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Columna de opinión

Los franceses se destrozaban y uno sobrevivía: Fouché

Rodolfo Villarreal Ríos

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Rodolfo Villarreal Ríos
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Rodolfo Villarreal Ríos

 

El fin de semana anterior observábamos la actuación, en Francia, de los radicales de izquierda quienes entremezclados con inmigrantes no asimilados daban rienda suelta a lo suyo, la destrucción y el pillaje. Ello, es el resultado de la incompetencia de un gobernante (¿?) como Emmanuel Macron y consecuencia de las políticas que, en Alemania, implantara años atrás, Angela Merkel quien abrió la puerta a cuanto indocumentado quisiera pasar por ese país para ir a instalarse en Europa. Dada la pequeñez de quienes hoy, supuestamente, dirigen el país galo, no podemos evitar que vengan a nuestra mente el entorno de la Revolución Francesa y dos personajes, Napoléon Bonaparte y Joseph Fouché. Ante ello, nos fuimos a los estantes y decidimos revisar, nuevamente, el libro “Fouche: El genio tenebroso,” generado en 1929 por el austriaco Stefan Zweig. Acerca de esto abordaremos en esta y la colaboración siguiente.

Sí bien, Niccolò Machiavelli y Charles Louis de Secondat, barón de La Brede et de Montesquieu, conocido simplemente como Montesquieu, son los extremos del pragmatismo político y del apego a las leyes, Joseph Fouché, Duque de Otranto (1759 – 1820) es la representación misma del pragmatismo como arma para sobrevivir en la política, o quizá lo podamos resumir como el ejemplo práctico más acabado de lo que Machiavelli y Montesquieu proponían en la teoría, lo cual le permitió convertirse en el modelo más vivo del saber acomodarse a cualquier tipo de gobierno. Lo mismo fue sacerdote y profesor en 1790 que un par de años después era un jacobino saqueador de iglesias, mientras que al año siguiente actuaba como comunista de donde, un lustro más tarde brincaría a multimillonario y tiempo después sería el poderoso Duque de Otranto, jefe de la policía de Napoléon.

Fouché fue alguien quien conjugó la teoría y el pragmatismo para estirarlos hasta el punto de que valiéndose de ellos fue capaz de sobrevivir los años del terror de la Revolución Francesa, la cual como dijera nuestra profesora de historia europea del Siglo XIX, Linda S. Frey, para lo único que realmente sirvió, a pesar de su “liberté, égalité, fraternité” fue para crear una carnicería y heredar a los franceses un dictador como Napoléon. No vamos a entrar a discutir lo referente a su genialidad militar, eso es otro asunto.

Durante ese proceso, Fouché jugó un papel fundamental que nos muestra como alguien puede sobrevivir a la carnicería aludida para después convertirse en una pieza importante en el ascenso y gobierno napoleónico. Demos un breve recorrido a esta historia no necesariamente ética, pero eso si pragmática y muy útil para los fines de quienes lo utilizaban.

Retomamos el texto de Stefan Zweig quien nos narra como aquel sujeto físicamente poco dotado se convierte en estudiante del colegio de los oratorianos. La Orden de Oratorios fue fundada en el Siglo XVI por San Philip Neri, sus sacerdotes no profesaban votos perpetuos, vivían en obediencia como sacerdotes seculares y se enfocaban en la oración comunitaria. Esta orden prevalecía en Francia desde la expulsión de los jesuitas decretada en 1764 por el rey Louis XV (1715-1764).   Aun cuando Fouché, durante diez años, viste el hábito jamás hace voto, lo cual es una premonición de lo que sería el resto de su vida.   Con nadie, ni siquiera con El Gran Arquitecto, habrá de comprometerse, todo lo hará en función de lo que más le convenga según soplen los vientos.

