Columna de opinión
La Costumbre del Poder: Periodismo y poder
Gregorio Ortega Molina
* El punto de quiebre de nuestra relación, más amistosa que profesional, se dio por etapas. Cuando reclamó mi ingreso al unomásuno, lo que concluyó con una respuesta que lo dejó mudo: “¿Cuándo me invitó a Proceso? Años más tarde me invitó a comer a La Cava, entonces ya en Insurgentes Sur, tan solo para convocarme a que hiciéramos juicio público a la labor periodística de mi padre. Luego, y con Rafael Rodríguez Castañeda como testigo, rehuyó iniciar ese juicio con un texto de él. En eso concluye el poder de la prensa, en el silencio de Denegri, o el rencor de Scherer
* En elecciones injerencia extranjera vetada, influencia del narco es bienvenida
Gregorio Ortega Molina
Todo periodista dedicado al reportaje social o a la información política, económica o la entrevista, es un profesional con poder, y puede servirse de él para ayudar a sus lectores, o simplemente para ayudarse, como lo hizo Carlos Denegri y bien intenta narrarlo Enrique Serna, quien debió servirse de otros aspectos de la vida del periodista para concluir su libro.
Imposible olvidar la mezcla de enfado y reclamo con la que Julio Scherer García me contó su desencuentro con Fausto Zapara Loredo, quien lo paró en seco al sostener que “la lealtad tiene sus niveles”, en respuesta a la exigencia de saber el nombre del sucesor de Echeverría, del que Ricardo Garibay -entre otros- se enteró a tiempo, lo que propició su enemistad con el director de Excélsior. La mazorca no llegó entera a la fundación de Proceso.
Scherer, colmado en su propia soberbia, nunca fue capaz de reconocer quién puso en sus manos el Télex para que CISA operara sin contratiempos, y cómo llegaron a ese semanario las páginas publicitarias del Centro de Estudios Históricos del Movimiento Obrero. Procedí de acuerdo a las instrucciones de Porfirio Muñoz Ledo, y así le pago Scherer García.
Durante un tiempo el director de Proceso se sintió perseguido, apestado, tanto que como durante su época de pesimismo -breve, por cierto- fui brevemente secretario particular de Javier Wimer Zambrano, subsecretario de Información de la secretaría de Gobernación -detestado por Manuel Bartlett-, don Julio disfrutaba que nos vieran comiendo juntos en restaurantes a los que acudían los políticos del momento, como Prendes.
Julio Scherer García fue, como Muñoz Ledo, un seductor de políticos, y en su encanto obtuvo información de la que supo valerse, no para esconderla y cubrirla con un manto de silencio, sino para imponerse como el único periodista ético y con el valor necesario para denunciar al poder, incluso -dicen las consejas- Ismael El Mayo Zambada accedió a dirigirle la palabra.
El punto de quiebre de nuestra relación más amistosa que profesional, se dio por etapas. Cuando reclamó mi ingreso al unomásuno, lo que concluyó con una respuesta que lo dejó mudo: “¿Cuándo me invitó a Proceso? Años más tarde me invitó a comer a La Cava, entonces ya en Insurgentes Sur, tan solo para convocarme a que hiciéramos juicio público a la labor periodística de mi padre. Luego, y con Rafael Rodríguez Castañeda como testigo, rehuyó iniciar ese juicio con un texto de él. En eso concluye el poder de la prensa, en el silencio de Denegri, o el rencor de Scherer.
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En elecciones injerencia extranjera vetada, influencia del narco es bienvenida
El presente y 2027 están determinados por la voracidad política de Andrés Manuel López Obrador y la oficiante de su secta, Claudia Sheinbaum Pardo. Las elecciones no serán limpias. Lo hecho después de 1917, a pesar de las claudicaciones, los titubeos, la sombra del caudillo, el árbitro electoral logró ser independiente y servir a los electores, no al gobierno.
En una maratónica sesión decidieron eternizar al Tribunal Electoral y regresar al INE a la época en que Álvaro Obregón determinó conculcar los principios por lo que aseguraba luchar y hasta perdió un brazo. Lo único que nos falta es la reedición de un José de León Toral.
@OrtegaGregorio
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