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  • El Patriarca Goza de Cabal Salud… Política

 

El regreso formal del gobernador Rocha de Sinaloa tiene tres únicas lecturas políticas, y una cuarta que no lo es política:

1.      Montaje. Acuerdo entre la presidente de jure y el presidente de facto para entregar a EEUU al gobernador cuyo fuero sólo le sirve para efectos nacionales. Para confirmar la especie haría falta que las próximas horas haya actos jurídicos tangibles, incluso extraterritorialmente. En el imaginario político-judicial, Rocha es carnita fresca para un glotón estadounidense ávido de prosélitos de cara a las votaciones de noviembre.

2.      Tlacaélel. El regreso de Rocha contó con el aval del patriarca de Tepetitán, sobre las decisiones de Palacio Nacional. A la presidente debieron notificarle, no pidiendo su consentimiento, por lo cual enfermó —«Nada más es una gripa muy fuerte lo que tengo»—. Le recomendaron descanso el viernes, pero al día siguiente apareció entera físicamente, por cierto, con un cubrebocas mal puesto [foto]. Los subalternos —gabinetes, cámaras y club de gobernadores que lo respaldaron hace dos años y le cantaron «No estás solo»— respaldaron la tesis sheinbaumista de insubordinación rochista, con sendas cartas escritas con la misma pluma. También en las próximas horas la Presidencia de la República debe sacudirse la hipótesis de que López Obrador sigue mandando.

3.      Desafío. En este país de dos presidentes nadie reta al poder depositado en un solo hombre —hombre, como ser animado racional—, a menos que se apellide Rocha y sea el primero de la historia. Todo sabe el presidente de turno, quien quiera que sea. Históricamente era imposible no saberlo. La segunda posesión de Rocha como gobernador supone protocolos previamente ordenados y consensuados, incluso de pacto federal, no actos de mera ocurrencia por impulso personalista. Nadie le jala la cola a un tigre. Esta tercera lectura de libertinaje político confirmaría las otras lecturas: es un montaje y aval del poder tras el trono.

 

La respuesta de Presidencia vía redes para los medios, fue más bien ambigua —«Ningún interés personal puede estar jamás por encima de los intereses del pueblo y de la Nación […] Porque el poder sin principios se vuelve arrogancia; el poder sin límites, abuso […] México merece servidores públicos que entiendan que los cargos son pasajeros […] El Pueblo no está para alimentar ambiciones personales […] Por encima de cualquier nombre, de cualquier grupo y de cualquier interés particular, está el pueblo y la Nación—: se lo dijo a López Obrador o a Rocha. A los dos. O a ninguno.

No es sólo «una gripe muy fuerte» lo que tiene la presidente. Y si, sí, debe actuar con la fuerza que le mandata la Constitución, contra el interés personal, sea cual sea su nombre. El trasfondo delincuencial, si lo hay en el regreso de Rocha que mantiene a México sin dormir, no es lectura política. No habla nadie de presiones de quienes corren adelante. Pero no deben quedar descartadas. Limpiar la casa guinda para ordenar el gobierno, es faena inaplazable. —Antes de que oscurezca, canta Serrat, llenad de vida la despensa.

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