Columna de opinión
Durango: raíz y vuelo, en su 463 aniversario
Fernando Meraz Mejorado
NEMESIS
Fernando Meraz Mejorado
El tiempo no pasa por Durango, se posa en ella, como el polvo de oro del altiplano sobre las canteras centenarias, como el silencio sagrado que queda tras el repique de las campanas. Hoy, ocho de julio, la tierra que Francisco de Ibarra fundó con una cruz y una esperanza cumple cuatrocientos sesenta y tres años —no de edad, sino de memoria hecha voluntad, de piedra que respira, de historia que late en cada vena de sus hijos.
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México tiene con Durango tres deudas que el tiempo jamás podrá saldar, tres raíces que sostienen su propio ser:
Una, Guadalupe Victoria, por la Independencia, cuando sus hombres y mujeres alzaron la voz y el brazo para arrancar al alba las cadenas que pesaban sobre todo un pueblo; fueron la llama que no se dejó apagar, cuando la oscuridad parecía eterna.
Otra por la Reforma, cuando defendieron, con Francisco Zarco, la firmeza de sus montañas los ideales que dan forma a la patria: la ley igual para todos, la libertad en el pensamiento, la dignidad que nadie puede regalar ni nadie puede quitar.
Y la tercera, sagrada y profunda, por la Revolución: porque aquí se forjaron los sueños que, con Pancho Villa, transformaron al país, por Durango caminaron quienes entendieron que la justicia no se pide, se construye con las manos limpias y el pecho erguido.
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Durango es cuna de almas hechas de esta misma tierra: mágica, dura, noble, inquebrantable. Son hombres y mujeres que llevan la decisión en la mirada y la entereza en el actuar; que no se arrodillan ante la tormenta, sino que aprenden a caminar entre ella; que cuando el camino se cierra, abren uno nuevo con la fuerza de su voluntad. Su historia no es un libro que se lee: es un espejo que muestra lo que el espíritu humano puede ser, cuando se arraiga en la verdad y se levanta con honor.
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Dicen que eres una “Ciudad Paloma” como cantó la poetisa Olga Arias, y es verdad, porque llevas en tus alas la ternura de quien ama y la valentía de quien defiende. No huyes, no te rindes: cuando el viento se vuelve en contra, aprendes a volar más alto. Tus calles guardan el eco de quienes te hicieron, tus plazas respiran el orgullo de quienes te habitan, tus montañas te abrazan como una madre que nunca olvida a su hijo.
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Cuatrocientos sesenta y tres años son solo un latido en la eternidad, pero en ellos cabe todo un universo: sacrificios y alegrías, heridas que sanaron y sueños que se cumplieron, el paso de generaciones que te amaron hasta el último aliento. Hoy te celebramos, Durango, no como una fecha en el calendario, sino como el alma misma de esta porción de patria cuya geografía tiene la forma de un corazón; antigua y siempre nueva, serena y siempre fuerte, raíz que sostiene y vuelo que no se detiene.
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Mientras haya un corazón que te lleve dentro, seguirás aquí: eterna, fiel, invencible —la tierra donde México se encuentra a sí mismo, una y otra vez.–oOo–
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