En medio de alientos o ráfagas, durante tres generaciones, Fouché preferirá actuar bajo las sombras. Eso sí, siempre habrá de escoger que la ventisca lo ubique en el grupo de las mayorías. Así lo hizo desde que dejó los ropajes de sacerdote e investido como diputado de Nantes, uno más, en la Convención compuesta por setecientos cincuenta. Ahí, opta por alinearse al lado de los moderados, los girondinos, el grupo que defendía el respeto a la propiedad privada, el libre comercio, el federalismo y el imperio de la ley. Con ello, provoca la ira de su amigo antiguo, Maximiliano Robespierre, a quien años atrás le había costeado el traje con que se presentó como delegado a los Estados Generales para trabajar en la nueva Constitución de Francia. Sin embargo, mientras que en el trascurso de la Convención todos pelaban por tomar la tribuna y expresar sus posturas, Fouché evita enunciar posiciones o aparecer en los diarios, “prefiere ser elegido en las Comisiones, en donde en la sombre se gana conocimiento de la situación e influencia sobre los acontecimientos sin ser observado u odiado”.

Desde la penumbra observa y espera que los ánimos encendidos actúen sobre quienes creen poseer el poder. Aún falta tiempo para que la hora de los prudentes arribe. Fouché adopta la estrategia de estar siempre “parapetado detrás de la figura principal, empujarla hacia adelante, y en cuanto avance excesivamente, en el instante decisivo, traicionarla de manera rotunda”. Es poseedor de un amor propio extenso, “pero no ansía la gloria; es ambicioso sin vanidad.” Y bajo esa premisa, a lo largo de la historia, “los girondinos caen, Fouché queda; los jacobinos son arrojados, Fouché queda; el Directorio, el Consulado, el Imperio, el Reino y otra vez el Imperio zozobran y desaparecen; pero siempre queda él, el único, Fouché, gracias a su refinado retraimiento y a su valor audaz para preservar en la falta absoluta de vanidad”.

Inicialmente estaba por la clemencia hacia el rey Louis XVI (1774-1791), inclusive tenía preparado su discurso de defensa. Sin embargo, al ver que la mayoría iba por otro cauce, cuando toma la palabra simplemente pronuncia “La mort”. Pronto, el moderado habrá de convertirse en el jacobino más rabioso. Cuando en la Convención, se da el choque entre Georges Jacques Danton y Robespierre decide ausentarse del debate y reaparecer hasta que todo está decidido.  Para su “fortuna” la Convención elige doscientos delegados quienes habrán de ir a las provincias para mantener el orden y uno de los elegidos es Fouché. Este, se va a Lyon convertido en un jacobino recalcitrante que demanda la desaparición de todo rasgo de religión católica hasta el punto de lograr que “el cardenal Francois Laurente arroje los hábitos y se ponga el gorro frigio, y le siguen, entusiasmados con este ejemplo, treinta sacerdotes…”.  Aun cuando en Paris y otras ciudades de la provincia, “la guillotina funcionaba como una máquina de coser”, Fouché en Lyon solamente aplicaba el arma del terror, pero sin ejecución. Sin embargo, se emite un decreto poco conocido el cual en uno de sus apartados dice: “Todos los habitantes de Lyon serán desarmados y sus armas entregadas a los defensores de la República.” Al calce debemos comentar que una medida similar seria aplicada en el siglo XX por la bestia austriaca en Alemania, simplemente para recordar cuando veamos que, en los EUA, los adalides supuestos de la democracia demandan se destruya la Segunda Enmienda de la Constitución.

Retornando a Fouché, más tarde, utilizando como excusa el asesinato de uno de los líderes jacobinos más radicales, Marie Joseph Chalier, inicia las ejecuciones hasta contabilizar alrededor de dos mil sin que se hubiese concedido indulto alguno, lo cual llena de orgullo al revolucionario convencido hasta que otea en el ambiente un cambio de vientos. Nuevamente, la astucia le permite tener una escapatoria. En caso de ser acusado “en Paris de benevolencia exagerada, puede señalar las mil tumbas y fachadas demolidas en Lyon”. Pero, en caso de ser señalado “como sanguinario, puede apoyarse en las acusaciones de los jacobinos que le culpan de su moderación exagerada”.  Y no tiene otro camino sino ir a la Convención dominada por su camarada del ayer- enemigo en el presente, Robespierre.

