José Luis Parra
A Rubén Rocha Moya se lo tragó la licencia.
Desde la noche del primero de mayo nadie lo ve, nadie lo retrata, nadie lo presume. El gobernador de Sinaloa, acusado por la justicia de Estados Unidos de presuntos vínculos con facciones del Cártel de Sinaloa, pidió separarse temporalmente del cargo y de paso se separó también de la vista pública.
Qué conveniente.
Un gobernador con licencia, pero con policías estatales cuidándolo. Sin aparecer, pero gobernando en la sombra. Sin dar la cara, pero dejando que otros expliquen lo inexplicable.
Omar García Harfuch dice que Rocha está en Sinaloa.
Muy bien.
¿En qué Sinaloa?
¿En el Palacio de Gobierno? ¿En Badiraguato? ¿En la Novena Zona Militar? ¿En Tres Ríos? ¿En alguna habitación con cortinas cerradas y televisión sin volumen?
Porque una cosa es estar en Sinaloa y otra muy distinta es dar la cara en Sinaloa.
La ausencia de Rocha ya no es un detalle político. Es parte de la crisis. Y cuando un gobernador desaparece en medio de acusaciones de corrupción, protección criminal, sobornos y violencia desbordada, el silencio deja de ser prudencia y empieza a parecer confesión.
Obviamente, todo esto tendrá que probarse.
Pero mientras tanto Sinaloa arde.
Más de 2 mil 800 asesinatos, miles de desapariciones, robos violentos, empresas cerradas, empleos perdidos, deuda pública y una economía que empieza a oler a miedo.
Y Morena, claro, tratando de administrar el incendio con cubetas de saliva.
La gobernadora interina dice que la última vez que habló con él fue cuando pidió licencia.
La secretaria de Gobernación responde: “¿Y yo por qué?”
Gran frase para una crisis de Estado.
Digna de bordarse en la entrada de Bucareli.
La pregunta es simple: ¿Dónde está Rocha?
Y la otra, más incómoda: ¿quién lo está protegiendo?
Porque si nada debe, que aparezca. Que explique. Que comparezca. Que mire a los sinaloenses de frente.
Pero si no aparece, si todos fingen no saber, si el gobierno federal lo ubica pero no lo muestra, entonces el problema ya no es solamente Rocha.
El problema es el pacto.
Y cuando los pactos se pudren, el olor llega hasta Palacio Nacional.
Sinaloa merece respuestas. No rumores de azotea, ranchos, cuarteles o casas discretas.
Por lo pronto, Rocha Moya pasó de gobernador poderoso a fantasma político.
Y los fantasmas, ya se sabe, asustan más cuando nadie quiere decir dónde están.