Columna de opinión
Rector, facultades, secretarios, gobernadores rompan el cerco
Eduardo Sadot
Eduardo Sadot
En el ejercicio de la administración pública es común que los funcionarios de primer nivel se dejan cercar por sus equipos, a veces no se dan cuenta y otras, en su zona de confort, no son capaces de romper el cerco que les tienden sus colaboradores.
Con años de experiencia hemos observado ese fenómeno, ingenuamente llegamos a creer que los titulares no se dan cuenta, pero a veces la complicidad o comodidad los envuelve y los ata a su primer círculo y no importa el cargo o rango, nadie se salva. A veces son instrumento, otras víctimas.
Resulta cómodo para un funcionario delegar trabajo, pero conlleva riesgos. En todos los rangos existe el riesgo del “cerco”, presidente de la república, gobernadores, directores de organismos descentralizados, rectores, secretarios federales y estatales, presidentes municipales, delegados, legisladores, en los tres órdenes de gobierno, federal: senadores y diputados; locales, diputados; municipios: regidores y síndicos, directores de escuelas, institutos o facultades, nadie se salva y si se dejan, más.
El cerco es imperceptible o invisible para el funcionario, los hay que hasta se creen que con jornadas vecinales la comunidad se acerca a ellos y se sienten que han cumplido, muchas veces no se enteran de los abusos de sus colaboradores cercanos, porque el cerco funciona muy bien, algunos torpemente, ignoran el impacto de su comportamiento como servidores públicos siempre tienen consecuencias, a veces piensan que todos les van a pedir algo y creen que con no recibir no se comprometen, pero ignorantes no saben que también escuchar, es parte fundamental del servicio público.
A quien le moleste, no tiene ni vocación de servicio, ni oficio político. Y mientras hay desorden al funcionario lo hacen feliz con las lisonjas, ni enterado de la verdad de su oficina, hasta que un día le revienta y suele ser el día que menos lo esperan y sus consecuencias son irreversibles en su perjuicio y del cargo que desempeñan.
Un secretario particular, cuando es un aliado y no está enfermo de poder, es muy útil para el jefe y para sus colaboradores, pero cuando es arrogante o se sube al ladrillo y es adversario, es un dolor de cabeza y le hacen mucho daño al jefe. Recuerdo la experiencia de un excelente secretario particular, que cuidaba a su jefe hasta de él mismo.
Cuando hacen bien su trabajo, les puede uno consultar si podrían ver al jefe sobre algún asunto, el secretario aplazaba las audiencias y a veces en confianza decía, no entre a acuerdo porque el jefe anda nervioso y le dirá a todo no. Otras veces llamaba por la red y decía, si tiene algo difícil que acordar acuérdelo ahorita – era porque percibía, que el jefe estaba de buenas y tendría la actitud de escuchar más razonable o perceptivamente – pero también, había otros que al revés, llamaban al funcionario con quien no simpatizaban exactamente en el momento contrario y los acuerdos para que siempre saliera mal.
Otras veces los círculos son tan cerrados y el cerco es impenetrable que los funcionarios inclusive pierden la oportunidad de robustecer sus equipos con personal altamente capacitado y pudiendo conformar un gran equipo el cerco les impide ingreso a personajes más competentes, porque temen que les puedan superar y caer de la simpatía de su jefe, es cuando el jefe se va quedando con lo peor y se dan cuenta demasiado tarde.
Ha habido casos en que su equipo les enemista gratuitamente y el jefe ni cuenta se da, que el subordinado del primer círculo, utiliza su relación e influencia para usar el poder de su jefe para atacar o lastimar a sus amigos convirtiéndolos en sus enemigos.
Lo cierto es que con el correr de los años, los titulares de alto cargos descubren el daño causado o que les dañó en su período, cuando es demasiado tarde. Ejemplos abundan. En otro espacio hablaremos de casos específicos de funcionarios y subordinados cercados y cercadores.
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