Ante el peligro, Fouché va y se arrodilla, pero es rechazado y humillado. Posteriormente, Robespierre creyó que su poder era omnímodo y que con un discurso brillante acabaría con el enemigo para reducirlo a la nada. Sin embargo, quien en el futuro será el Duque de Otranto se vuelve invisible, nadie sabe de él, pero no está quieto. “…Trabaja subterráneamente, obstinado, metódico, como un topo. Hace visitas a los Comités, busca amistades entre los diputados, es amable y afectuoso con todo el mundo y a todo el mundo busca atraerse. Intensamente, se mueve entre los jacobinos…” quienes acaban por elegirlo el presidente del Club de los Jacobinos. Cuando Robespierre se entera decide que es el momento de terminar con su enemigo y se echa sobre Fouché a quien exige aparezca públicamente a justificarse. Ante ello, Fouché envía una carta en la cual renuncia al liderazgo jacobino. Es mejor volver a la oscuridad y aparecer como vencido, es el momento de ganar tiempo. Los jacobinos expulsan a su presidente quien a partir de ese momento vive lo que parece serán sus últimos días. Sin embargo, aún le queda una herramienta a utilizar, la fuerza con que Robespierre ha ejercido el poder.  En ese proceso había lastimado a todos, izquierdas y derechas, a la Comisión de Salud Pública, a los negociantes, a los ambiciosos, a los envidiosos y a los oportunistas. Todos ellos estaban resentidos, pero temblaban ante el poder y de eso se aprovecha Fouché quien va, como araña laboriosa tejiendo la tela de la conspiración. Ante las alertas, de día opta por aparecer retraído de toda lucha política, mientras que por la noche prepara su gran discurso. Cuando la conspiración es descubierta, Robespierre va a la Asamblea y acusa a los rebeldes, pero cuando es cuestionado sobre el ausente, Fouché, dice no querer ocuparse de él por ahora. Y da una noche más de vida al rival quien en las penumbras “susurra, adula, promete, amedrenta y amenaza aquí y allá y no descansa hasta que cierra el pacto. A las dos de la madrugada están de acuerdo…todos los adversarios para aniquilar al enemigo común: Robespierre…”. Al día siguiente, en la Asamblea, los resentimientos y el odio acumulado de seiscientas almas acaban por descargar su ira y devoran a Robespierre quien terminara bajo la cuchilla desmembrando su testa. Fouché está salvado por el momento, después tendrá que responder por la carnicería de Lyon en cuya defensa niega cualquier complicidad y aduce haber sido acusado de excesiva benevolencia por Robespierre.

Al verse acorralado, Fouché encuentra un defensor de la democracia  quien demandaba la abolición de la propiedad privada, François-Noël Babeuf o Gracchus Babeuf, a quien le encomienda que tome la tea de la conspiración. Sin embargo, todos sabían quién era el líder verdadero. Al cuestionársele, niega conocer al conspirador sobre quien caen las culpas y es fusilado. Finalmente, cuando Fouché es condenado por terrorista, una vez más, logra escabullirse y durante tres años nadie sabe de él, ni pronuncia su nombre. Después de que “todos sus amigos le han abandonado, evitan su encuentro, se ocupa en los negocios más extraños y oscuros…” hasta el día en que percibe que un nuevo poder ha llegado a Paris, “es el dinero,” al cual decide servirle. Se “vuelve atento hacia los de arriba, sin miramientos para los de abajo…”.

En 1799, Napoléon Bonaparte (1799-1815) lo nombra ministro de policía, una función subalterna la cual en tres meses le permite vigilar hacia arriba y hacia abajo o como diría el diplomático Charles Maurice de Talleyrand-Périgord: “El ministro de policía es un hombre que se ocupa, en primera línea de todos los asuntos que le importan y en segundo lugar, de todos los que no le importan.”

Fouché empieza a formar una maquinaria de información convertida en un aparato de vigilancia que abarca todo el país. Le bastan dos meses para llenar al país de “espías, agentes secretos y moscardones” quienes lo mismo ataviados con trajes lujosos que vestidos de simples paisanos se enteran y escudriñan en todos los sitios. “No hay charla que no tenga referencia, no hay carta que no se habrá”. Ello, abarca todos los sectores y actividades. “En el ejército, entre los comerciantes, entre los diputados, en las tabernas y en las asambleas, a todas partes llega el oído vigilante del ministro de policía, invisible, y todas esas noticias van diariamente a parar a su mesa de burócrata”. El poder ya no es el terror, es la información. “El saber, por adelantado, las noticias del teatro de la guerra y de las negociaciones de la paz, permite operar en la Bolsa con financieros complacientes y finalmente, hacerse de un capital”. No ha creado tal maquinaria “para   el Estado, ni para el Directorio, ni para Napoléon, [lo ha hecho] únicamente para su propia utilidad.” Permite a los banqueros que hagan dinero, al tiempo que él también lo obtiene.

