Columna de opinión
Pluma, calle y una terquedad insobornable: Adiós a Humberto Musacchio…
Fred Alvarez Palafox
Por Fred Álvarez Palafox
Con profunda tristeza me entero de que anoche murió mi amigo, el recio sonorense Humberto Musacchio, periodista en toda la extensión de la palabra. Con él se apaga una enciclopedia viva de nuestra cultura y se despide un trozo fundamental del periodismo mexicano.
A sus 83 años, nos deja huérfanos de su “República de las letras”. Desde aquí, envío el abrazo más solidario y fraterno a su familia; el hueco que deja duele profundo y lo compartimos muchos.
Parece mentira, pero apenas el sábado 3 de octubre fue la última vez que le estreché la mano. Coincidimos en el Museo de la Ciudad de México, allá en el número 30 de Pino Suárez, cobijando la presentación del libro de Gonzalo Martré, “El Chanfalla era un gandalla”. Nos dimos un abrazo y nos despedimos con la promesa inquebrantable de reunirnos pronto para charlar largo y tendido: sobre nuestro querido Jorge Meléndez Preciado (quien nos acompaña en la foto y que tristemente se nos adelantó hace muy poco), sobre la relación de ambos con Renato Leduc, sobre la cultura y los avatares de la vida. Se nos quedó pendiente esa mesa… Qué lástima.
Y es que Musacchio fue, por encima de todo, pluma, calle y una terquedad insobornable. Lo tengo muy presente el año pasado, cuando coincidimos en Coyoacán, en la librería U-Tópicas, para la presentación de la antología “Cállense. Los nuevos rostros de la censura”. Aquella noche, flanqueado por Héctor de Mauleón, Gabriela Warkentin y María De Vecchi, Humberto habló del mal momento que vive nuestro oficio ante un gobierno que ha intensificado el acoso judicial. “No somos el enemigo; se necesita la prensa crítica”, sentenció, en un llamado desesperado a la unidad del gremio.

Verlo ahí, exigiendo cohesión, me trajo de golpe a la memoria aquella época en que, de jóvenes, formó junto al gran Renato Leduc la Unión de Periodistas Democráticos. Esa agrupación histórica, no lo olvidemos, fue la única valiente que alzó la voz para condenar el golpe a Excélsior perpetrado por Luis Echeverría en 1976.
Humberto no solo registraba la historia en su monumental Diccionario Enciclopédico de México Ilustrado o en las páginas de Excélsior y tantos otros medios; Humberto ponía el cuerpo.
Guardo como un documento histórico la fotografía que tomé en febrero de 2020, afuera de Gobernación. En ella, Jorge Meléndez alzaba la voz contra la violencia que asfixia al periodismo. Justo detrás de él, acompañando el aliento, estaba Humberto. Hoy, esa imagen de exigencia y justicia se convierte en su mejor testamento: la palabra se defiende con el cuerpo, con la presencia y con la verdad. Estuvimos juntos en esas marchas por la libertad de expresión. Hoy, Humberto y Jorge (RIP) ya caminan juntos, abriendo debate en otra trinchera.
Me quedo con su generosidad intacta, materializada en aquel texto que me regaló para el libro homenaje a su amigo, el “Gran Jefe Pluma Blanca”, Renato Leduc.
Se nos fue un imprescindible. Como lo dicta la buena costumbre, esta noche me serviré un buen trago de tinto en tu memoria, mi querido Humberto. Brindaré por tu legado y por esa larga sobremesa que nos quedó pendiente.
¡Ay, qué pena siente el alma!
Descansa en paz.
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