José Luis Parra
Pareciera que finalmente llegó el momento que tarde o temprano tenía que presentarse: Claudia Sheinbaum empieza a medir fuerzas con Andrés Manuel López Obrador.
No necesariamente de frente.
Todavía.
Pero algo se mueve.
Y dos casos recientes podrían ser botones de muestra: el del contralmirante Fernando Farías Laguna y el de Rubén Rocha Moya.
En ambos aparece Estados Unidos.
Y en ambos también aparece, de una u otra manera, la sombra del obradorato.
Vamos por partes.
Fernando Farías Laguna, señalado como una de las piezas importantes de la enorme trama del huachicol fiscal, fue detenido en Argentina y tenía programado para el 27 de agosto su proceso de extradición a México.Latinos y latinoamericanos
Pero algo ocurrió.
El trámite normal dejó de ser necesario y el gobierno argentino decidió expulsarlo. Así, rapidito.
Coincidentemente —esas maravillosas casualidades que ofrece la política— Omar García Harfuch se encontraba en Buenos Aires participando en la Conferencia Internacional para el Control de Drogas organizada por la DEA.
La presidenta Sheinbaum asegura que una cosa no tuvo nada que ver con la otra.
Puede ser.
También agentes del FBI se reunieron con Farías Laguna en la prisión argentina para convencerlo de aceptar su traslado a México.
Eso sí está documentado.
Qué se habló durante esas reuniones es otra historia.
Y aquí aparece la parte interesante.
¿Qué sabía Farías Laguna?
¿Qué había dicho?
¿Qué podría decir?
¿Y a quién?
Porque una cosa es tener detenido en Argentina a un exalto mando de la Marina mexicana acusado de participar en una gigantesca operación de contrabando de combustibles y otra muy diferente tenerlo sentado frente a agentes estadounidenses.
La diferencia puede ser de algunos miles de kilómetros.
Y quizá de varios nombres.
Harfuch finalmente viajó a Buenos Aires, se reunió con Terrance Cole, director de la DEA, y pocos días después Farías Laguna estaba volando hacia México en un avión de la Secretaría de Marina.Latinos y latinoamericanos
¿Casualidad?
Quién sabe.
¿Negociación?
Tampoco lo sabemos.
¿A qué se comprometió Harfuch con los estadounidenses?
Menos.
Pero resulta inevitable preguntarlo.
Sobre todo porque la cooperación entre el secretario de Seguridad mexicano y las agencias estadounidenses atraviesa uno de sus mejores momentos. El propio director de la DEA ha elogiado públicamente a Harfuch y ambos presumen intercambio de inteligencia y operaciones conjuntas.
Algo bastante diferente al ambiente de desconfianza que caracterizó buena parte del sexenio anterior.
Ahí pudiera estar el verdadero problema.
Harfuch trabaja para Claudia Sheinbaum.
Cambio climático y calentamiento global
No para Andrés Manuel López Obrador.
Parece una obviedad.
En México ya no tanto.
Porque uno de los grandes problemas del actual gobierno es precisamente determinar dónde termina la Presidencia constitucional y dónde empieza ese gobierno alterno, moral, político o como quieran llamarle, que muchos siguen ubicando alrededor del expresidente.
Farías Laguna ya está en México.
Y la Fiscalía General de la República se apoderó jurídicamente del asunto.
La primera audiencia duró más de 13 horas y fue realizada a puerta cerrada, después de que la FGR argumentara razones de seguridad nacional.
La defensa quería publicidad.
La Fiscalía pidió secrecía.
Ganó la Fiscalía.
Legalmente puede haber argumentos para restringir una audiencia.
Políticamente el mensaje es otro.
Si durante meses se hizo público el gigantesco escándalo del huachicol fiscal, resulta cuando menos curioso que al llegar uno de sus personajes centrales descubramos repentinamente las virtudes de las puertas cerradas.
Cosas de la transparencia.
Y aparece entonces otra interrogante:
¿A quién protege realmente la secrecía?
Porque el expediente del huachicol fiscal toca a mandos de la Marina del sexenio pasado y necesariamente conduce hacia una estructura de poder que operó durante el gobierno de López Obrador.