Cuando husmea que los vientos cambiaran, y que el desterrado Napoléon Bonaparte ha de regresar, Fouché guarda la información que le proporcionaba la esposa del corzo, Josefina Beauharnais, y nada informa a los superiores. Pero ello, nos lleva a dedicar un segundo espacio a esta historia, lo cual haremos en la próxima colaboración.

Por lo pronto, no podemos sino rememorar que el modelo Fouché, en materia de inteligencia, fue utilizado, en los EUA, por el director del Federal Bureau of Investigation (FBI), Edgar J. Hoover, cuyos métodos no siempre gustaron a los estadunidenses, pero gracias a los cuales esa nación pudo vivir muchísimos años sin los sobresaltos que hoy padecen. Mientras que, en nuestro país, el modelo era replicado bajo el mando de Fernando Gutiérrez Barrios. Podrán algunos decir que aquello en ocasiones recurrió a métodos extremos y nadie podrá negarlo.

Sin embargo, la paz social de las naciones, bajo cualquier sistema de gobierno, no se logra con arrumacos públicos o, como sugieren los trogloditas, a garrotazo limpio. En la realpolitik, bajo los principios sugeridos por Don Niccolo, el respeto a las leyes apuntado por el Barón de Montesquieu y el pragmatismo del Duque de Otranto, el ejercicio de gobierno debe de hacer uso del poder de persuasión derivado de una utilización racional e inteligente de la información. Francia carece hoy de todo esto y, por supuesto, de liderazgo al frente del gobierno, claro que, en ello, no está sola en el mundo. vimarisch53@hotmail.com

Añadido (26.44.142) Ahora que Francia atraviesa por una crisis derivada de la incompetencia de quien la gobierna, recordamos que, hace nueve años y meses, en nuestro país había afiebrados encontrándole mil y una virtud al francesito Macron. He aquí un par de comentarios que entonces efectuamos aquí en este espacio.

En el primero, se leía: “Encabezados por Castañeda, el chico, los maxihincados (mexicanos que anhelan arrodillarse ante lo europeo o un príncipe proveniente de allá) nos salieron con que hay que buscar al Macron mexicano. Obviaron que este ciudadano, aparentemente sin partido, no es sino la versión joven de Hollande. Fue su ministro, además de haber recibido de él un respaldo singular. Aun cuando las opciones para los franceses no eran nada esplendorosas, a los de acá les salió lo francófilo. ¿Será por qué recuerdan el colaboracionismo francés que en cuanto llegaron los nazis se les arrodillaron, para después inventar el cuento de la resistencia y las plaquitas en cada esquina de Paris? (13 de mayo de 2017)”.

En el segundo, se apuntaba: “Como música celestial sonó en los oídos de los maxhincados escuchar las palabras del historiador de origen francés, Jean Meyer, ¿será su vocero?, quien apuntó: “…México necesitaría ahora   un fenómeno comparable como el que acaba de vivir Francia, es decir, un Emmanuel Macron…”  a lo cual agregaríamos, para que en tres meses se gaste 26 mil euros en maquillaje y quede demostrado que todo es cosmético. (21 de Octubre, 2017)”. ¿Qué pensarán ahora este par de personajes eximios acerca de su ídolo?

Añadido (26.45.143) Cuán equivocados estábamos cuando estimamos que en 2019 y 2022, la Medalla Belisario Dominguez había alcanzado el nivel más bajo y no podía descender más. Pero, todo indica que aún hay estratos de mayor profundidad para sumergirla. Ahí, la colocarán si se la otorgan a quien ahora proponen.

Añadido (26.45.144) Nada peor que un resentido quien en cuanto pertenece al grupo gobernante cree haberse convertido en miembro de la realeza y exige trato VIP. Ante ello, recordamos que la educación se adquiere en casa desde edad temprana.

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