 1876 a 1911). Otras figuras a las que, paulatinamente, se encargarían de demoler los historiadores modernos, fueron desde luego Victoriano Huerta, Venustiano Carranza, Elías Calles, Gustavo Díaz Ordaz, Felipe Calderón… cuya estatua, derribada, reposa en los jardines de Los Pinos sin que un alma caritativa se anime de erguirla de nuevo junto a sus pares.
Ese ánimo intolerable es el que ha permeado, por ejemplo, en las declaraciones de los últimos tiempos contra el ser español. Todo lo que represente al reino de España ha sido condenable por los gobiernos de AMLO y la presidenta Sheinbaum. De la necedad de exigir “perdón” por los excesos de la Conquista, a la idea de cambiarle el nombre al Paso de Cortés, en la cordillera de Anáhuac, asoma ese prurito iconoclasta, que muy bien permite atender esas nimiedades cuando no el avance de las mafias criminales por medio país.
Ciertamente que las pirámides de Tláloc y Huitzilopochtli fueron arrasadas en la Tenochtitlan de entonces… con cuyos piedras fueron cimentados (por cierto) los edificios del Palacio Nacional y la catedral metropolitana. Destruir para reconstruir, vieja norma de la economía. De modo que el ánimo iconoclasta no nos abandona. Echarle la culpa de todos los males al antecesor… “que nosotros traemos la redención inscrita en la sonrisa”. Echarle la culpa a los que no piensan como nosotros… “emisarios del pasado”, les llamó Luis Echeverría; “sanguijuelas del periodo neoliberal”, se les criticó más recientemente.
Se han cumplido 25 años de aquel ataque terrorista, que culminaría (diez años después) con el apresamiento y ejecución de Osama Bin Laden. Dede siempre andamos cuidándonos de esos modernos vándalos que no respetan cosa alguna, sagrada ni profana. ¿Y quien habla de reconstruir? Es la tarea.