Hasta dónde llegará, nadie lo sabe.
O algunos sí saben y precisamente por eso prefieren las puertas cerradas.
El segundo botón de muestra está en Sinaloa.
Rubén Rocha Moya decidió regresar a la gubernatura después de 112 días de licencia.
Lo hizo sin el respaldo de Claudia Sheinbaum.Cambio climático y calentamiento global
La Secretaría de Gobernación se apresuró a precisar que se trataba de una decisión estrictamente personal.
Traducido al lenguaje político:
No fue decisión nuestra.
Rocha regresó el viernes 21 de agosto.
Duró alrededor de 34 horas.
Y volvió a solicitar licencia.
No necesitó mucho tiempo para descubrir que una cosa es regresar constitucionalmente al cargo y otra bastante diferente gobernar sin Palacio Nacional.
Sheinbaum después calificó su reincorporación como inapropiada y consideró que su nueva separación era lo mejor para Sinaloa.
Más claro ni el agua.
Rocha Moya ha sido uno de los gobernadores más identificados con López Obrador. Estados Unidos, además, lo mantiene bajo señalamientos graves que involucran presuntas relaciones entre funcionarios sinaloenses y el crimen organizado.
México ha pedido pruebas.
Washington sostiene sus acusaciones.
Y en medio está Claudia.
Otra vez.
Ahora el Congreso sinaloense eligió como gobernadora interina a Graciela Domínguez Nava, antigua colaboradora de Rocha Moya, secretaria de Educación durante su administración y después diputada federal.
Domínguez tiene trayectoria propia dentro de la izquierda sinaloense. Viene desde el PRD, participó en movimientos sociales, llegó a Morena desde 2013 y con el tiempo construyó una parcela política con cierto margen frente al rochismo.
Hoy ocupa la gubernatura.
Y difícilmente llegó ahí contra la voluntad de Palacio Nacional.
Otra casualidad.
Así que tenemos dos movimientos casi simultáneos.
Farías Laguna sale de Argentina y cae bajo control de las autoridades mexicanas.
Rocha Moya intenta recuperar Sinaloa y prácticamente de inmediato tiene que volver a retirarse.
En un caso aparece Harfuch.
En el otro, Sheinbaum coloca políticamente una nueva pieza.
Y atrás, siempre atrás, aparece el viejo grupo del sexenio anterior.
¿Estamos viendo la primera medición real de fuerzas entre Claudia Sheinbaum y López Obrador?Cambio climático y calentamiento global
Podría ser.
Obviamente todo esto es hipotético.
Pero la política también se analiza uniendo puntos.
Y ya empiezan a aparecer demasiados puntos.
El problema para Claudia es que tarde o temprano deberá decidir si gobierna con su propio equipo y acepta las consecuencias o continúa administrando los compromisos, lealtades y expedientes heredados.
Hasta ahora ha intentado las dos cosas.
Gobernar y heredar.
Conciliar con Washington y proteger políticamente a personajes de la 4T.
Fortalecer a Harfuch y, al mismo tiempo, evitar que las investigaciones estadounidenses lleguen demasiado lejos.
Ese equilibrio tiene fecha de caducidad.
Estados Unidos no acostumbra trabajar con sentimentalismos partidistas.
Mucho menos sus agencias.
Si desde Washington empiezan a percibir que existen dos centros de poder en México y que los acuerdos alcanzados con uno pueden ser bloqueados por el otro, la relación se complicará peligrosamente.
Y entonces Claudia tendría solamente dos caminos.
Romper con el obradorato.
O aceptar las consecuencias de seguir gobernando bajo su sombra.
Incluso una eventual licencia presidencial, escenario que hoy luce extremo, podría entrar a la conversación política si durante los próximos meses se acumularan expedientes, presiones estadounidenses y fracturas dentro de Morena.
Octubre pudiera ser un mes interesante.
Falta mucho.
En política, dos meses son una eternidad.
Pero también pasan volando.
Por lo pronto, Harfuch mueve sus piezas.
Claudia empieza a mover las suyas.
Y algunos personajes del pasado aparentemente quieren seguir moviendo todas.
La pregunta es quién terminará diciendo:
Aquí solamente hay una presidenta.