Por Fred Alvarez Palafox…
Los pasillos de la Organización de Estados Americanos (OEA) resonaron con una mayoría abrumadora: 29 países levantaron la mano. El objetivo de la convocatoria era claro: buscar acciones urgentes ante el plan del gobierno de Nicaragua para borrar a la oposición de las urnas y asegurar un mandato perpetuo para la pareja presidencial: Daniel Ortega y Rosario Murillo. En ese mar de manos alzadas a favor de la democracia, dos sillas desentonaron con la urgencia del hemisferio: el rechazo solitario de Brasil y la calculada, casi cínica, abstención de México en voz de Alejandro Encinas.
Desde el micrófono de la representación mexicana, la voz del otrora comunista Alejandro Encinas justificó el letargo institucional. En sintonía con la línea dictada desde Palacio Nacional por la presidenta Sheinbaum, la diplomacia mexicana se escudó una vez más bajo el paraguas marchito de la autodeterminación de los pueblos y la no intervención. Etcétera, pura retórica. Un espejismo verbal confeccionado a la medida para no incomodar a la dictadura.
El argumento central de México advierte que forzar acciones sobre una nación que oficialmente ya abandonó la OEA podría exceder las facultades del organismo y transformar una crisis de derechos humanos en un conflicto de seguridad continental. Pero la diplomacia, cuando se encierra exclusivamente en manuales, dogmas del pasado y doctrinas de escritorio, corre el riesgo de olvidar los rostros humanos que sufren sus consecuencias.
Es la burocratización de la apatía. Lástima.
Detrás de la retórica gubernamental nicaragüense que cataloga a sus opositores como “traidores a la patria” o “golpistas”,, y los han despatriado hay una realidad que no sabe de eufemismos: familias fragmentadas, cientos de miles de exiliados forzados y el recuerdo todavía palpitante de más de 300 muertos en las protestas ciudadanas de 2018. Para quienes huyen o resisten el régimen en Managua, el escudo de la “soberanía” que invoca México se percibe menos como un principio jurídico y más como un muro de intolerable indiferencia.

Al argumentar que todavía deben “agotarse las consultas” antes de tomar acciones, el Estado mexicano le apuesta a una paciencia diplomática que la disidencia en Nicaragua simplemente ya no tiene frente a la guillotina de los tiempos electorales.
¿Qué más hay que consultar cuando se anuncia abiertamente la supresión de las elecciones?
En la arena internacional, la abstención nunca es un casillero en blanco; es un posicionamiento político de peso propio y, en este caso, una innegable claudicación. Hoy, la pregunta que sobrevuela la indefinición de México cala hondo: ¿hasta qué punto la defensa inquebrantable de la no intervención justifica apartar la mirada —y lavarnos las manos— cuando la democracia de un país hermano agoniza frente a nuestros propios ojos?
Para la historia inmediata!
P.D. Alejandro Encinas, al menos, se abstuvo de votar en contra. En medio de la cerrazón, su postura asoma como un puente, un gesto de alguien dispuesto a mediar en la dolorosa crisis nicaragüense. Urge que este paso se traduzca en acción y sostenga un encuentro con los exiliados, con los desterrados a quienes les han arrebatado la patria.