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Digger. La puesta en escena de la complejidad actual

POR FERNANDO PESCADOR GUZMÁN.

 

Hoy dejaré de lado los temas sobre los que cotidianamente escribo, porque el sábado pasado fui a ver la más reciente película del cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu. Que conste que no sé nada sobre técnica cinematográfica, planos, iluminación. Sé que existen, pero como el álgebra, ahí está y es útil, pero nunca la he utilizado para ganarme el pan de cada día.

Solo soy un espectador profesional que ha ido al cine de manera recurrente desde hace más de cincuenta años, cuando de niño me llevaron a ver Beach Red (1967) en el cine del club Chapultepec a mediados de los 70s. Desde entonces soy un individuo que ha ido a ver en la pantalla grande Casablanca (1942) y Lawrence of Arabia (1962) por el simple placer de ver material que ya conocía, pero resultaba necesario verlo en su formato original.

Por lo tanto, inicio, sin ningún rigor metodológico, con la fotografía. Emmanuel Lubezki logra una coloración mate en donde no hay sombras para lograr un efecto sobre el espectador. Tras tres minutos uno se encuentra, como Alicia en el país de las maravillas, dentro de la habitación con los personajes. Si algún aspecto de la película llegará a la mención en la entrega de los premio Oscar será la fotografía.

La trama es donde sospecho se generarán las críticas. Lo sé porque mi acompañante en esta ocasión (she / her) me lanzó miradas de “te lo dije” a lo largo de la proyección. Por eso no dejé que llenara el cuestionario al final de la función. Enemigo de los spoilers solo diré que es una historia que explora el cambio climático y sus repercusiones energéticas, geopolíticas y sociales.

En parte parodia, ridiculiza la elite política, militar y religiosa contemporánea de los Estados Unidos. Fino humor negro, con guiños a Kubrick y su Doctor Strangelove (1964), que habilita una discusión interesante sobre el cambio climático, la responsabilidad de la industria petrolera y la vulnerabilidad energética y política de Europa. Ante un cataclismo natural, la Unión Europea sesiona en lo que fue el Reichstag, hoy conocido como Deutscher Bundestag. Discursos incendiarios, por decir la verdad, causan más caos que orden.

Esa es la puerta de entrada a la complejidad actual. La trama nos sumerge hacia el individuo y su circunstancia. El poder de destrucción de las armas nucleares que siguen ahí, una fuente adicional de toxicidad para la humanidad que enfrenta, desamparada a la naturaleza. La posibilidad de una respuesta es imposible de articular por la tensión entre fe y ciencia. Atenazados por nuestros propios prejuicios la humanidad sólo puede adaptarse al hecho consumado.

Es aquí en donde la obra enfrentará sus peores críticas. No por las temáticas que aborda. Creo que González Iñárritu busca una formula propia. Así como Quentin Tarantino se ha hecho dominando la técnica de narrativa fragmentada, Iñárritu busca una técnica que yo llamaría de “espiral”. Intuyo que el director mexicano busca hilar temas macro como el cambio climático, la crisis del liderazgos político en EUA y el problema de una industria mortal pero irremplazable con temas micro, como el trauma infantil, la responsabilidad individual y la fe cristiana.

No sé si lo haya logrado, pero esa no es razón para evitar la película.

Las actuaciones merecen ser mencionadas. Tom Cruise nos recuerda tras casi 20 años porque es un actor trascendental. En esta ocasión su personaje es la antípoda de su persona. No nos recuerda, franquicia tras franquicia, que es físicamente superior al 99.9% de hombres de su edad, por el contrario, muestra a lo largo de la película que su vulnerabilidad ante la vida también es nuestra. Digger, el personaje, es el centro de atención, pero a la vez es el lente por el que vemos, vivimos, las tramas mayores.

Riz Ahmed, el “hombre café”, es la voz de la razón y como tal es inseguro, ambivalente ante el poder y susceptible al relato. Bien actuado, convence y nos seduce.

John Goodman demuestra con fina pericia que la locura es método y que eso, en un hombre con el poder de las armas nucleares, es el eslabón más débil de nuestra complejidad.

Sandra Hüller, que con alarde irrumpe con neurosis teutona, encarna nuestras mejores esperanzas de que la “energía verde” es posible y es el camino, sólo para darle cara a la tragedia de que no es así. Que sea mamá soltera le añade una dimensión adicional a la desdicha.

Desdicha que es rescatada por Jesse Plemons, el sobreviviente real dentro de una ficción. Su personaje nos recuerda que el fracaso de los padres, o de una generación, muchas veces sienta las bases del éxito de los hijos, o futuras generaciones.

Digger no es una película fácil para el espectador. No por mala, sino por buena. El punto débil es que ese arco narrativo en forma de espiral quizás aún no cuaja del todo y en audiencias acostumbradas a narrativas muy masticadas es muy posible que queden insatisfechas.

Pero como decían los merolicos de la Alameda de los años 40 del siglo pasado “que no le digan, que no le cuenten”. Véala y decida usted mismo.

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