Columna de opinión
La ingrata muerte de Simón Bolívar
Ricardo Del Muro
Ricardo Del Muro / Austral
La finca de San Pedro Alejandrino, ubicada en la bahía de Santa Marta del caribe colombiano, fue el último refugió del libertador Simón Bolívar. Llegó muy enfermo, el 6 de diciembre de 1830, sólo para morir once días después víctima de la tuberculosis.
Después de renunciar a la presidencia de la Gran Colombia, prácticamente solo, traicionado por sus más allegados, quienes incluso trataron de asesinarlo, Bolívar encontró cobijo en esta finca azucarera caribeña, propiedad de Joaquín de Mier y Benítez.
Hace una semana, tuve la oportunidad de viajar a Colombia y conocer la Quinta de San Pedro Alejandrino, ubicada en el Barrio Mamatoco en Santa Marta. La visita, que hice acompañado de mi esposa Katy y Katia, mi hija, fue gracias a la gentileza y guía de nuestros primos y anfitriones, Luis Felipe y Astrid Mendoza Gamarra.
Es una antigua finca del siglo XVII, originalmente dedicada a la producción de ron, miel y panela, que está pintada de color amarillo ocre, donde sobresale la Casa Principal. En la habitación, donde falleció Bolívar el 17 de diciembre de 1830, se conserva aún el reloj de origen alemán que detuvo el general Mariano Montilla tres minutos, cincuenta y cinco segundos después de que murió el Libertador a la edad de 47 años.
Es un cuarto sencillo, donde destaca una cama cubierta con la bandera de Colombia. En otra habitación, se conserva una escultura funeraria en mármol de Bolívar y en al extremo de la finca, de manera contrastante, destaca una edificación construida en 1930 que alberga el Altar a la Patria, donde destaca la figura del Libertador.
Unos días antes de morir, Bolívar le pidió a su médico que le hablara francamente y éste le dijo que no que creía que pudiera salvarse. Bolívar expresó: “¿Y ahora, como salgo yo de este laberinto?”. Entonces se decidió a escribir su testamento político. “No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia (…) Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.
Esta frase agónica de Bolívar inspiró a Gabriel García Márquez para escribir su novela “El general en su laberinto” (1989) que se centra en el viaje que llevó a Bolívar de Santa Fe de Bogotá a la costa caribeña de Colombia para intentar abandonar América y exiliarse en Europa. La novela explora los laberintos de la vida de Bolívar a través de la narración de sus recuerdos.
El recorrido por esta finca caribeña hace brotar el espíritu filosófico y como dice la canción del colombiano Omar Geles, el “Diablito”: “Los caminos de la vida no son como yo pensaba…”
Sólo después de la muerte de Bolívar su leyenda se arraigó y creció, señala su biógrafa Marie Arana. Pocos héroes han sido tan exaltados por la historia, tan venerados en todo el mundo y tan inmortalizados en mármol. Con el tiempo, el rencor que hostigó sus últimos días se convirtió desenfrenada.
Pero ese giro, tal vez único en los anales de la historia – advierte Arana -, se demoró en llegar. Mientras se apagaba su vida y se enfriaba su cadáver, solo sus fieles estuvieron allí para llorarlo. Bolívar murió agraviado, incomprendido, difamado en todas las repúblicas que liberó: Venezuela, Colombia, Ecuador, Panamá, Bolivia y Perú.
A pesar de haber nacido en la riqueza, murió pobre. No obstante los ingentes recursos que llegó a controlar, rehuyó la recompensa financiera. Dejó esta vida sin un centavo, indefenso y desposeído. Expulsado de Bogotá, odiado por el Perú, ansiando regresar a su amada Caracas, pronto descubrió que incluso en su tierra natal le habían prohibido el regreso a casa. Sólo unos cuantos lloraron su muerte: su mayordomo, sus tenientes incondicionales, sus hermanas, el hijo de su hermano, algunos amigos dispersos. Del resto hubo pocas condolencias. “¡Adiós al espíritu del mal – graznó el gobernador de Maracaibo -, autor de toda desgracia, tirano de la patria”. Pasarían doce años antes que llevaran a Caracas en marcha triunfal los huesos de Bolívar.
En fin, este recorrido por la finca San Pedro Alejandrino no sólo fue una lección de vida, sino que confirmó la vieja advertencia: “En política, las amistades son de mentiras, pero los enemigos son de verdad”. RDM
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